Ezeiza no es la única salida: tucumanos que regresaron - LA GACETA Tucumán

Ezeiza no es la única salida: tucumanos que regresaron

Vivieron en el exterior y, a pesar de sus posibilidades, regresaron a la provincia. El porqué de su decisión.

19 Jun 2021 Por Nicolás Sánchez Picón
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María Eugenia Farías.

Existe la creencia entre las nuevas generaciones de que para progresar o cumplir sus sueños es necesario emigrar. Dejar el país, los afectos, el idioma y la cultura en general parece fácil para muchos: las tecnologías, las redes sociales y las opciones para conocer las historias de éxito lo facilitan bastante. Pero las raíces y los seres queridos siempre tiran más.

Según datos publicados por la ONU en 2019, Argentina tiene 1 millón de emigrantes, poco más del 2% de su población. De ese año para acá, el número ha aumentado de manera considerable. Lo que motiva a los nuevos emigrantes es lo mismo que los ha movido siempre: los problemas económicos, nuevos horizontes o estudios, las ofertas laborales en otra moneda o las ganas de empezar de cero.

Aquella repetida frase de “acá no hay futuro” ya se ha instalado en el insconsciente colectivo y los millenialls sin duda crecen con este estigma en la cabeza. En pandemia, Tiktok e Instagram han fomentado esto, difundiendo las exitosas vidas de aquellos que decidieron dejar todo y jugársela. Por supuesto, las historias de fracaso no son instagrameables. Y eso pensando generalmente en el trabajo: ¿qué pasa con aquellos que se van y viven en soledad? ¿la lejanía pesa? No lo sabemos, porque no se muestra.

Google no miente

Podríamos inferir, en tiempos de coronavirus, y con la ausencia de datos actualizados, que las ganas de emigrar son solo la idea de un pequeño sector. Según Google Trends, la palabra “emigrar” tuvo su pico histórico de búsquedas en septiembre de 2020.

La información más buscada sobre el tema fue “emigrar a Italia desde Argentina”, seguido por la misma opción pero con Chile y Canadá. Luego viene España. Quienes googlearon la palabra “emigrar”, también se informaron sobre “Suiza”, “Ciudadanía Italiana”, “Reino Unido”, “Malta”, “Economía”, “Embajada”, “Idioma Sueco”, “Islandia”, entre otras palabras clave. En Tucumán, el término tiene, en los últimos 12 meses, un interés del 52%, lo que significa que la popularidad de la búsqueda es mayor a la media de otras provincias.

Los que regresaron

Sin embargo, así como hay deseo de emigrar, quienes tuvieron la oportunidad de vivir en el exterior conocen de primera mano qué tan duro es el desarraigo. Irse no es solamente dejar el país: hay puertas que no se abren, o si, se abren pero no llegan a subsanar el corazón que extraña. La realización no es solamente en términos económicos; sobran los ejemplos de quienes se fueron y regresaron deseosos de nuestra calidez y forma de vivir. Mientras algunos emigran, otros decidieron, a pesar de las posibilidades que el exterior ofrecía, regresar a su lugar de origen. Al parecer, no hay mejor hogar que el verdadero hogar. Tucumanos que pasaron largos periodos en el exterior nos cuentan por qué decidieron regresar a la provincia y, spoiler: ninguno se arrepiente. Estas son algunas de sus historias.

ATILIO CASTAGNARO

El actual director del Conicet NOA Sur vivió nueve años en España

Como en Argentina no había especializaciones dentro de su campo de estudio, solicitó -y ganó- una beca para perfeccionarse en el exterior. “Fue una decisión personal y familiar, para que yo pueda hacer mi doctorado -cuenta-; y también institucional, porque fui apoyado por la UNT y el Conicet. El objetivo era volver y empezar nuevas líneas de investigación y formar recursos humanos”, explica. La idea fue siempre volver, pero hubo imprevistos: “en un momento dejaron de pagarme la beca y no tenía de qué vivir; empecé a hacer trabajos particulares; allá me ayudaron a concursar por una beca del Ministerio de Educación y Ciencia de España, que gané y nos permitía vivir mejor”, admite. Con el tiempo también empezó a trabajar en la Universidad Politécnica de Madrid, como docente. Años más tarde, con las políticas de repatriación de científicos, regresó al país, tras renunciar a su cargo en España. “Nunca me arrepentí de haber vuelto: hubo momentos muy críticos, como cuando nos mandaron a lavar platos. Imaginate, yo recién llegado, me decía ‘¿para qué he vuelto?’ -recuerda-; la verdad es que repetiría totalmente la historia, porque el resultado es positivo y tanto familiar como personal e institucionalmente se han cumplido los objetivos”. 

Castagnaro se fue con la promesa de aprender afuera para trabajar en su tierra, y lo cumplió. Uno de los motivos que más impulsa a los jóvenes a dejar el país es lo económico. “Uno tiene que invertir esfuerzo en su propio destino y, si bien lo económico es importante, la mayoría de las veces no define todo. Hay que tener un mínimo de bienestar material, pero la felicidad no se construye con eso”, afirma. Dice que una de las razones por las que las nuevas generaciones buscan esta salida es la desvirtuación sobre el tema que hacen los medios de comunicación. “No hay que olvidar que somos producto de la educación pública -enfatiza-; hay que tener un mínimo de solidaridad profesional a la hora de invertir esfuerzos, para devolverle a la sociedad lo que se nos ha dado. Hay que poner el hombro y construir: es flaco el favor que podemos hacer por el lugar donde vivimos, donde han vivido nuestros ancestros. El hecho de que uno se vaya y este quede en el ‘sálvese quien pueda’ no es correcto”, finaliza.

DAVID COMEDI

Hacer las cosas con el viento en contra

Criado en una familia judía sionista, su idea siempre fue vivir en Israel. A sus 17 años, en 1979, viajó al país para estudiar. Allí vivió 11 años, hizo sus estudios universitarios (es doctor en Física) y conoció a su esposa, también argentina. Con el pasar de los años se dejó de identificar con el sionismo y empezó a sentir que ese no era su lugar: “fue por toda la cuestión de la violencia y el racismo que se vive -cuenta-; fui criado con una creencia que descubrí que no tenía que ver con la realidad”. Su próximo destino fue Canadá, donde permanecieron tres años y realizó su posdoctorado. Ahí empezó a reencontrarse con su argentinidad: “fue una experiencia muy particular,  un acercamiento a la cultura latinoamericana.

Había muchos festivales, exiliados, mis hijas hablaban castellano, se escuchaba folclore en casa. La argentina me llamaba”, recuerda. El problema es que las puertas no estaban abiertas para la ciencia: “queríamos hacer el camino de regreso y fue muy difícil por dos motivos: yo me había formado en otro país y no tenía contactos en Argentina y, por otro lado, Cavallo había mandado a los científicos a lavar platos. Entonces, cuando me puse en contacto con colegas aquí, me decían que era una locura volver”, rememora. “En el momento que quise volver después de haberme ido no pude y eso me provocó bastante sufrimiento”, advierte. Ahí fue cuando aceptó un trabajo en Brasil, dónde vivió otros 11 años. “Yo me autoexilié, podría haber venido a trabajar de cualquier cosa pero no estaba dispuesto a dejar mi carrera científica, por eso fuimos a Brasil. Entiendo a las personas que deciden irse si el país no promueve la ciencia”, afirma. “Puede ser una salida para no truncar una carrera y una vocación. Ahora no lo justifico, porque el gobierno sí está apoyando la ciencia”, asevera. Comedi, actualmente director del Instituto de Física del Noroeste, admite que nunca se arrepintió de haber regresado. “Hemos pasado momentos difíciles, sobre todo en el gobierno anterior, que se cerró el Ministerio de Ciencia y no habían fondos. Pero no soy de las personas que hacen las cosas cuando hay viento a favor: me gustan los desafíos y me motiva más el objetivo que el viento; el viento en contra me da más fuerzas para seguir adelante”, resume.

JUAN A. CONCHA

Apostar todo

Dejó Argentina en 1976, cuando tenía 20 años. El destino era Francia. “Esas ideas de jóvenes... pensamos con un amigo: ‘en lugar de estar estudiando en Tucumán todos los días (ya cursaba tercer año de Ingeniería), ¿por qué no probamos la experiencia en un país extranjero? Aprendiendo otra lengua, conociendo otra cultura; simplemente por ganas de salir, viajar y conocer el mundo’”, recuerda. Cuatro años después volvió y se afincó aquí con una empresa agropecuaria, hasta que en 1990 la situación económica hizo insostenible su trabajo y decidió irse de nuevo. No fue hasta 2008 que regresó para quedarse definitivamente, con un nuevo sueño: trabajar en el turismo. “Tenía muchas ganas de volver a la Argentina. Tenía mi casa, la empecé a arreglar y la transformé en un hotel en Tafí del Valle. Hice cinco viajes trabajando allá y volviendo para el emprendimiento”, cuenta.
“Esto (su emprendimiento) es una apuesta. Y lo apostamos todo. Es más, se vendieron propiedades allá para comprar aquí. Francia es un país extraordinario, pero decidimos hacerlo en Argentina porque yo veía una gran oportunidad de desarrollar el turismo en el noroeste”, subraya. “Cuando traía franceses de viaje y hacíamos una especie de expedición, vi que el turismo era una gran oportunidad, sin tener en cuenta las caóticas condiciones que vive la Argentina. El turismo es algo aparte; es una interesante forma de vivir y da trabajo a mucha gente: gastronómicos, hotelería, transporte, cultura…”, enumera.

Contento por esta nueva vida laboral, Concha Lozano remarca: “mi mujer, que es bicultural, está encantada con lo que hacemos. Ni pensamos en irnos”. Por supuesto, no se arrepiente de haber vuelto, a pesar de haber chocado y aún hoy chocar con la famosa “grieta”, que no existía antes de que dejara el país. Ahora, si bien reconoce que la decisión de irse o retornar es muy personal, advierte a aquellos que quieren emigrar: “hay un tren que corre a 100 km/h y, estando en movimiento, lo tienen que agarrar. Se tienen que formar, adaptar, asimilar una nueva cultura, y eso no es fácil. Cada país tiene sus reglas de juego y son diferentes. Irse o quedarse es válido, Argentina tiene muchas posibilidades, a condición de que la grieta se cure... Al que tiene un emprendimiento se trata de matar con la cuestión impositiva, por ejemplo”, ilustra.

MARÍA EUGENIA FARÍAS

Allá ya está todo hecho

“Allá está todo hecho, aquí se puede hacer de todo”, resume María Eugenia Farías. Científica, la mujer se fue de Argentina en 1998 para hacer un post doctorado en España. Volvió en el 2001. Si, año complicado. “Volvía y todos se estaban yendo”, recuerda hoy entre risas. “Decidí regresar porque no quería criar a mis hijos en una cultura diferente de la mía; sentía que estaba de prestado. Soy nieta de inmigrantes, mis abuelos vinieron de una Europa devastada, construyeron aquí y, nosotros irnos, para volver a ser parias, no me gusta. No quiero vivir eso ni transmitírselo a mis hijos; me crié con ese desarraigo y por mi parte lo corto”, relata.
Si bien admite que gana cinco veces menos de lo que cobraría en el exterior, se encuentra feliz por lo que ha logrado. “Soy investigadora del Conicet, donde me especializo en los salares de la puna, además fundé una startup (nombre en inglés para empresas jóvenes y emergentes). Allá está todo hecho, aquí todo se puede hacer; es ese desafío el que me mantiene”, admite. Por supuesto, la familia y las relaciones humanas, propias de nuestra cultura e idiosincracia, son un factor muy importante.
“Volví con un sueldo de 3.000 dólares y a los meses ganaba 300; me vine en el peor momento y nunca miré para atrás. Construí una casa, un grupo de trabajo, puse en valor un lugar que no existe en otra parte del mundo y la empresa -resume-; todos mis compañeros de la época en que trabajaba en España todavía están con contratos, ninguno pudo establecer un laboratorio ni una línea de trabajo. El crecimiento laboral que tuve aquí fue enorme comparado con el de mis compañeros que se quedaron allá”, advierte. “Mi mejor amiga de España recién tiene un cargo fijo, a esta edad, mientras que yo soy investigadora del Conicet desde hace 20 años; pude formar un grupo de investigación y a más de 15 investigadores y doctores”, detalla.

Para ella irse no es la única salida. “Depende de los valores de cada uno. Acá existen universidad y salud gratuitas. Andá a enfermarte en Estados Unidos sin obra social o a enviar a tu hijo a la universidad si no tenés un nivel económico muy alto. Sí, es verdad, aquí la inseguridad y la inestabilidad económica son terribles, pero hay otras cosas positivas que afuera no”, enfatiza.

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