De aquel amor, solo quedan poemas y las dudas propias de la despedida, preguntas finales que resuenan una a una mientras el flete se estaciona en doble fila. Dividimos los libros, los juegos de blanquería y la vajilla, pero -si este es el adiós definitivo- ¿con quién se queda el perro?
Hace poco, la duda llevó a que en España se presente un proyecto para regular la tenencia compartida en casos de divorcio. La base es modificar el Código Civil para que las mascotas dejen de considerarse bienes y pasen a ser “seres sintientes”.
Aunque en el 80 % de los hogares argentinos habitan perros o gatos, en nuestro país la situación es similar y lleva a que decenas de movimientos animalistas reclamen un cambio de visión. Para la abogada Liliana Farach lo central es apostar por el reconocimiento y la regulación legal de la familia multiespecie (aquella integrada por humanos y animales de compañía).
“Los animales compañeros ocupan un lugar importante en la vida de sus cuidadores responsables. Muchas personas establecen fácilmente una relación de parentesco con ellas (las consideran como un hijo o un amigo especial). Por lo tanto, en los casos de separación o divorcio, nada impide que se convenga un régimen comunicacional y alimentos a cargo del miembro del grupo familiar no conviviente”, explica la directora de la Comisión de Derecho Animal del Colegio de Abogados del Sur.
Según detalla la profesional, hasta el momento -en Tucumán- hay solo un caso de convenio celebrado en el fuero de familia. “Fue un proceso de mediación, en el que se acordó un régimen comunicacional a favor del humano no conviviente y la perrita se llamaba Sídney”, comenta Farach.
Secuestro premeditado
Ese domingo -hace ya cinco años- Antonela Miranda llegó a la comisaría embebida en cólera. “Necesito denunciar a mi ex porque se robó al perro”, le soltó al policía, mientras intentaba que su antigua pareja atendiera las llamadas.
“Con Fabián teníamos una relación bastante inestable. Habíamos convivido dos años juntos, pero luego descubrí que era infiel (al punto de existir una relación paralela) y cortamos. Cuando la mudanza estaba lista, él dijo que pasaría por el departamento para dejar su llave. Sin embargo, al volver del trabajo vi que también faltaba Rolo (un pequeño bulldog francés)”, recuerda la arquitecta.
Recién una semana después Fabián le envió un mensaje. “Se justificó diciendo que Rolo era su única compañía para superar la ruptura. A cambio de entregármelo, él me pidió que nos sigamos viendo para pasear los tres. Fue pura extorsión, que Fabián quería en realidad era llenarme la cabeza de mentiras para volver. Como tonta aguanté así varios meses. El punto de quiebre fue ver en Tinder fotos donde abrazaba a Rolo y decía que ese perro era especial porque se lo dio su bisabuela”, lamenta Antonela.
Binacional
Hay instancias en las cuales nuestros amigos perrunos se vuelven un pilar de contención, eso es lo que pasó con Fabiana Simonetti. “Cuando nuestro hijo falleció, con mi marido -Carlos- sentimos que la vida dejó de tener sentido. Fue una época devastadora y Orange (el golden retriever que él había adoptado) se convirtió en un impulso para soportarlo”, rememora la diseñadora gráfica.
Al final, la pareja se divorció y Carlos migró a Brasil. La despedida afectó bastante a Orange, al punto de perder pelo y bajar cinco kilos. “En un ataque de locura, decimos contratar un transportista especializado y Orange también se fue a Camboriú. El trato consistió en que durante un mes, mi ex marido lo traería a Tucumán para mantener el contacto. Además, a diario mandaría fotos o videos del perro. Ahora ambos conformamos otras familias, pero en las vacaciones el reencuentro es obligatorio”, asegura.
Objetos y apego
No necesariamente el pasado se refleja en un hocico húmedo o el ruido de patas que golpetean el piso. A veces -en cambio- la ausencia es un buzo guardado en el fondo del placard o una carpeta de fotos viejas en la PC.
“En el duelo, uno de los procesos que genera mayor malestar es el reacomodamiento de los espacios físicos y el descarte de objetos. Hay productos que aparecen a modo de recordatorio diario de la pérdida afectiva (sea una comida en la heladera, muebles o hasta el color de la decoración) e impiden completar la sanación afectiva”, detalla el psicólogo Sergio Galindo.
En el punto de ebullición de estas despedidas es común tener “arranques” en los cuales rompemos, tiramos u ocultamos las compras compartidas y luego sufrimos arrepentimiento.
“Es muchísima la gente que traspasa sus asuntos pendientes o el malestar por sus ex a esos souvenirs vinculares. Ellos se vuelven catalizadores de los buenos recuerdos y la añoranza mientras omitimos las malas experiencias. Al final, el apego material se vuelve tan grande que incluso pasan años antes de que logremos despojarnos”, acota Galindo.
Pasos “depurativos”
El tiempo que tardamos en purificarnos de la tusa depende de factores subjetivos. “Hay varios caminos para encarar la limpieza, pero lo central (cuando hay margen de diálogo) es respetar las pertenencias ajenas y validar la negociación. Pasado este punto, una buena opción es medir la utilidad de los objetos y conservar aquellos que nos generen algún beneficio”, sugiere la terapeuta Constanza Escalante.
Algunas preguntas guía son: ¿ocupa espacio innecesario? ¿Me gusta por como luce o por la anécdota que hay detrás? El resto pueden subdividirse entre las categorías “regalar”, “tirar” y “vender” para controlar el caos.
“Los obsequios románticos de aniversarios o San Valentín (tazas personalizadas, peluches, cartas, etcétera) es recomendable guardarlos en una caja exclusiva (fuera de la vista) y esperar un mínimo de seis meses antes de tomar la decisión de conservar/desechar”, añade Galindo.
Durante el camino de sanación y aseo, la última sugerencia se relaciona con los encuentros post ruptura. “Es mejor que los intercambios de pertenencias se hagan en algún lugar público y neutral porque las reuniones pueden arruinar nuestro progreso individual y conseguir que el despojo se sienta el triple (en especial si hubo peleas por los bienes). En caso de no estar preparados, recurrir a un intermediario es mejor”, advierte Escalante.








