
Lorenzo Marcos
Pediatra
El ritmo y velocidad de la pandemia está determinado por la movilización de la gente y por la velocidad de vacunación. A mayor circulación mayor infección y muerte; a mayor número de vacunados menor transmisión del virus, menor contagio y fallecimientos.
Es indudable, porque así pasó en otros países que las llamadas olas de contagio, seguirán repitiéndose. En cada ola la variante del virus puede ser más contagiosa y comprometerá a franjas etarias menores. También se está viendo, por las lesiones pulmonares que producen, que estas nuevas cepas son más agresivas. La diseminación lleva implícita mutaciones mas virulentas.
La vacuna detiene el “oleaje” si la velocidad de vacunación es mayor a la velocidad de la ola de transmisión.
Si descontamos los infectados sintomáticos y los vacunados faltarían vacunar 25 millones de argentinos en los próximos dos meses. No hay información científica precisa de la cobertura que tienen las vacunas aquí utilizadas ante las nuevas cepas. De continuar, se corre el riesgo que la eficacia sea menor y los vacunados se infecten.
Son los países pobres y los densamente poblados donde existe mayor transmisión y riesgo de mutación. En ellos como contra partida no hay tecnología de investigación ni de producción de vacunas.
De continuar la pandemia, las vacunas recibidas al menos hasta ahora y en este lugar, no tendrán la eficacia inicial. A todo esto el gobierno federal está preocupado en otros temas que le distraen el esfuerzo necesario para conseguir vacunas.
La crónica recordará siempre los millones de vacunas Pfizer perdidas y las pagadas a Sigman de AstraZeneca que nunca llegaron.
Será el antecedente más obsceno de una decadente e ideologizada gestión gubernamental. De esto, alguien debe ser responsable.







