
Por Hernán Carbonel
El hombre en cuestión dice que la idea de Los Viernes —originalmente una columna que se publica ese día en el diario Página/12— nació después de terminar María Domecq, un libro en el que se hubiese quedado a vivir. María Domecq: relato mítico familiar. El Almirante Manuel Domecq García, su bisabuelo, y los que vinieron después, incluido Naboru Yokoi, hijo extramatrimonial del Almirante resultado de sus aventuras orientales. En paralelo, la experiencia personal: una pancreatitis fulminante que manda al autor al hospital, donde se cruzará con la tal María Domecq, “una mujer que según la ciencia médica debía estar muerta hacía años”. Incluso ella se coló en alguna columna: “Hace diez años conocí a una mujer que debía estar muerta según los cánones de la medicina. Tenía cuarenta, la misma edad que yo, cuando la conocí”. ¿Se podía hacer buena literatura con personajes reales? Claro que se podía. La cosa-viernes empezó en 2008, entre las reverberaciones de los libros de su biblioteca y las caminatas por la playa de Gesell, y se convirtió en un culto semanal de los lectores, que esperan por esas páginas como quien aguarda el sermón de la montaña. Una guía de lectura en constante actualización, la aproximación a una caterva de personajes que, quizá, no hubiesen llegado a cierto público de otra manera. El hombre en cuestión se llama Juan Forn. Es el que escribió que “leer es lo que hacen los de la tribu del libro para ser menos extranjeros de sí mismos” y que en Vidas paralelas, de Plutarco, es donde, es su humilde opinión, se inventa toda la literatura; el que va con Flaubert en aquello de que “no son las perlas las que hacen el collar; es el hilo”.
—Comencemos por las columnas de Los Viernes. ¿Creíste, en un principio, que podría tener el “éxito” o la empatía masiva con los lectores que tuvo?
—No, para nada. Cuando terminé María Domecq, que era un libro en el que me quería quedar a vivir, me di cuenta de que lo tenía que soltar. Así que, cuando lo solté, tenía una depre tremenda, y además sentía que no tenía ningún interés en escribir narrativa y no sabía dónde meterme. Y en el diario me dijeron: ¿sabés cuánto hace que no mandás una nota? Y ahí se me ocurrió, en vez de seguir escribiendo las notas largas que hacía para Radar, empezar con las contratapas, que para mí había sido un lugar legendario de Página/12 y que estaba un poco devaluado, y ahí empecé. Miré los libros en mi biblioteca y me dije: algo voy a encontrar. Y fue así. Descubrí que, si me sumergía en un autor, tarde o temprano empezaban las reverberaciones de otros temas, más esto de la limitación del espacio, que debía ser sintético.
Por otro lado, en vez de hacer como hacen todos cuando tienen una columna semanal, que es escribirla rápido para dedicarle el resto del tiempo a lo que les interesa, yo hice lo contrario: dedicarle toda una semana a eso. Las caminatas por la playa me ayudaban mucho a acomodar las ideas e iba descubriendo la manera de contarla y cómo ordenar los elementos. Es lo mismo que cuando entrenás cualquier músculo. Fue encontrando su forma. Desde el 2008 que empecé, hasta el 2011, no viajé a Buenos Aires, ni estaba en las redes, y en esa época Página no tenía la opción de los comentarios debajo de las notas, así que no tenía dimensión de lo que pasaba, salvo Saccomanno, que venía y me comentaba. Cuando empecé a viajar a Buenos Aires para dar talleres, ahí lo descubrí, en un tipo que leía en el Subte o alguien que me paraba en la calle, y a lo largo de los años fueron llegando mails de los lugares más inesperados del mundo de gente que las seguía.
—Las columnas son una especie de nuevo género donde confluyen varios géneros: artículo, crónica, memorias, biografía, crítica, Historia. ¿Hubo una búsqueda de esa alquimia o se dio con naturalidad?
—Es un poco mi manera de leer y mi manera de escribir. Venía un poco saturado, cada vez creía menos en el mecanismo de la ficción, en la idea de inventar un personaje. Descubrí que la realidad era mucho más nutricia, me di cuenta que mis lecturas iban cada vez más por ese lado. Libros que tenían que ver con historia, con sociología, biografías, memorias. Y muchos libros mestizos, que comulgan en diferentes géneros. Y después hay una larga tradición de lo que se llama “vidas breves”, que es algo que empezó a hacer John Aubrey. Por supuesto, también están las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, lo que hizo Alfonso Reyes, lo que hizo Borges en Historia universal de la infamia, lo que hizo J. R. Wilcock, lo que hizo Sergio Pitol, Vila-Matas o Danilo Kis. Hay muchos tipos que lo practican. Hay una mujer, que se llama Fleur Jaeggy, la esposa de Rodolfo Calasso, que tiene un librito así.
—Recién hablabas de María Domecq. Cuando uno lee esa novela no puede evitar preguntarse hasta qué punto es ficción y hasta qué punto testimonial.
—La vara que usé para ese libro es la siguiente: cuando hablo de muertos, todo lo que cuento es verídico, tanto los de mi familia como los de la historia. El único personaje que está construido es, justamente, el de María Domecq. En realidad, conocí a una mujer que tuvo esa enfermedad, que me contó lo que había sido para ella. Además, yo tengo una hermana, e inventé el hermano gay para protegerla a ella. Y cuando se habla de parientes vivos, está todo deformado. Pero lo de mi abuela, lo del japonés que le golpeó la puerta, lo del Almirante en la guerra de Japón, en la guerra del Paraguay, lo de la Semana Trágica, todo eso es verídico. Y el último capítulo, donde se cuenta la historia de Naboru Yokoi, eso lo tuve que construir un poco, porque de ese personaje, lo único que pudimos rastrear, es que tenía una hija, y esa hija sólo hablaba japonés y no había nada que sacarle. Mi abuela, la hija del Almirante, dejó algunos papeles, y conseguí, a pesar de que en mi familia las cosas no están del todo bien, acceso a esos papeles. El japonés fue criado con la imagen de ese padre ausente, pero la madre se lo tuvo presente, y aparentemente el Almirante le envió dinero a esta mujer hasta que se cortó cuando Japón se alió con Alemania en la Segunda Guerra.
—¿Se puede decir que te estás alejando de a poco de la ficción?
—Por empezar yo soy un escritor poco prolífico, escribía un libro cada cuatro años, con suerte. Siempre tuve que trabajar mucho y nunca supe defender el tiempo para escribir. O porque había algo que me divertía hacer o por cuestiones de laburo. Abelardo Castillo siempre me decía: vos sos mucho más cuentista que novelista. Lo que pasa es que me resulta muy fácil, por haber trabajado tantos años como editor, entender las cuestiones formales. Entonces la construcción de una novela me resulta... divertida, si querés, pero lo que me creo cada vez menos es la construcción de personajes imaginarios. Yo escribí poesía desde los 15 hasta los 20, y de pronto me di cuenta de que sólo leía poesía o ensayos sobre poesía, y a los 21 entendí que, a mí, lo que me gustaba, era contar historias. Entonces sentí que estaba recontra atrasado con todos los de mi generación, porque no había leído ni a Dostoievski ni a Faulkner ni a Arlt. Ahí empecé a devorar, hasta los 30, 35 años, sólo ficción, de todo tipo. Además de que siempre fui un consumidor compulsivo de revistas culturales, en los idiomas que pudiera, y eso me fue dando un background periodístico casi sin que me diera cuenta. Desde que empecé a trabajar en Radar, y ni hablar desde que me vine a Gesell, mi universo de lectura se amplió muchísimo. Empecé a leer más los géneros relacionados con las historias reales, y descubrí que el espesor que tiene la historia cuando hablás de una persona real es único.
* Esta entrevista forma parte de Sedimentos, libro de próxima aparición en Ediciones La Papa.







