
Once horas, 27.000 fojas con documentación y 43 preguntas de una interpelación ajena al interés docente. Ni vencedores ni vencidos para el interpelado y sus interrogadores “hasta tanto se haga un estudio fino de los expedientes acercados” (LA GACETA). Afloró, como los líquidos cloacales, una “grieta oficialista”, la que a ningún trabajador le es propia. Ni una palabra, en la media tonelada de papeles, sobre los 18 docentes muertos por covid desde comienzos de la presencialidad. Tampoco un “punto y coma” de condolencias para con sus familiares. La mentada “familia” docente fue relegada a un “balance” tardío y deformado de acontecimientos que sucedieron hace cuatro o cinco años y que solamente los docentes conocen muy bien. Solo el “silencio”, la verdadera grieta, de interrogadores y del interrogado, frente al descontrolado contagio de docentes. En las escuelas, mientras se daban clases, se escuchaba, de refilón, un temario no resuelto en su debido tiempo. Menos un entrecomillado dedicado al “salario presencial” docente, próximo a menos de la mitad de los 90.000 pesos necesarios para sobrevivir. “Fojas” carentes de ideas básicas y elementales para solucionar, aunque provisoriamente, el tema de la virtualidad. Por ejemplo fondos mensuales, distribuidos a directores, de 150 o 200 pesos de datos para cada alumno, a cargo del “padrinazgo” obligatorio de funcionarios y legisladores. Una “interpelación” que expresa, en términos generales, el callejón sin salida, ante una pandemia, de la organización de la educación para atenderla y viabilizarla de una manera coherente. Solo la docencia, interpelada entre pares, puede dar una salida a la crisis educativa
Pedro Pablo Verasaluse
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