El necesario tiempo del descanso

18 Julio 2021

“En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: ‘Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco’. Eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se fueron en barca a un sitio apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de las aldeas fueron corriendo por tierra y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio la multitud y le dio lástima, andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma” (Marcos 6, 30-34).

Nada como este Evangelio para reflexionar en vacaciones de invierno, en el contexto de la fatiga que supone y supondrá la pandemia. La humanidad está cansada, las familias están agobiadas, las personas viven una tensión nunca antes experimentada. Siguiendo a P. Fernández Carabajal, podemos meditar la necesidad de descansar en Dios.

En la Primera lectura nos dice el Profeta Jeremías: “Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas (...) y las volveré a traer a sus dehesas para que crezcan y se multipliquen”. La profecía hace referencia al cuidado y atención del Mesías con todos los hombres y con cada uno de ellos. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas, leemos en el Salmo responsorial.

El Evangelio muestra la solicitud de Jesús con sus discípulos, cansados después de una misión apostólica por las ciudades y aldeas vecinas. “Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”, les dice. Y explica el Evangelista que eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer. Se marcharon, pues, en la barca a un lugar apartado ellos solos. “¡Qué cosas les preguntaría y les contaría Jesús!”.

Nuestra vida, que es también servicio a Cristo, a la familia, a la sociedad, está repleta de trabajo y de dedicación a los demás. Por eso no podemos extrañarnos si experimentamos fatiga y sentimos la necesidad de descansar. En el tiempo libre recuperamos fuerzas para servir mejor y evitamos daños innecesarios a la salud que, entre otras cosas, repercutirán en quienes nos rodean, en la calidad de lo que ofrecemos a Dios y en la propia tarea apostólica: en la atención debida a los hijos, a la mujer, al marido, a los hermanos, a los amigos; afectaría a la dedicación a esa labor de apostolado, a la atención y formación de las personas que quizá el Señor nos ha encomendado.

En ocasiones, el oportuno reposo constituirá un deber grave. “La cuerda no puede soportar una tensión ininterrumpida, y las extremidades del arco necesitan un poco de relajación, si se quiere poder tensar el arco de nuevo sin que se haya vuelto inútil para el arquero”. El Señor quiere, en lo que depende de nuestra parte, que pongamos los medios para estar en buenas condiciones físicas, pues es mucho lo que espera de todos. “¡Cuánto nos ama Dios, hermanos -exclamaba San Agustín-, pues cuando descansamos nosotros, llega a decir que descansa Él!”.

Pero hemos de distraernos como buenos cristianos, santificando, en primer lugar, esa pérdida de fuerzas, amando a Dios en la fatiga, aun prolongada, cuando por determinadas circunstancias debamos seguir en la tarea de siempre. Entonces nos consolará, de modo muy particular, acudir al Señor, que en tantas ocasiones terminaba sus jornadas extenuado. Él nos comprende bien.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios