La veloz intervención de un gran equipo le devolvió el brazo - LA GACETA Tucumán

La veloz intervención de un gran equipo le devolvió el brazo

Un joven de 24 años sufrió un muy grave accidente laboral. Desde la empresa hasta el quirófano, la cadena de rescate funcionó a la perfección. Sus médicos insisten en que la interdisciplina fue una herramienta clave.

21 Abr 2021 Por Claudia Nicolini
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Posiblemente el 9 de abril de 2021 nunca se borre de la memoria de Lucas Manuel Villalba. Posiblemente, también, ese recuerdo sea bastante agridulce; pero en el balance, si todo sigue como hasta ahora, el fiel de la balanza se inclinará hacia el lado positivo.

El 9 de abril (parece una eternidad, pero pasaron sólo 12 días), Lucas estaba trabajando; en un momento, por accidente, su brazo derecho quedó atrapado entre un autoelevador y una viga. Salvo por un trozo de piel y algunas fibras de un nervio, quedó separado del resto de su cuerpo.

Hoy, el joven sonríe desde su cama del sanatorio Parque, donde él y su brazo siguen recuperándose. Pero no es el único que tiene motivos para ser optimista. Hay otros cinco “protagonistas”, Lucas Herrera, Juan Manuel Herrera y José Penna, y dos cirujanos vasculares, y Álvaro Fernández y Walter Virgillito, más un equipo interdisciplinario de soporte, que respiran aliviados y orgullosos. “Aún queda otro largo camino por delante -dice Lucas, el mayor de los hermanos Herrera-, pero ya hemos logrado restaurar la anatomía”. Eso significa que el brazo está de nuevo en su lugar y perfectamente irrigado.

Primeros auxilios

La primera parte del camino fue vertiginosa: la empresa en la que Lucas trabaja reaccionó de inmediato y se comunicó con la ART; esta, además de informar al sanatorio que enviarían el paciente, mandó a la planta el servicio de emergencia.

Y esta primera atención fue muy importante -destacan los doctores Herrera-, pues se aplicó la compresión necesaria para evitar la hemorragia: hay que pensar que la arteria humeral, que es de alto calibre, estaba seccionada. Cuando Lucas estuvo en el quirófano, el cardiólogo y el anestesista lo estabilizaron, y luego llegó la “toillete quirúrgica”: había que limpiar profundamente la herida para evitar contaminaciones. “Se hace por arrastre, con muuuuuucha solución fisiológica y el desinfectante que usamos para lavarnos nosotros las manos”, explica Lucas Herrera.

Un poquitín de suerte

Cuentan entre todos que, además de celeridad, capacidad técnica y disposición del equipo, hubo una pequeña dosis de buena fortuna.

“En el sanatorio teníamos disponible exactamente la placa y los tornillos que necesitábamos para volver unir las dos partes del húmero -explica Juan Manuel Herrera-. Eso permitió que no tuviéramos que usar un tutor externo, que siempre implica más riesgos de infecciones, además de cirugías posteriores para sacarlo”. “Y como la compresión había logrado su cometido y se había frenado la hemorragia, fue posible reconstruir el hueso -que es lo que le da la estructura al miembro brazo-. Había sido todo tan rápido que no antes de que los cirujanos vasculares resolviéramos la parte vascular”, resalta Virgillito.

EN ACCIÓN. Hubo que reparar hueso, reconectar una arteria, nervios y tendones, y restaurar músculos y piel.

Mientras tanto...

Pero eso no significa que, mientras tanto, los cirujanos vasculares estuvieran “de brazos cruzados”; en ese quirófano se trabajaba de a muchas manos al mismo tiempo.

“El siguiente paso era lograr un by pass para reconectar la arteria, parecido a los que se hacen en las coronarias -explica Fernández-. Para ello, hicimos una cirugía en la pierna derecha y tomamos un trozo de la vena safena interna, (que es un vaso grande y superficial; entonces, cuando el húmero estuvo listo en su lugar, procedimos a hacer un injerto que nos permitiera restablecer el flujo de sangre por la arteria”.

También en este caso, y a pesar de la complejidad, el proceso fue rapidísimo: en poco más de dos horas la arteria estaba funcionando y el brazo iba recuperando su irrigación.

Había hecho falta una microcirugía, mirando con lupa y dando puntadas minúsculas (depende de qué haya que suturar -describen- hay hilos de diferentes tipos y calibres). Logrado el objetivo, hubo de nuevo rotación en el equipo: volvieron al brazo los especialistas en miembros superiores

Hasta la piel

Garantizada a tiempo la irrigación, con lo que se impidió que el brazo sufriera una necrosis (o sea, la muerte patológica de un conjunto de células o de tejidos), había que reconectar los nervios, ya que de ellos que dependen la sensibilidad y la movilidad del brazo y de la mano; también en este caso es necesaria microcirugía. Luego llegó el turno de los tendones, claves para que -cuando la rehabilitación avance- la movilidad de las articulaciones sea posible; a continuación, el de los músculos y, por último, el de la piel. Habían pasado cinco horas desde la llegada de Lucas al sanatorio.

Al mismo tiempo, en el otro extremo de la camilla Fernández y Virgillito cerraban la herida de la pierna. Todo iba sobre ruedas, pero había que esperar. Así que Lucas fue derivado a la sala de terapia intensiva.

“Durante 48 -y hasta 72- horas existe el riesgo de que se formen trombos en la zona del injerto, y en ese caso deberíamos volver a intervenir”, explica Fernández.

Cuatro días pasó Lucas en terapia intensiva (hisopado para descartar covid-19 incluido); era necesario monitorearlo muy de cerca. Pero ya está en una habitación. Ayer, él y sus cirujanos se sacaron la foto en la que todos sonríen.

“Está bien, lúcido y contento -cuenta, contento también, Lucas Herrera-. Hay mucha gente trabajando con él. Se sumó al equipo una infectóloga (debemos asegurarnos que no se contamine), y esperamos que pronto pueda iniciar tratamiento con kinesiología. Pero el camino es largo, y el shock fue grande; lo hemos derivado a atención psicológica; el abordaje debe ser bien amplio”.

“Es que, en realidad, no debería existir la medicina individualista -señala, antes de despedirse, Virgillito-. Siempre es fundamental el equipo interdisciplinario”.

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