Cuando la política se divorcia de la gente

Por Hugo E. Grimaldi - Periodista y analista político.

23 Mayo 2021

La pandemia no da tregua; hay fallecidos por doquier y se ha comenzado un nuevo período de cuarentena estricta que desnuda no sólo el desborde de la enfermedad y la cifra de fallecidos por millón de habitantes más alta del mundo, sino la falta de previsión del Gobierno en materia de testeos y vacunas. Sin embargo, la discusión de fondo de la Argentina hoy no pasa ni por las gestiones que toda la clase política debería estar haciendo para conseguir dosis de vacunas en el mundo, ni siquiera por la importancia de la presencialidad escolar, ni tampoco por la inflación que horada el bolsillo y fabrica pobres minuto a minuto.

Lo que hoy se observa en el oficialismo más radicalizado es que tiene otras prioridades, ligadas primero que nada a la manipulación de la Justicia, ya que ha subordinado todo aquello que necesita la población a sus afanes ideológicos, un campo donde el manejo de las cajas del Estado es número uno, junto a la necesidad de blindar judicialmente a Cristina Fernández. El punto es que cada día la sociedad nota más que el Congreso vive en otro mundo y que se trata de una matriz de gente a la que poco y nada parece importarle sus dolores.

Desde esa vereda tampoco hay gran aprecio por la imagen presidencial, a la que no se cansan de ningunear de modo directo o pegándole a los ministros más cercanos, como es el caso de Martín Guzmán, acosado desde adentro por La Cámpora. La gira europea le debería haber dado una medida al Presidente sobre la necesidad de no jugar en los extremos en favor de los entendimientos políticos internos y con el mundo. Sin embargo, cuando pisó la Argentina se volvió a pintar la cara y se mostró nuevamente tan empecinado como cualquier médico que defiende una determinada terapéutica, aunque la enfermedad de su paciente se siga agravando.

Es en ese contexto en el cual Alberto Fernández se desgaja a diario ante la opinión pública, ya que cada vez que hace una declaración es como si metiera un elefante en un bazar, rompe todo y nunca sale ileso de los destrozos. Está claro que cada vez que habla le llueven los testimonios que él mismo brindó en el pasado, ya sea cuando era un férreo opositor a su actual vicepresidenta o cuando pretendía ganar las elecciones, tal como ocurrió con unas declaraciones del año 2019 sobre la necesidad de exportar cada vez más, sin que haya dicotomías entre campo e industria, porque “esa es la única manera de conseguir dólares genuinos”, había dicho.

El Presidente opinó también sobre Venezuela y dijo que allí “el problema de los derechos humanos fue desapareciendo”. Más allá de que se trata de una deformación de la realidad bastante flagrante hay que emparentar estas declaraciones con cierto agrande del kirchnerismo tras los procesos electorales en Chile (la derecha no fue a votar a una elección no obligatoria y la nueva Constitución será redactada por dirigentes de nuevos partidos de la izquierda) y Perú (gran atomización del voto presidencial y un balotaje que puede ser ganado por un militante de la izquierda más radicalizada), que muchos consideran como dos “suicidios de la forma republicana de gobierno”.

Puertas para adentro, es imposible no emparentar el ominoso término “desaparición” con otra muletilla que suele usar Fernández, también del mismo cuño: “hay que poner orden”. Con esa expresión el Presidente se refirió al caso del precio interno de la carne, algo que su gobierno quiere corregir con una receta que ya fracasó y que él mismo había descalificado en aquel discurso de los “dólares genuinos”.

No como opinión, sino con números, puede sustentarse la crítica a la medida anunciada por la secretaría de Comercio, ya que cuando se limitaron las exportaciones cárnicas entre 2006 y 2015 se perdieron mercados, se liquidaron 10 millones de cabezas de ganado, la producción cayó 18 por ciento, se cerraron 150 frigoríficos, se perdieron 15.000 puestos de trabajo y, finalmente, los precios no bajaron. Y ahora, con la decisión antiexportadora del Gobierno, el elefante ha vuelto a romper toda la cristalería dentro del local.

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