La historia de un gran músico con bajo perfil - LA GACETA Tucumán

La historia de un gran músico con bajo perfil

El libro Alejandro Sokol – El Cazador, de Isaac Castro, recorre con entrevistas y material de archivo la vida de uno de los músicos más importantes del rock argentino, más allá de que jamás le interesó colarse en las vidrieras de la fama.

16 May 2021
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LOS ÚLTIMOS TIEMPOS. Sokol No tenía domicilio fijo. Era un nómade que podía vivir en una pieza arriba de un boliche o en una habitación prestada en la casa de un amigo o de sus fans.

“Con su salida de Las Pelotas, Sokol cerró acaso la etapa más fructífera de su carrera. Grabó siete discos de estudio, dos en vivo y un compilado de grandes éxitos. Dio cientos de recitales, recorrió todo el país, participó de los festivales más importantes, y se convirtió en una celebridad del rock argentino. El atractivo de su figura, incluso, excedió al que generaba la banda y Alejandro era tratado como un ídolo no sólo por el público de los ex Sumo, sino también por personas que ni siquiera eran devotas de su música”. Isaac Castro nos cuenta en Alejandro Sokol, El Cazador (Editorial Sudestada) la vida del músico (Hurlingham, Provincia de Buenos Aires, 30 de enero de 1960-Río Cuarto, 12 de enero de 2009). Casi 200 páginas. Gran ritmo de relato. Entrevistados que destacan la humildad y la capacidad de un personaje que hizo del sincero bajo perfil un modo de vida.

En los 80, cuando hacer rock en Argentina era empezar de nuevo, Sokol tocaba el bajo y la batería en Sumo. Abandonó el grupo –y nunca se arrepintió- para cuidar su salud de los excesos del entorno. “Nos dábamos con todo; si no me iba, me moría”. Cuando murió Luca Prodan, su líder, también murió Sumo. Y de esa muerte nacieron otras dos bandas legendarias. Divididos y Las Pelotas. La primera, con Ricardo Mollo y Diego Arnedo como figuras, alcanzó éxito y prestigio en poco tiempo. A Las Pelotas, ese combo le costó. Entre sus integrantes estaban el mencionado Sokol y sus amigos Germán Daffunchio y Superman Troglio. Las cosas no terminaron bien entre ellos. Sokol, cuentan, hacía la suya: tocaba con otros músicos o como improvisado solista, no componía como antes, faltaba a los ensayos de Las Pelotas y no salía de sus adicciones. Su vida era un descontrol. Incluso tuvo un accidente automovilístico que le dejó secuelas. Daffunchio terminó ocupando su rol de compositor y voz de Las Pelotas y a Sokol lo echaron. Algunos fans aluden a ese final como una traición. Allegados a ambos refieren lo complicado que se había vuelto trabajar con El Bocha Sokol. Uno de los hallazgos de Castro reside en que no toma partido en un hecho tan subjetivo. De esa forma, deja al lector para que piense y evite el hueco escandaloso.

Descalzo

Sokol daba entrevistas aunque no le agradaba. No le daba valor al dinero. Cuando ganaba buena plata la podía perder en préstamos irrecuperables. Se desvivía por su esposa, Lila, la madre de sus hijos, Ismael, Camila y Fermín. Pero su matrimonio sucumbió por su estilo de vida. En su militancia religiosa mormona buscó, y no encontró, algo de paz. Dejó el alcohol y el cigarrillo. Pero su espíritu inquieto lo llevó de nuevo al rock, con noches y drogas. “Entristece pensar que aún hoy existe una parte del rock que romantiza la autodestrucción y alienta las conductas temerarias que siempre se pagan con el cuerpo –de otro, por supuesto”, acierta Castro.

Amigos suyos le cuentan al autor que era común verlo por las calles de Hurlingham, en el conurbano bonaerense, caminando descalzo o manejando un auto prestado. “No tenía ganas de vivir”, dice alguien. Otro recuerda que poco antes de su muerte Sokol le pidió dormir en su casa y cuando se marchó le dejó escrito en la pared del baño: “Sólo me resta recordarte todo lo que te quiero”.

En los tiempos de su muerte formaba parte de su banda El Vuelto S.A. En la cancha del Club Morón, también en el oeste del conurbano bonaerense, cantaron ante 2.000 personas. Fue su último recital. Castro detalla que su última canción fue Fuck You, de Sumo. Sokol tocó la misma batería con que “había comenzado su carrera en la música treinta años atrás”. Para entonces era adicto a la morfina y otros medicamentos que le calmaban los dolores físicos. “Pero, su mayor sufrimiento –para muchos imperceptible- lo padecía por dentro”. No tenía domicilio fijo. Era un nómade que podía vivir en una pieza arriba de un boliche o en una habitación prestada en la casa de un amigo o de sus fans.

Quería internarse para recuperarse y volver con todo a la música. Se tomó unos días. Viajó a Córdoba a visitar familiares. Cuando volvía a Buenos Aires, en la estación de micros de Río Cuarto se descompensó y debió ser internado en terapia intensiva. En el hospital local San Antonio de Padua sufrió un paro cardiorrespiratorio del que no se recuperó. “Notable estado de abandono, rasgos de desnutrición, hipotenso y soporoso”, explicó un profesional según el diario La Nación.

Mirándote a los ojos

Le encantaba escuchar a David Bowie, Pink Floyd, U2, Joaquín Sabina y Bob Marley, pero la magia la encontraba en Vivaldi. También le gustaba la música electrónica y bailarla. Cuando los Rolling Stones visitaron el país, le dijo a Keith Richard que a él le gustaban más los Beatles. Hay una definición del cineasta Rodrigo Espina sobre Sokol: “En muchas cosas era el hermano menor de Luca. Ambos eran animales. Tenían algo que tienen pocos, y es que te cantaban mirándote a los ojos”, le dice a Castro.

Para saber con más detalles quién fue Sokol pueden leer este libro de Isaac Castro. O ver el documental Solo, de Edgardo Kevorkian y Bruno Larocca. Y si quieren más (ojalá que sí), busquen y escuchen algunas de sus canciones, como Para qué, la genial Como un buey, Bombachitas rosas, Corderos en la noche, El cazador, Astroboy, Mareada, Movete, Orugas, Ya no estás, Brilla, Si supieras… Son tantas. Percibirán, al escucharlas, lo que es cantar con emoción y saber cómo expresarlo.

© LA GACETA

Alejandro Duchini – Periodista.

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