¿Son posibles las vanguardias? - LA GACETA Tucumán

¿Son posibles las vanguardias?

La coyuntura -o no- para la experimentación en las formas como respuesta a los órdenes estéticos imperantes, sucedió en numerosos movimientos del siglo XX. Frente a las redes sociales, la crítica y el mercado, ¿pueden, todavía, surgir movimientos experimentales similares a los de la centura pasada?

16 May 2021
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No son pocas las veces en que se ha dicho que ya no queda nada nuevo por escribir, apenas obrar sobre variaciones; si bien, también es cierto, cada quien reescribe el mundo a su modo, aunque trabaje sobre modelos instaurados. Quizás en el dilatado territorio que media entre ambos enunciados, ese no man’s land de la producción artística, habite la tan codiciada originalidad. Pero, ¿en qué momento la explosión de originalidad individual se convierte en colectiva y deviene vanguardia? Aclaremos antes, dice Indio Solari en una de sus canciones: la moda no es vanguardia. Ahora sí, el interrogante: ¿es factible, hoy, la aparición de una o varias vanguardias?,

Vanguardia en qué sentido: construir no desde lo previamente impuesto, las convenciones, sino desde el quiebre de los paradigmas; empujar los límites, alterar las estructuras; la obra como un embate abolicionista, la objeción a las reglas del pasado, el desafío a las leyes establecidas; la experimentación, la libertad en las formas.

Veamos que opinan al respecto tres referentes de distinto perfil como son Ariel Dilon, Juan Forn y Nicolás Hochman.

Gestos vacíos

Por Ariel Dilon

Mi percepción es que hay una especie de rasero que hace que hoy se aprecie de manera muy generalizada un registro más pequeño; el margen de maniobra parece ser más pequeño. Hay un predominio de un realismo intimista, hay un mandato de escribir con frases cortas, simples, con un lenguaje despojado, más bien blanco, sin adjetivos, jamás un adverbio -menos terminado en mente-, que, a mí me parece, en parte es una lástima. No estoy diciendo, para nada, que de ese registro no surjan cosas absolutamente geniales, porque las hay. Me parece que hay una tendencia a la intimidad. Sucede en Argentina, pero no solo en Argentina. Este predominio de las literaturas del yo, de la autoficción, etcétera, etcétera, que en realidad no es nada nuevo cuando uno mira lo que hacía Muriel Spark en los años 70 y 80. Uno, como escritor, debería apropiarse de su propia historia de otra manera. Algo que decía Navokov: ver el mundo como el sustrato potencial de la ficción. Me parece que hoy se rinde demasiado tributo a lo real en vez de aprovechar lo real para los propios fines. Y esto que digo es una generalización muy brutal.

Con respecto a las vanguardias en sí mismas, lo que cambia es el ámbito de recepción. Las grandes vanguardias del Siglo XX ya nos hicieron un efecto. Y tal vez en un punto ya no son tan estrictamente necesarias. Hay una cierta sospecha de esnobismo sobre ciertas prácticas que antes fueron de vanguardia y ahora resultan un poco artificiales, como si aquello contra lo que necesitarían chocar ya no existiera. Se vuelve un gesto vacío, a veces un poco comercial. Existe mucho en las artes plásticas. Uno ve ciertos gestos de vanguardia y no se los termina de creer.

Y también en los creadores hay una suerte de pudor para evitar caer en esa sospecha de esnobismo. Yo creo que, más allá de lo vanguardista o lo tradicional, habría que tratar de ser autentico. Creo que aquellas vanguardias que nos interesan tenían una gran frescura y una gran autenticidad. Eso no quiere decir que no pueda surgir, desde un lugar de autenticidad, alguna nueva vanguardia. No lo podemos descartar. Son los altibajos de la Historia. Si nuestra vida se sigue uniformizando, probablemente las vanguardias sean urgentes.

PERFIL

Ariel Dilon es escritor, traductor, periodista cultural y docente de talleres de escritura, asesor editorial, editor externo y jurado de preselección de premios literarios. Ha traducido a Highsmith, Le Clézio, Foucault, Dumas, Stevenson, Dickens, Twain, Schwob, Segalen, Vonnegut, Derrida y Bourdieu, entre otros. Publicó Vladimir Nabokov y las lecciones de literatura y El inventor de dioses y otros apócrifos chinos.

Casi vintage

Por Juan Forn

Podés ser all-style o ser contemporáneo. Yo soy all-style, por eso creo que el arte es siempre respuesta a la realidad y al arte anterior. Las grandes revoluciones estéticas son, generalmente, producidas por gente joven que, de cierta manera, entiende lo suficiente el espíritu de la época y responden a la realidad porque entienden el arte contra el que responden, al que quieren cambiar. Y me parece que, ahora, el enemigo es más difuso, y los medios a disposición son muy variados.

Mi pareja es veinte años menor que yo, y a veces tenemos discusiones estéticas porque ella, con muchísima naturalidad, me dice que el concepto de gran arte que rigió en el siglo XX, esta cosa del artista ambicioso de querer hacer la gran novela argentina, la gran novela norteamericana, el nuevo surrealismo, la nueva nouvelle vague y bla, bla, bla, es una ambición que tiene una relación con la vanguardia como concepto de ruptura. Hoy por hoy, la idea de vanguardia es casi vintage. Gracias a mi pareja y a mi hija trato de entender las nuevas lógicas, pero irremediablemente, en mi interior, yo respondo a una vieja ética o estética del oficio, del artesano, del orfebre, y eso es viejo: hoy hay otra manera de pensar.
A mí me gusta mucho el momento en que una vanguardia desafía el orden imperante y trata de imponer una nueva lógica. El momento más importante del Siglo XX es el dadá, que da como resultado el surrealismo. Recuerdo, cuando éramos jóvenes, algunos de mi camada todavía querían hacer experimentos formales: la novela toda en minúscula, sin puntos ni comas, el libro que no contaba nada. Pero también se podía experimentar con el futbol o con el rock.

PERFIL

Juan Forn es escritor, traductor y editor (Emecé, Planeta, Tusquets), doble Premio Konex y fundador del suplemento cultural Radar Libros. Escribe contratapas para Página/12, que se reunieron en los cuatro tomos de Los viernes. Autor de las novelas Corazones, Frivolidad, Puras mentiras y María Domeq, el tomo de cuentos Nadar de noche y las crónicas de La tierra elegida y Ningún hombre es una isla.

Nunca tan fácil

Por Nicolás Hochman

Me parece que nunca fue tan difícil ser vanguardista como ahora. Tal vez pienso así porque me estoy volviendo viejo, y la vanguardia es cosa de jóvenes, pero creo que tiene que ver por lo menos con tres cuestiones que están muy ligadas entre sí, o que son la misma pensada desde distintos puntos de vista.

La primera es que vivimos en una época en la que pareciera que está todo permitido. No lo digo como una queja, sino en el sentido de que en las últimas décadas se fueron cayendo o erosionando o derribando los temas que antes eran tabú, y que el arte fue yendo en contra de cada una de las aristas morales que son propias de cada sociedad. Que aparezca la cultura de la cancelación es parte de ese mismo movimiento: es la necesidad de mucha gente de poner un freno, de marcar un límite entre lo que se puede decir y lo que no. Y para que haya vanguardia tiene que haber límites, porque es justamente ahí donde el arte puede romper con algo y posicionarse como vanguardista.

La segunda es que la inmediatez y la democratización que permitieron las redes sociales generan un doble efecto: podemos mostrarlo y verlo todo, y entonces todo queda en un plano muy parejo, que dificulta la irrupción. El flujo de información que manejamos es tanto y tan veloz que lo vanguardista tiende a perderse o diluirse, porque no hay tiempo de que melle lo establecido, al menos como estuvimos acostumbrados hasta el siglo XX.

La tercera es que, me da la sensación, ya no existe como antes ese enfrentamiento entre crítica y mercado. No es que sean cosas contradictorias, pero históricamente hubo una oposición que de algún modo fue marcando agendas y llevando a los artistas a definir dónde estaban parados. Con el paso del tiempo el mercado fue entendiendo que aun en los movimientos más disruptivos hay un nicho posible, que hasta lo más extremo puede generar ganancia, y entonces se adaptó a las necesidades, los deseos, las estéticas, las ideologías de los consumidores, que somos todos. Ese capitalismo camaleónico es funcional y disfuncional para las vanguardias. Funcional en el sentido de que les da visibilidad a obras que en otro momento hubieran sido rechazadas por los medios, los museos, las editoriales, etcétera. Disfuncional en el sentido de que una vanguardia que cuenta con apoyo estatal o empresarial es una vanguardia que inevitablemente queda condicionada y afectada por intereses, políticas y formas que no le son propias.

En síntesis, lo que creo es que en este momento los artistas tienen condiciones óptimas (si es que eso existe) para crear. Que el mercado, la crítica, la academia, los medios y las redes sociales están abiertos, expectantes y sedientos del surgimiento de vanguardias para poder apropiárselos. Y que lo que eso genera es un adormecimiento y una comodidad que vuelven difícil cualquier estallido que se sostenga como vanguardista en el mediano plazo.

PERFIL

Nicolás Hochman es doctor en Ciencias Sociales por la UBA y profesor y licenciado en Historia por la Universidad Nacional de Mar del Plata, con un posgrado en Gestión Cultural (FLACSO). Dirige la productora UnaBrecha y el Congreso Gombrowicz, y preside la asociación civil Grupo Heterónimos. Creó la plataforma audiocuento.com.ar y organizó los premios literarios de La Bestia Equilátera, Itaú y el Grupo Alejandría.

Por Hernán Carbonel
Para LA GACETA - SALTO

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