El mito de la Argentina rubia y de ojos celestes - LA GACETA Tucumán

El mito de la Argentina rubia y de ojos celestes

11 Jun 2021 Por Guillermo Monti
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Los mitos están condenados a regresar. Una vez insertos en la cultura funcionan en plan de eterno retorno y siempre habrá un episodio que los reanime y los alimente. El mito, ese relato llamado a reemplazar los hechos sobre los que trabaja la historia, tiene múltiples voceros que acuden a él para pintar metáforas y símbolos. El mito de la Argentina rubia y de ojos celestes, “bajada de los barcos”, es tan poderoso que hasta da pie a una frase inconcebible en boca del Presidente de la Nación. Pero Alberto Fernández no pescó el concepto de la nada intelectual; lo que le vino a la cabeza fue el mito en toda su dimensión. Porque ese país europeizado con el que el Presidente partió aguas en la comparación con brasileños y mexicanos vivió y vive en el pensamiento de muchos argentinos. El país rescatado de la barbarie gracias a una inmigración capaz de construir una raza y un conjunto de costumbres nuevas, únicas, virtuosas. Argentinas.

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Donde hay mito no hay historia. Por eso confunde referirse a Gardel, a Borges o a Maradona como figuras “míticas”. Es negarles -a ellos o a quienes se pretenda colocar en ese lugar- el carácter histórico que, justamente, les confirió su grandeza. Solemos incurrir en esa falta, creyendo que al hablar del “mito de Gardel” su figura se proyecta más alto, más lejos, más potente. En todo caso, el mito pasará por aquello de “cada día canta mejor”, pero no por lo que Gardel hizo, dijo y pensó. Ni San Martín ni Belgrano son mitos, como no fue mítica la batalla de Tucumán ni fue mítico el cruce de los Andes. A fin de cuentas, además de confundir lo real y lo mítico, banalizamos a los propios mitos, al reducir el concepto a un adjetivo. Es un berenjenal importante.

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La cuestión es, como definió Albert Camus, que los mitos tienen más poder que la realidad. Por eso es tan fascinante la idea de que Argentina no tiene nada que ver con el resto de América Latina, que somos un enclave europeo en el lugar equivocado, casi una anomalía geográfica. De allí la alimentación del mito que el Presidente de la Nación sacó a la luz con la idea de hacerle una caricia al ego de su par español y terminó en un derrape dialéctico. Pero esa convicción de que somos distintos -mejores- prescinde en el mito de lo americano, porque lo americano fue sinónimo, en los tiempos de elaboración de este mito fundacional, de atraso y de indolencia. Si América se relacionaba con lo irracional, para despegarse de ella fue imprescindible moldear el mito de la Argentina europea y contarnos, así, una fábula tranquilizadora.

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Rodolfo Kusch dedicó buena parte de su vasta obra a analizar este “miedo a lo americano”. El filósofo hablaba de un “ser” europeo y de un “estar” americano. El ser coloca a la humanidad como motora de un progreso ininterrumpido, munida de herramientas ligadas con el hacer: la ciencia y la tecnología. El estar queda ligado al mundo natural, a una existencia más espiritual que pragmática. El ser es racional, el estar es emoción pura. El país del Centenario se propone “ser” y reniega del “estar”. Por eso el enamoramiento con la frase de Ortega y Gasset (“argentinos, a las cosas”). Este antagonismo venía desde antes, cuando al siglo XIX lo cruzó la batalla civilización vs barbarie. Faltaban los inmigrantes para desequilibrar definitivamente la balanza y reconfigurar una nación “bajada de los barcos”. Finalmente, gracias a ese flujo europeo, la Argentina sería, no estaría -una condición a la que quedaba reducida el resto de Latinoamérica-. Por ejemplo, al decir del Presidente, mexicanos y brasileños. El ser como una manera de decir “futuro”; el estar como una condena al “presente”.

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Lo curioso es cómo los dispositivos culturales fueron variando, en un proceso de permanente reacción. El aluvión inmigratorio encontró respuestas de todo tipo, no siempre amistosas. Porque conviene apuntar que no todos los que “bajaron de los barcos” encontraron brazos abiertos. Miguel Cané -el autor de “Juvenilia”- fue el impulsor de una Ley de Residencia destinada a perseguir a los inmigrantes que sacaran los pies del plato del disciplinamiento social. Porque estaba bien que vinieran a trabajar, pero no que opinaran de política. Y mucho menos que actuaran, sobre todo los obreros que habían llegado de Europa con la experiencia de la sindicalización a cuestas.

También fue notable el impacto en el campo cultural. El gaucho, prohibido en el léxico civilizatorio, fue elevado a una categoría inédita. Pasó de ser carne de cañón, rémora de un país analfabeto, maltrasado y peligroso -un bárbaro- a adalid de la identidad nacional. Así, pocos años después de que Sarmiento afirmara que el gaucho sólo servía para abonar el campo con su sangre, Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas canonizaron el “Martín Fierro” como nuestro poema fundacional. A toda esa gente que “bajaba de los barcos”, una masa indescifrable en tiempos en los que nadie hablaba de “crisol de razas”, había que oponerle un símbolo de la argentinidad. Y fue el gaucho, que de ladino y desertor mutó en simpático guardián de nuestras tradiciones. El detalle es que ese criollaje no “bajó de los barcos”. Los gauchos estaban antes. Y distaban de ser los primeros.

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Marcelo Valko, historiador, discípulo de Osvaldo Bayer, señala en sus libros un error conceptual -para nada inocente- que se repite una y otra vez. Esto de Argentina y “el problema indio”. Una manera de referirse a lo sucedido durante los últimos 200 años con los pueblos originarios y que sitúa la pelota en el campo del indio, como si fuera el responsable y promotor de un conflicto que el país no ha sabido afrontar ni mucho menos resolver. No es el “problema indio”, advierte Valko; sino “el problema del indio”. Claro, los que han sufrido todos los despojos y humillaciones imaginables han sido los habitantes originales de esta tierra, a los que se privó de los más elementales derechos desde que Colón creyó haber llegado a la India y, por consiguiente, vio indios. La Argentina que “bajó de los barcos” coloca a los indios en el lugar que siempre ocuparon: el de la más absoluta invisibilización. Conforman, a fin de cuentas, la pulpa de ese “estar” (un estar-siendo) que Kusch describía. La infinidad de tribus desplegadas por lo que hoy es nuestro país no podía tener cabida en un mito fundacional de semejante contundencia. Los pueblos originarios se despegan por completo de lo mítico a partir de su condición de sujetos históricos. Lo que le producen al mito de la Argentina que “bajó de los barcos” es una incomodidad manifiesta, porque lo desarman con la evidencia de lo cotidiano. Pero los mitos son tan potentes que se sobreponen y reaparecen, por ejemplo en la palabra del Presidente de la Nación.

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El mito está consustanciado con Buenos Aires y con lo que la ciudad representa. Esa impronta parisina que con tanto afán buscó la “gran aldea” mientras se transformaba en metrópoli encaja con la idea de una Argentina europeizada, y por consiguiente culta, espléndida, refinada. Para que el mito funcione fue imprescindible la magnificencia de Buenos Aires, demostración cabal de que América Latina había quedado atrás. Buenos Aires y el mito crecieron de la mano, se consolidaron y se explicaron mutuamente. En Buenos Aires cabía la certeza de que se trataba de un conglomerado de vecinos “bajados de los barcos”. Y es en Buenos Aires, por consiguiente, donde el mito perdura con mayor fuerza. El efecto contagio se produjo en las capitales de las provincias más grandes y populosas. Segmentos sociales urbanos que se identifican al cien por ciento con las corrientes inmigratorias y se abrazan a la ilusión de que somos más europeos que americanos.

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“Nosotros bajamos de los barcos” se repite como un mantra, una oración que conjura esa explosión sensorial asociada con la naturaleza americana. Así de compleja y tergiversada se presenta la construcción de nuestra identidad, así de inaccesible es la comprensión de ese santo grial al que se dio en llamar el “ser nacional”. La trampa del mito fundacional jamás se desactiva y posee la capacidad suficiente para arrastrar al fondo del pantano al propio Presidente. Por eso, más allá de la inundación de memes y del aprovechamiento político del dislate de Alberto Fernández, no viene mal la ocasión para pensar el tema con un poco de profundidad.

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