
Creo que no exagero al establecer una similitud entre la vida (no sólo el trabajo) del periodista con la del profeta. Ambos responden a una vocación divina. La misión del profeta es anunciar y denunciar. La del periodista es informar, opinar y también denunciar. Y esto último, como en la antigüedad a los enviados de Dios, le genera enemigos. Tal vez uno que otro rival, pero mayormente enemigos. Porque debido a su inclinación natural al mal que tiene el hombre, tiende constantemente a esconder la verdad de las cosas en su tiempo. Y me refiero especialmente a los hombres públicos. Los que practicando a conciencia el mal, tratan de tapar el sol con la mano y oscurecer la mirada del pueblo, que iluminado por la voz, el escrito o las imágenes que el periodista le muestra, recupera la luz que le es cubierta por sombras. “Antes que te formaras dentro del vientre de tu madre, antes que tú nacieras, te conocía y te consagré; para ser mi profeta de las naciones yo te escogí, irás donde te envíe y lo que te mande proclamarás”, le dice Dios al profeta al elegirlo. Y el profeta responde a esta misión: “Tengo que andar, tengo que hablar o gritar, ay de mí si no lo hago”. En un mundo donde la mentira se apropia del pensamiento y del corazón de los humanos con gran facilidad, el periodista, provisto de una luz divina, ve en las sombras. Y habla, y grita si tiene que gritar, porque ha aceptado el desafío propuesto por Dios con absoluta responsabilidad y sabe que está sostenido por Él. Por eso, ruego a Dios que los bendiga hoy, en su día, y que guíe sus vidas y sus trabajos acompañándolos en todo momento.
Daniel E. Chavez
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