Cuando la violencia se disfraza de “bautismo”

12 Julio 2021

Hace algunos días, dos futbolistas de un club de fútbol de Primera División fueron sancionados por la dirigencia al haberse excedido en el “bautismo” que suelen recibir los juveniles que realizan su primera pretemporada con el plantel superior. En este caso, además del tradicional corte de pelo, se le sumó un intenso maltrato físico que dejó marcas en el cuerpo de los jóvenes y que motivó el encendido reclamo de sus padres. La sanción no fue precisamente ejemplar (apenas tres días sin entrenarse con sus compañeros), pero al menos sirvió para traer nuevamente a la mesa de debate un problema que existe desde hace décadas y que aún hoy goza de una preocupante vigencia: el de los “bautismos” violentos y/o humillantes.

Si bien estos rituales de iniciación son particularmente comunes en el ámbito deportivo, no son para nada exclusivos de él.

El ingreso a algunas instituciones educativas, por caso, también está vinculado a ciertas ceremonias informales perpetuadas de generación en generación bajo la forma de una tradición. En muchos casos, son meros actos simbólicos e inofensivos, pero en muchos otros implican situaciones de violencia y/o humillación que pueden resultar traumáticas y dejar secuelas físicas o psicológicas permanentes en los iniciados. “Se supone que es una forma de inclusión, pero para que esa inclusión exista debe dar cuenta de la construcción de un ‘nosotros’, y en estos actos violentos no hay un ‘nosotros’. Hay víctimas y victimarios. Es otra forma de bullying”, advierte el psicólogo Esteban Robles.

En principio, el bautismo es un acto de purificación previo a la entrada a una comunidad cristiana, por lo que su sentido es el de dar la bienvenida al nuevo miembro. Sin embargo, esta otra clase de bautismos no apunta tanto a generar un sentido de pertenencia en el recién llegado sino a disciplinarlo de entrada, dejando en claro la autoridad de quien la ejecuta a través de malos trato y castigos físicos. Para mayor trauma, algunas de estas escenas son grabadas con celulares y compartidas en grupos para diversión de otros. Como consecuencia de esta crueldad, muchos jóvenes terminan por abandonar la institución o desarrollan una necesidad de compensación, transformándose luego en victimarios de otros iniciados y alimentando así la cadena de violencia.

Negarse a ser bautizado suele acarrear consecuencias peores o derivar en la segregación, por lo que tampoco es opcional. A veces, ni siquiera para algunos de los perpetradores. Facundo Imhoff, ex jugador del seleccionado argentino de voley, contó hace unos días que, en sus inicios en Primera, debió dejarse cortar el pelo para evitar el traumático rito de iniciación por el que pasaban los recién llegados, pero que luego sufrió hostigamiento y exclusión por negarse a participar en el bautismo de otros principiantes. “Tenemos que dejar de justificar la violencia y darle visibilidad a una problemática que son los bautismos. Maltratar al jugador chico para que aprenda ¿qué?. No podemos naturalizar estas situaciones”, remarcó.

Es necesario que las instituciones no se desliguen de la responsabilidad, por más que este tipo de prácticas ocurran sin su autorización y a veces sin su conocimiento. Por el contrario, es fundamental que se involucren activamente en su destierro. Propone Robles que esa participación institucional sea desde un enfoque constructivo, no prohibitivo. “Antes que controlar que no ocurran, deberían participar de ellas, propiciando espacios simbólicos de inclusión en lugar de los que dejan marcas en el cuerpo. En una época de tanta fragmentación, es muy importante que las instituciones tengan espacios de socialización más sanos, de construcción y no de repetición de rituales violentos que sólo generan más violencia”.

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios