Testigos privilegiadas de nuestra historia - LA GACETA Tucumán

Testigos privilegiadas de nuestra historia

Las vivencias de mujeres centenarias en 1916. Una con Belgrano y la otra junto a Fortunata García.

05 Jul 2021 Por Manuel Riva

La historia y sus historias son el área de trabajo de los historiadores mientras que el periodismo es parte del presente que con el tiempo se volverá historia. La llegada de los aniversarios de fechas patrias generan una fuerte corriente de información de hechos del pasado que generan curiosidad en el presente. Si nos remontamos a 1916 nuestras páginas estaban enfocadas en los preparativos para los actos del Centenario de la Independencia. En este sentido llaman la atención dos noticias que hablan de sendas mujeres centenarias que protagonizaron hechos de nuestra historia o de la vida social local.

Una de ellas se presentó el 22 de junio de 1916 bajo el título “116 años” y la bajada decía “una reliquia viviente”. El artículo presentaba a Indalecia Herrera, “domiciliada en Alsina sexta cuadra” y que según su computo estaría en 115 años. La mujer fue muy requerida por nuestros colegas siendo una de la consultas referidas al Congreso de Tucumán, a lo que respondió : “recuerdo únicamente de una reunión en la Casa Histórica, a la que había ido mucha gente. No sé lo que hacían allí..”. Tras detenerse a pensar expresó: “yo vi a (Manuel) Belgrano debajo de un pacará en la calle Las Heras (hoy San Martín) esquina Catamarca, después de la batalla de Tucumán. De esto me acuerdo como si fuera ayer. Me parece ver todavía el traje que llevaba. Tenía cosas muy lindas. Era más lindo que el de Juan Herrera, tío mío y asistente del general”. Al considerarse testigo de los hechos posteriores a la batalla le fue consultada la duda sobre a cual virgen le entregó Belgrano su bastón de mando a lo que respondió sin dudar “a la chica”. Cabe recordar que este tema fue motivo de fuertes debates y hasta se realizó una investigación histórica sobre el hecho que determinó que era la “Chica“, aunque las opiniones estaban divididas, en 1936. Pero como dice Carlos Páez de la Torre (h): “Belgrano quiso honrar a Nuestra Señora de la Merced, con prescindencia de que fuera la imagen "chica" o la imagen "grande" la que recibía el bastón”. Sobre la testigo centenaria nuestro cronista expresaba que “la anciana se mantiene fuerte y erguida. Aún se atreve a andar por las calles de la ciudad” y agregaba que “a la comisión de festejos corresponde averiguar lo que haya de cierto en sus declaraciones”. No sabemos si se comprobaron los hechos pero hablar con ella debe haber sido un privilegio ante la posibilidad de estar ante alguien que en dos oportunidades estuvo junto a Belgrano.

El general se instaló entre nosotros poco antes de su triunfo en la batalla de Tucumán el 24 de septiembre de 1812. Relata Páez de la Torre (h) que “Hay que contar, primero, desde septiembre de 1812 hasta fines de enero o comienzos de febrero de 1813, como victorioso jefe del Ejército del Norte. Luego, tras su relevo por José de San Martín y la misión a Europa, volvió a asumir esa jefatura en agostó de 1816, con asiento en Tucumán. Permaneció entonces entre nosotros la etapa más larga, hasta enero de 1819, cuando se le ordenó mover la fuerza hacia Santa Fe, para apoyar al gobierno central contra los caudillos. Tras dimitir el mando, regresaría en octubre de 1819. Estuvo hasta febrero de 1820. Ese mes partió, ya muy enfermo, a Buenos Aires, donde terminaría su vida el 20 de junio de 1820”.

Lo describen como hombre “de regular estatura, de ojos grandes, de color azul sombrío, de cabello rubio y sedoso, de color muy blanco y algo sonrosado “. Su fisonomía “era bella y simpática, y el carácter que prevalecía en ella era el de una grave serenidad”. Tenía una nariz prominente, “fina y ligeramente aguileña, prolongándose su perfil en la dirección de la inclinación de la frente”. En cuanto a la boca, era “amable y discreta, y la barba ligeramente saliente y acentuada por un pliegue, indicaba en su conjunto una voluntad tranquila, sin violencia y sin debilidad”.

La otra anciana

Unos días después de la aparición de doña Indalecia y sus encuentros con Belgrano se llegó a nuestra redacción otra anciana, Martina García, que “según sus cálculos tiene 103 años” y coincidentemente con la anterior vivía en Alsina 471. La mujer se presentó como “autora de la sustracción de la cabeza del ex presidente (Marco Manuel) Avellaneda, en complicidad con doña Fortunata García, a quién llama su tía carnal”. Se presentó como descendiente de Josefa García y Rafael Sosa, aunque “no conoció a su padre porque murió en la pelea de Belgrano”. Sobre el robo de la cabeza relató que “Doña Fortunata me llevó una noche a la plaza Independencia y mientras dormía la guardia se subió encima de una silla y tomó la cabeza”. Agregando que “estaba en una lanza. Ella la escondió entre sus polleras y la llevamos a San Francisco, donde se la entregamos a un padre que la puso detrás del altar mayor”. Otro de sus recuerdos hablaba de un « afusilamiento que se ejecutó frente a la Matriz (hoy plaza Independencia) y de las palabras de un cura”. Nuestro cronista dice que no recuerda fechas ni nombres pero merecería realizarse una entrevista por parte de las autoridades para certificar la veracidad de sus dichos.

Es conocido que el 3 de octubre de 1841, en el paraje salteño de Metán y por orden del general Manuel Oribe, fue degollado el doctor Marco Manuel de Avellaneda, líder de la Liga del Norte. Esta coalición agrupaba a Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca y La Rioja, contra Juan Manuel de Rosas. Había osado quitarle, al todopoderoso gobernador de Buenos Aires, el manejo de las relaciones exteriores de la Confederación. En oficio a Rosas de ese mismo día, Oribe informaba complacido sobre la matanza, y expresaba que “mandé cortar la cabeza” al “salvaje unitario Avellaneda”, y ella “será colocada a la expectación de los habitantes en la plaza pública de Tucumán”. Hasta acá lo documentado sobre el final de “el mártir de Metán”. A seguir la leyenda indica que Fortunata García hizo los arreglos necesarios para retirar el sangriento trofeo y que recibiera sepultura. Para Adolfo Saldías, Fortunata no sacó ella misma la cabeza de su sitio, sino que, tras insistentes ruegos, convenció a un tal coronel Carballo (oficial federal que se había visto obligada a alojar en su casa) para que lo hiciera. La noche en que Oribe y su ejército se retiraban, Carballo cumplió el pedido. Entregó a doña Fortunata la cabeza envuelta en una manta. Ella, luego de lavarla y perfumarla, la depositó en un cofre. A la noche siguiente, le dio sepultura. Otra de las versiones quita de la escena a Carballo y la misma Fortunata retira la cabeza. Y en otra, un sargento la entrega a un grupo integrado por Carballo, doña Fortunata y dos de sus hermanas, quienes se llevaron la cabeza, obviamente ya en estado de descomposición.

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