Plaza Independencia, el ring side de la ignorancia - LA GACETA Tucumán

Plaza Independencia, el ring side de la ignorancia

17 Jul 2021 Por Federico Türpe
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Plaza Mayor, Plaza de Armas, Plaza de la Constitución, Plaza de la República, Plaza de la Independencia. Seguido en algunos casos por nombres propios de próceres o héroes que parieron una Nación: San Martín, Bolívar, Belgrano, Martí, Artigas, Miranda, Vargas… O también por fechas significativas, como en Argentina son el 9 de Julio o el 25 de Mayo.

Son algunas de las denominaciones que recibe en Hispanoamérica el principal espacio abierto que reúne a los edificios centrales de una ciudad. Donde ocurren los hechos importantes, donde se conglomera el pueblo para expresarse, por festejos, por fastidios, para protestar, para conmemorar, para despedir a alguien destacado o popular.

Es el solar donde la gente realiza procesiones religiosas, celebra fechas patrias, triunfos deportivos, testifica hechos políticos, participa de actos civiles e incluso comercia.

Es un concepto urbanístico que surge a finales del Siglo XV a partir de una ordenanza de los Reyes Católicos, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla.

Los monarcas dispusieron que debía ser un lugar central en las ciudades, con suficiente espacio abierto para que allí funcionara el mercado y donde debía erigirse “la casa consistorial”, es decir la sede municipal, el ayuntamiento o la casa de gobierno.

De allí que en algunos países se denominó Plaza de Armas, debido a la prevención de utilizarlas como principal punto de reunión en caso de un ataque, por lo que, además de los principales edificios públicos (casa consistorial e iglesia mayor) alojaban arsenales o guarniciones de armas.

Es el legado hispano que heredó Latinoamérica. Nuestras ciudades dispuestas en cuadrículas (manzanas) es otra herencia española. En la mayoría de las ciudades del mundo no hispano las calles no son siempre rectas ni las manzanas cuadradas.

Es por ello que la Plaza Mayor no es una plaza cualquiera. No es un lugar de paseo, de esparcimiento. No es un pulmón de manzana o un espacio verde para hacer un picnic familiar o de enamorados.

Lo único que comparte con una plaza común, de barrio, es la denominación de “plaza”, pero con conceptos diametralmente opuestos. Allí surge, quizás, la confusión de mucha gente.

Se cree erróneamente que si se llama “plaza” debe tener mucho césped, árboles, juegos para niños, una pérgola para las parejitas, una calesita, una pista de salud, quioscos de golosinas o de venta de helados.

Razones de la polémica

Si está bien o está mal conservar esta herencia hispana es otro tema. Podríamos decidir sepultar esta tradición, ametrallar el acervo cultural y revolucionar el folclore urbano. Entonces sí, podríamos transformar a la Plaza Independencia en un parque de diversiones, en un jardín botánico, en una huerta comunitaria, en un gimnasio a cielo abierto o en una plantación de mandarinas, lapachos y gomeros.

La puesta en valor de nuestra Plaza Independencia disparó un sinnúmero de polémicas, amplificadas por cuatro principales razones: el prolongado tiempo que estuvo cerrada por las demoras en los trabajos, pandemia mediante, lo que además acrecentó las falsas expectativas; el desconocimiento de la ciudadanía sobre lo que iba a hacerse, quizás por una falla comunicacional del municipio; la ignorancia generalizada respecto de la historia y del concepto de Plaza Mayor; y la grieta política, profundizada en tiempos electorales.

Analicemos una por una. La excesiva demora en los trabajos tuvo dos razones: la pandemia y todas las complicaciones que esto acarreó, y el apresuramiento de la Municipalidad en anunciar la reforma antes de contar con los fondos, de tener la “platita” en el bolsillo. Uno fue un percance imprevisto y el otro un error de cálculo político.

Este retraso impactó en el inconsciente colectivo. A más tiempo, mayores fueron las expectativas que se fueron generando en la gente respecto de los cambios. Sumado a la falta de información sobre los trabajos reales, más la propaganda política de la obra pública, que siempre vende más de lo que entrega.

Se vendió como una revolución urbanística algo que, muy necesario, era sólo una revalorización y adecuación de un paseo histórico, en comunión con otras reformas que se realizan en el microcentro.

Lejos de lo que piensa una mayoría, no se destruyó la herencia, sino que, por el contrario, se recuperó las raíces del concepto de Plaza Mayor.

Hoy, desde cualquier lugar de la plaza pueden apreciarse los cuatro puntos cardinales, en todo su conjunto arquitectónico, algo que se fue denostando con el paso de los años y en sucesivas reformas.

Desde calle Laprida, por ejemplo, se había emplazado una especie de muro que desconectaba a ese sector del resto del espacio. Se habían emplazado desniveles innecesarios, arbolado más propio de un parque o de una plaza de barrio, y estructuras que nada tenían que ver con el diseño original.

Por otra parte -otra falla de comunicación- las obras más importantes que se hicieron están por debajo de la plaza, lo que no se ve, que refiere a trabajos de infraestructura, agua, cloacas, red eléctrica, fibra óptica, entre otros, asuntos que llevaban décadas desatendidos y eran impostergables, más en ese sector neurálgico de la ciudad.

Respecto de la ignorancia colectiva de lo que representa la Plaza Mayor de una ciudad hispanoamericana, ya no es un problema de comunicación de una gestión, sino que es más grave, es una profunda carencia cultural de nuestra sociedad.

Ignorancia multiplicada por la instantaneidad y la masividad de las redes sociales, donde cada quien opina de cualquier cosa. Todos somos expertos en historia, urbanismo, espacios verdes o de Cuba, el Brexit, la inflación o de física cuántica.

Gente que con sólo haber visto una foto en internet ya dictaba sentencia, sin siquiera haber caminado la plaza. Son los tiempos que nos tocan.

Personas indignadas porque no pusieron juegos para chicos, porque no había más césped para sentarse a tomar mate o porque no hicieron un laguito para darle de comer a los patos.

Todos en su derecho de opinar, aunque de informarse y de estudiar antes hay muy poco. Y encima con la soberbia, la virulencia y la violencia que se vomita en las redes.

La sucia campaña

El cuarto punto es el más triste y a la vez el que más bronca genera. No importa lo que se haga, bien o mal, sólo importa quién lo haga. Desde que comenzó el proyecto llovieron las críticas, denuncias y ataques de la oposición a la gestión de Germán Alfaro, quien por otro lado no es el autor del proyecto, sino sólo el intendente al que le tocó apretar el botón.

De esta reforma participaron decenas de expertos, de todas las áreas, que saben bastante más que todos nosotros.

Pero eso a pocos le importa. Cualquiera fuera el resultado de la reforma, el objetivo siempre fue destruir al enemigo, y en esa catarata de trolls y de operaciones políticas es arrastrada la opinión pública, ingenua de que sin querer es parte de una campaña electoral.

Sobre todo si se trata de obra pública, algo que la gobernación de Juan Manzur adolece de palmo a palmo.

Nadie duda que deberá auditarse la correcta -o no- administración de los fondos, algo que por otro lado supervisa el Banco Interamericano de Desarrollo, entidad que puso el dinero.

Distinto es sentenciar que hubo sobreprecios, corrupción y coimas sin haber visto un solo papel.

Otra mugre de la política argentina, con una oposición que “celebra” los 100.000 muertos por covid como herramienta corrosiva de ataque, y un gobierno demagógico y cínico que decreta cuatro días de duelo. Vergonzoso todo.

La Plaza Independencia es de nuevo la Plaza Mayor de la capital de la Independencia, rediseñada por especialistas para recuperar su concepto fundacional, más allá del partido que gobierne.

De nosotros depende ahora estudiar, informarnos correctamente y no a partir de las entrañas cáusticas de las redes sociales y de la política mugrienta que todo destruye.

Conscientes de que esta columna será blanco del proselitismo mezquino y sangriento, el rol del periodismo no es conformar al enfadado visceral que amenaza, sino intentar echar luz sobre las sombras que instala el poder maniqueo. Vengan de a uno, como se dice en el barrio.

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