Novela ganadora del Premio Clarín - LA GACETA Tucumán

Novela ganadora del Premio Clarín

06 Jun 2021
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NOVELA
ASOMADOS AL POZO
SANCHO ARABEHETY
(Clarín/Alfaguara - Buenos Aires)

El Mariscal, el niño protagonista, no sabe si habita la imponente casa de Alta Gracia donde vive o si es habitado por ésta. Inmerso en la lectura de historietas, fantasea con súper poderes y universos paralelos. A su vida escolar la definen tanto la condición de hijo único, como la identidad dividida entre cordobés y porteño. La visita de dos amigas a su casa agrieta ese mundo cándido para que por los resquicios asome la inquietante madurez.

El revés de la trama lo teje, simultáneamente, otra voz. Es la de un auditor de calidad que recorre plantas fabriles para revisar el cumplimiento de protocolos y procedimientos. Reniega de la vida social, descree de las sonrisas y se amolda a los hoteles donde se aloja en cada viaje. Carente de empatía, solo se vincula con los perros sin rumbo que lo siguen por la calle y con una niña que adoró en su infancia a quien evoca a cada paso.

Asomados al pozo cuestiona el proceso de reflotar recuerdos: “Repaso lo escrito y no paro de sumarle detalles que de a poco aparecen en mi memoria. Corrijo la evocación y la rehago. Lo que no acierto a deducir es si la historia retocada tiende a parecerse a la real o cada nuevo manoseo la cincela con más ficción”. La evocación es un factor primordial en la novela: el auditor y el Mariscal bucean en los abismos de los recuerdos, alternan entre presente y pasado. El Mariscal encuentra en la salida de un viejo Eskabe en el muro de la casa un objeto que parece una momia andina y reaviva su memoria. El auditor se sumerge en las bañeras tibias de los hoteles para recobrar la infancia en Dresde e invocar a Helga. Objetos y lugares funcionan como portales de la memoria, como vehículos para viajar al pasado y reabrir historias truncas que reviven para exigir que se las desentrañe y se las complete.

PERFIL

Sancho Arabehety creció entre whippets, caniches y galgos criados por su madre en la casona de Alta Gracia. Cordobés por nacimiento y convicción, vivió en un ambiente palaciego, signado por la mirada de Buenos Aires. De profesión abogado, defiende la causa de los humedales y dirige su propia consultora dedicada al asesoramiento en registro de productos médicos y farmacéuticos, marcas y patentes. “La posibilidad de abrir un documento en el celular y releerlo mientras estás en cualquier parte cambió todo. La pandemia fue la excusa perfecta para terminar de reescribir la novela y pulir detalles”, concluye Sancho.

Asomados al pozo*
Por Sancho Arabehety

Mi madre ha muerto hace tres días. He venido a velarla y enterrarla. Completé ambas tareas con eficiencia y una fría tristeza. Me esperan otras igual de arduas. La primera es despojar la casa de andrajos hechos de decenios de acumulación contingente y obsesiva. Repisas, cajones y roperos rebalsan de objetos inútiles, pero fuertemente evocadores: cada uno de ellos exige una decisión. Separo adornos y utensilios, trofeos de exposiciones caninas, el sello de lacre de un abuelo, viejos crotales para vacas, llaves de puertas ignotas, fotos ―miles de ellas― en caóticos rejuntes, mis cuadernos de primaria, una pinza para espárragos, la Olivetti que alguna vez usé, discos de pasta pegoteados de humedad, papeles amarillentos de remota importancia. Los apilo en grupos sobre la gran mesa del comedor: para tirar o regalar, para la feria de garaje, para dejar en la casa, para llevar a Buenos Aires. A mis resoluciones les falta convicción ―mi relación con lo que encuentro alterna entre conservadora y desprendida― y entonces muevo cosas de un montón a otro todo el tiempo, avanzo y retrocedo y me abruma pensar que nunca terminaré de aligerar la carga de esa mesa con aspecto de campo de refugiados.

* Fragmento.

© LA GACETA

Marianne Costa Picazo

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