Un buen día las palabras no lastimarán a nadie

26 Abril 2021

Walter Gallardo

Periodista / Madrid, España

Los mundos paralelos se construyen desde cualquier ámbito, también desde el personal y más íntimo, aunque pocos tan peligrosos como el que se crea desde el poder para diluir la fastidiosa verdad, la que concierne a todos, y reducirla a un relato novelesco y burlón apenas verosímil para incautos y argumento útil para socios de fechorías. La verdad no desaparece -de hecho, nunca lo hace- sino que se desdibuja hasta convertirse en lo que la fuerza predominante impone como la versión oficial, una suerte de imperativo de fe. En este esquema casi religioso, los apóstatas, descreídos o indiferentes merecen no sólo el desprecio sino algún tipo de castigo; en general, los ciudadanos pasan a estar bajo vigilancia y, en muchos casos, en peligro: descubren, a su pesar, que pagan impuestos y trabajan honradamente para vivir en el desamparo.

En “1984”, George Orwell escribía: “(…) si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad. ‘El que controla el pasado -decía el slogan del Partido-, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado’. Y, sin embargo, el pasado, alterable por su misma naturaleza, nunca había sido alterado. Todo lo que ahora era verdad, había sido verdad eternamente y lo seguiría siendo. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias que cada persona debía lograr sobre su propia memoria. A esto le llamaban ‘control de la realidad’”.

En aquella obra, la lúcida imaginación del autor creó un Ministerio de la Verdad que contaba con 3.000 habitaciones y en su fachada exhibía las tres consignas del Partido (así, con mayúscula, como si resultara inconcebible que existiera otro): “la guerra es la paz, la libertad es la esclavitud y la ignorancia es la fuerza”; un Ministerio de la Paz, que se dedicaba a los asuntos de guerra; un Ministerio del Amor, que hacía cumplir la ley y reprimía insólitos deseos de independencia, y el Ministerio de la Abundancia, encargado de los temas económicos. Entre todos establecían el orden asfixiante de un régimen cuya mayor ambición era crear un nuevo idioma, una neolengua, para nombrar y describir el mundo, pero sobre todo para impugnar sus rasgos más ásperos y ofensivos. Entre otras decisiones, se declara la inutilidad de ciertos antónimos. De modo que lo opuesto de “bueno” ya no es “malo” sino “no-bueno”. Confía el Partido en que un buen día las palabras no lastimarán a nadie, salvo cuando se las traduzca a la vieja lengua.

Una historia de ficción que no suena hoy tan extraña. Asistimos a un fenómeno de conquista y dominio de la opinión pública a través de la desinformación, sirviéndose de noticias tendenciosas o falsas, de infamias de todo tipo y del miedo más primario de la gente o de la ingenuidad. Sus autores han aprendido a explotar con eficacia, según sus ambiciones o mezquindades, los territorios masivamente frecuentados: universos virtuales donde un ejército de internautas afirma, otro niega y un tercero inventa; donde la veracidad es una condición prescindible y, en ocasiones, un objetivo a burlar; donde lo efectista, lo vulgar y lo artificioso casi siempre ocupan el centro de la escena. De esta manera se han enterrado reputaciones, hundido empresas y encumbrado otras, frustrado carreras, controlado voluntades, vendido productos y ganado elecciones.

Esto impide aproximarse con naturalidad a lo que sencillamente pasa. Averiguarlo requiere desmalezar la realidad, avanzar con cuidado sobre un campo minado de trampas y falsedades, de espejismos a izquierda y derecha, y aun así seguirá siendo legítimo dudar del material hallado finalmente. Resulta más fácil dar con trivialidades y rumores, con lo que no es relevante ni nos incumbe, que con lo que sucede en nuestra ciudad o nuestro barrio. Hay una gran distancia con lo que está cerca de nuestro interés o nos afecta. ¡Qué absurdo! Se puede saber cuál fue el dinero ganado por Lady Gaga o Bill Gates en el último año, pero no los ingresos reales de quien nos gobierna. Un humorista español suele decir al empezar su programa televisivo: “Ya conocen las noticias, ahora les contaremos la verdad”. Un sarcasmo que quizás ya ha dejado de serlo.

El mismo fenómeno también nos señala una responsabilidad personal abandonada o asumida con pereza, la de interesarnos en saber lo que ocurre. Cuando se trata de alguien con un pensamiento abierto, esto implica vehemencia en la búsqueda de la noticia, un ejercicio de razonamiento y un sentido de justicia al juzgarla. El espacio de las redes sociales, el más usado, no presume de rigor y precisión, desde luego. Al mismo tiempo, se debe admitir que son muchos los que no quieren hacerse preguntas sobre lo que ven u oyen. Prefieren delegar la tarea de llevar o transmitir la verdad y aceptan todos los filtros que la hagan digerible, aun la mentira, como si este comportamiento los liberara de cualquier peso. Otros van por la vida con una idea preconcebida y fosilizada, hasta se diría beligerante. Les han declarado la guerra a las noticias que no se ajustan a sus moldes ideológicos. Leen a quienes les dan la razón y aplauden sus propios complejos. Se da la paradoja que por ese camino hasta llegan a estar de acuerdo con quienes los oprimen, empobrecen o les roban.

Pero para comprender cabalmente este proceso de desinformación es necesario incluir el estado de alienación social y de ausencia de compromiso como elementos inherentes al momento actual. Se vive en una burbuja y la soledad - en unas sociedades más que en otras- se ha convertido en un mal extendido. En la red se encuentra un refugio para el desahogo y la coartada del anonimato. Sólo así se entiende que sea absolutamente compatible interactuar en ese mundo sin ser alguien sociable, contar con 5.000 “amigos” en Facebook o ser populares en Instagram pese a no tener con quien tomar un café. Tampoco es raro que la misma persona que se aísla o se ofende ante una indiscreción, abra las puertas de su intimidad en Internet. Hasta no hace mucho, los países utilizaban a los servicios secretos para meterse en esos rincones vedados.

Valga un ejemplo para ser más claro. Hace unos años, sobrecogió al Reino Unido el caso de Joyce Carol Vincent, de 38 años, encontrada muerta en el pequeño estudio donde vivía en el norte de Londres. Estaba sentada en el sofá frente a un televisor encendido. Al lado, había una bolsa con productos de supermercado y, sobre una mesa, regalos de Navidad listos para obsequiar. Establecieron que había fallecido por causas naturales hacía tres años. Un par de detalles cuestionaron entonces el sentido de comunidad y la consistencia de los vínculos en esta era digital: que la desaparición de la joven pasara desapercibida durante tanto tiempo, incluso para familiares, amigos y vecinos, y que dieran con ella sólo porque unos funcionarios fueran a desalojarla, después de muchas intimaciones obviamente sin respuesta, por no pagar el alquiler de la vivienda social que ocupaba. El filme “Sueños de una vida”, de Carol Morley, la recuerda.

En suma, desde los distintos lugares del poder nada mejor que la actitud parsimoniosa, pasiva o cómplice de los ciudadanos para imponer una mentira o cometer un fraude. Se está escribiendo una historia que desestima en gran parte la verdad o la retuerce según conveniencia. Una historia dictada palabra a palabra. El control de la realidad, al fin de cuentas, no ha significado hasta ahora una labor demasiado difícil. Y no parece haber quejas. Si todo sigue así, el Gran Hermano puede dormir tranquilo. Pero cuidado: en el futuro, cualquier pregunta o amago de rebeldía parecerá una insolencia y cualquier ideal libertario una temeridad.

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