Vidrios polarizados - LA GACETA Tucumán

Vidrios polarizados

12 Jun 2021 Por Federico Türpe
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El rey de los Países Bajos, Guillermo Alejandro, sorprendió a todos el jueves 16 de mayo cuando fue a visitar sin previo aviso el Centro Comunitario musulmán Mandelaplein, en La Haya.

Willem Alexander llegó de imprevisto a una cena de ruptura del ayuno del Ramadán, en un país donde el islam es la segunda religión más importante y que congrega al 5% de los 17 millones de holandeses.

Los musulmanes se asombraron por esta visita impensada, pero lo que sorprendió al resto del mundo fue otra cosa: que el monarca llegó a Mandelaplein en bicicleta, acompañado tan solo por un custodio y por una asistente, que lo seguían también en bicicletas.

Rápidamente se viralizaron en las redes sociales los videos del rey pedaleando hasta la sede musulmana, donde al llegar estacionó su bici junto a otra decena de rodados de “gente común”.

En las redes ponderaron su actitud, con elogios principalmente por su sencillez y humildad, su actitud hacia al medio ambiente y a un asunto que en ese país es política de Estado desde hace años: disminuir la contaminación atmosférica y sonora, reducir el consumo de combustibles no renovables, desalentar el uso de los autos en las ciudades, descongestionar el tránsito urbano y fomentar el uso de medios de transporte saludables e infinitamente más económicos.

A su esposa Máxima, la reina argentina, también se la suele ver en ocasiones trasladarse en bicicleta, con sus infaltables auriculares, casi siempre sin custodia, tanto en viajes domésticos como en asuntos oficiales.

El primer ministro de los Países Bajos, Mark Rutte, el equivalente a nuestros presidentes, también va a trabajar todos los días en bicicleta, de saco y corbata, aunque llueva, nieve o haga calor, en cuyo caso se lo ve con un pilotín con gorro, con un sobretodo, o con una camisa de mangas cortas y corbata, según el clima.

Una foto que recorrió el mundo, por su fuerte simbolismo, fue la de Rutte llegando al Palacio Real el 15 de enero pasado, en bicicleta y en absoluta soledad, para presentar su renuncia ante el rey.

Fue por una denuncia sobre criterios xenófobos en la asignación de ayudas sociales a familias de escasos recursos. El Ministerio de Economía le había retirado los planes a 26.000 familias, por considerar que las ayudas habían estado mal asignadas.

Rutte no dimitió solo. Renunció todo el gobierno en bloque, pero él puso la cara ante el rey y fue a verlo solo en su bicicleta.

De todos modos y tras admitir su error, Rutte volvió a ganar las elecciones el 17 de marzo pasado.

“Si en la Cuba socialista llegás a ver a un ministro en bicicleta, es 100% seguro que es una foto de su infancia”, escribió un forista cubano, entre los miles y miles de posteos que acompañaban las imágenes de Rutte llegando en bici al Palacio. “Y el dictador (Miguel Díaz) Canel no se baja de su Mercedes”, le respondió otro forista, junto a una foto del actual presidente de Cuba descendiendo de un lujoso auto alemán, a la par de otros cinco Mercedes con otros miembros del gobierno caribeño.

Ejemplos ciudadanos

Los Países Bajos son una especie de capital mundial de la bicicleta, ya que el 63% de sus habitantes usa este medio de transporte a diario, frente a un 22% que lo hace en auto y a un 16% que viaja en transporte público (muchos combinados con las bicis, porque hay estacionamientos para bicicletas en todas las estaciones de trenes).

En Holanda hay 1,3 bicicletas por habitante (22 millones de bicicletas para 17 millones de habitantes).

Sólo en la ciudad de Amsterdam existen 800.000 bicicletas, mientras que el número de autos es de 263.000.

Sin embargo, es común en varios países europeos ver a funcionarios de alto rango trasladarse a diario en bicicletas, monopatines, viajando en el transporte público o simplemente caminando por las calles.

Uno de los casos más conocidos fue el del ex presidente de Suiza, Didier Burkhalter, quien durante su mandato se trasladaba todos los días en tren (aún lo hace) desde la pequeña localidad donde vive, Neuchâtel, de 31.000 habitantes, hasta la capital Berna, ubicada a 38 kilómetros.

Burkhalter, de profesión economista, fue fotografiado y filmado decenas de veces sentado en un vagón o parado esperando el tren como cualquier ciudadano, en el andén de la estación de Neuchâtel.

Cuando estas imágenes trascendieron en las redes sociales argentinas, una de las bromas más celebradas y compartidas fue: “¿Se imaginan a la presidenta Cristina Kirchner tomando el “Roca” a fuel oil desde la Estación de La Plata hasta Constitución?”.

Cuesta encontrar ejemplos similares en Argentina o por lo menos que se hayan conocido.

Uno de ellos fue el del ex ministro de Transporte del macrismo, Guillermo Dietrich, quien a veces solía ir al ministerio en bicicleta.

Al ex director del Programa Argentina 2030, Iván Petrella, otro funcionario que usaba la bicicleta a diario, le robaron el rodado, según él mismo denunció en las redes sociales en marzo de 2019.

Este también es otro componente argentino, o tercermundista, que desalienta el uso de la bicicleta en muchas personas. Lo cierto es que, como siempre sostenemos cuando se plantea el debate de la inseguridad para los ciclistas, en Argentina te roban en bici, en moto, en auto, caminando o incluso cuando estás durmiendo.

En Tucumán es aún más difícil encontrar funcionarios que se muevan en bicicleta o en ómnibus.

Uno de los pocos casos, al menos de los que han trascendido, es el del intendente de Yerba Buena, Mariano Campero, que a veces se traslada en bicicleta de su casa al municipio y viceversa.

Contradicciones que no lo son

Como señalaban esos foristas cubanos, a propósito del sobresaliente ejemplo que imparte y contagia a su pueblo el primer ministro holandés, cuanto más carenciada, ignorante y sometida es una sociedad, más lujosos son los vehículos en los que se trasladan sus autoridades.

Carenciada, porque los recursos que le faltan a la gente (vivienda, servicios, educación, trabajo, seguridad, etc) les sobran a los gobernantes, en vehículos, choferes, custodios, mansiones, viajes…

Ignorante, porque no se trata de mayor o menor educación formal, sino de valores, principios y prioridades.

Lo vemos de forma palmaria en sociedades esnobistas y frívolas como la tucumana. No sólo en la política, sino en los sectores más acomodados y “educados”, obsesionados por la camioneta lujosa o la casa en el country. Para el tucumano promedio usar una bicicleta como medio de transporte es “de pobres”, lo mismo que el colectivo, que nadie elige porque le gusta o porque contribuye a descongestionar el tránsito, sino porque no tiene otra opción.

Y sometida, porque cuanto menos libre es un pueblo más privilegios tienen sus autoridades, más profunda es la desigualdad y más injusta es la distribución de la riqueza.

Como ocurre en Cuba, en Venezuela, en Irán, en gran parte de Centroamérica o en la mitad de África, y también en Argentina, donde 22 millones de personas dependen de la dádiva estatal, es decir, no son libres.

La ignorancia tucumana no sólo impacta en la forma en que nos movilizamos, sino en la falta de higiene, en el vandalismo, en la frivolidad generalizada, en la violencia y en la masiva transgresión a las normas.

Funcionarios, desde el gobernador hasta un concejal de pueblo, que se desplazan en lujosos vehículos con chofer y custodia, no son más que el reflejo de una sociedad embrutecida, carenciada y sometida.

En la ciudad de París se realizan casi un millón de viajes por día en bicicleta, según esa Alcaidía, y nadie duda de que es una de las metrópolis más importantes y desarrolladas del mundo.

Seguramente no son muchos los lectores que conocen la capital francesa, pero hoy con la tecnología eso no es necesario. Basta con buscar imágenes, videos o transmisiones en vivo para ver la cantidad de gente que anda en bicicleta y lo difícil que es encontrar camionetas 4x4 circulando por el centro de París. Es probable que en las áreas rurales se vean más, por razones obvias.

Por el contrario, en Tucumán hay diez veces más camionetas y autos de lujo que bicicletas en el centro.

Preferimos ser París, Amsterdam, Barcelona o, sin ir más lejos, Rosario o Buenos Aires, con amplias redes de ciclovías, peatonales y semipeatonales, o preferimos seguir viviendo en el caos y en la decadencia tucumana, donde sacamos el auto para viajar cinco o diez cuadras.

La decisión de un cambio es nuestra, de nadie más, porque la política seguirá viajando detrás de vidrios polarizados.

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