Gente que mata por matar - LA GACETA Tucumán

Gente que mata por matar

14 Jun 2021 Por Rodolfo Casen
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Lo absurdo cuesta entender. Sencillamente porque no se asienta en la razón, en nada que lleve a hilvanar una explicación. En la especie animal el matar es parte del instinto de supervivencia. Se mata para sobrevivir, en defensa propia o ante un riesgo. Son las reglas que integran el código de la vida salvaje. Imperativos naturales que a nadie sorprende. En la especie humana matar, quitar la vida a otra persona, integra el rosario de penalidades severas de la justicia, de la sociedad. También de las religiones. La vida está instituida como valor supremo. El matar solo tiene a veces el atenuante de lo accidental y defensivo. Se contempla la circunstancia. Cuando se mata por matar la explicación solo puede escudriñarse en lo patológico. En lo demencial. El crimen del arquitecto Sergio “Checho” Juárez (54 años) a manos de un delincuente común se circunscribe a lo inexplicable y enfermizo. No tiene otra consideración. Fue en la tarde del jueves en la ruta nacional 65 a manos de un delincuente que acababa de arrebatar una bicicleta a una joven y que emprendía la huida en una moto. Un brote de violencia que alarma en estos tiempos de pestes. El asesino, que cargaba la bicicleta, disparó sin ningún motivo. Y lo hizo respondiendo a la orden del conductor de la moto. “¡A ese!” o “¡a esos!” fue el mandato en plena fuga y ante el estupor nuestro. Y enseguida el arma que nos apuntó y los disparos seguidos y secos. Fueron al menos dos. Y el grito de mi amigo: “¡Rodolfo, me dieron, me dieron!” Íbamos solo con la ropa deportiva y ni siquiera intentamos detenerlos. Lo desafortunado fue el hecho de haber sido testigos lejanos del robo, a más de 50 metros al oeste de nosotros. La desgracia de habernos dado con alguien que salió a matar y que huía en dirección nuestra, hacia el este. De alguien sin ningún respeto por la vida humana. Disparó como por diversión. “Checho” recibió un disparo fulminante a la altura del abdomen. No tardamos con otros circunstanciales testigos en conseguir una camioneta en la que lo llevamos al hospital. Llegó sin vida. Fue cuestión de minutos.

Con “Checho” disfrutábamos, como lo hacíamos con frecuencia, de una tarde plácida y apropiada para la práctica deportiva. Nos dimos con otros amigos que también habían salido a hacer actividades físicas. Cruces de bromas y risas. En ningún momento sospechamos que la tragedia nos tenía preparada una emboscada. Y, lo sé, pude también haber caído en la balacera.

Se trató de un crimen que cegó la vida de un profesional ejemplar, con una familia envidiable y muchos proyectos. Un enorme amigo, amante del andinismo y la naturaleza. Hace más de una década había hecho cumbre en el Aconcagua. Comprometido con los valores más sagrados de la vida.

Lo que sucedió con “Checho” no puede repetirse. Pues se trató de una pesadilla que puede en cualquier momento cobrarse otra víctima. Pues la patología de los que matan por matar se hace cada vez más frecuente. Y ahí están las estadísticas.

¿Es la sociedad que vamos construyendo para nuestros hijos en este tiempo que parece de un falso progreso? Y, si no, hay que preguntarse: ¿los valores de la sociedad de nuestros abuelos ha evolucionado hacia lo mejor? Las instituciones del Estado (Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial) tienen las herramientas y la responsabilidad de marcar un rumbo más promisorio, en el que otro “Checho” no caiga víctima de estos brotes de violencia, que responde a una patología con un diagnóstico que necesariamente se lo tiene que abordar en forma integral.

“Digo que un animal, una especie o un individuo, están corrompidos cuando eligen y prefieren lo que es desfavorable para ellos” (Friedrich Nietzsche).

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