
“En aquel tiempo, los 11 discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, se postraron, pero algunos vacilaban. Jesús les dijo: ‘Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar lo que os he mandado. Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28,16-20).
I.- La liturgia nos propone el misterio central de nuestra fe: la Santísima Trinidad, fuente de dones y gracias, misterio inefable de la vida íntima de Dios. Con una pedagogía divina, Dios fue manifestando su realidad íntima, ha ido revelando cómo es Él, en Sí, independiente de todo lo creado. En el Antiguo Testamento da a conocer sobre todo la Unidad de su ser; a diferencia del mundo es increado, no está limitado a un espacio (es inmenso), ni al tiempo (es eterno). Su poder no tiene límites (es omnipotente). Se revela como el pastor que busca su rebaño; a la vez que se va manifestando la paternidad de Dios Padre, la Encarnación de Dios Hijo y la acción del Espíritu Santo, que vivifica todo. Es Cristo quien revela la intimidad del misterio trinitario, la llamada a participar en él, y la perfectísima Unidad de vida entre las divinas Personas (Juan 16, 12-15). El misterio de la Santísima Trinidad es el punto de partida de toda la verdad revelada y la fuente de donde procede la vida sobrenatural: somos hijos del Padre, hermanos y coherederos del Hijo, santificados continuamente por el Espíritu Santo para asemejarnos cada vez más a Cristo. Esto nos hace templos vivos de la Santísima Trinidad.
II.- Desde que el hombre es llamado a participar de la vida divina por la gracia recibida en el Bautismo, está destinado a participar cada vez más en esta Vida. Es un camino que es preciso andar continuamente. Del Espíritu Santo recibimos constantes impulsos, luces, inspiraciones para ir más deprisa por la senda que lleva a Dios, para estar cada vez en una “órbita” más cercana al Señor. “El corazón necesita distinguir y adorar a cada una de las Personas divinas. Es un descubrimiento el que realiza el alma en la vida sobrenatural. Y se entretiene amorosamente con el Padre y con el Hijo y con el espíritu Santo; y se somete fácilmente a la actividad del Paráclito vivificador, que se nos entrega sin merecerlo” (J. Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios).
III.- “Tú Trinidad eterna, eres mar profundo, en el que cuanto más penetro, más descubro, y cuanto más descubro, más te busco” (Santa Catalina de Siena), le decimos en la intimidad de nuestra alma. Y añadimos: Padre, glorificad continuamente a vuestro Hijo, para que vuestro Hijo os glorifique en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos (Juan 17, 1).
Basado en ideas de “Hablar con Dios”, de F. Fernández Carvajal.







