No bastan los aplausos, hay que quedarse en casa - LA GACETA Tucumán

No bastan los aplausos, hay que quedarse en casa

13 Abr 2021

Este fin de semana, en cada una de las canchas donde se desarrolló la segunda fecha del Anual tucumano de rugby, los equipos salieron al campo sosteniendo un cartel que rezaba “El rugby agradece al personal de salud”. La iniciativa partió desde la propia Unión tucumana (URT) y cumplió un doble objetivo: por un lado, efectivamente agradecer el abnegado trabajo de médicos, enfermeros, auxiliares y de todos los que sostienen el sistema sanitario; por el otro, persuadir a quienes desde que la competencia fue habilitada se negaron a respetar la regla de no asistir a los clubes en calidad de espectadores.

Si bien el alcance de ciertas normas difiere entre los protocolos de las diferentes disciplinas deportivas, en ese punto convergen todos: los eventos o partidos son -mejor dicho, deben ser- sin público. Aunque muchos parecen creer lo contrario, no se trata de una cuestión opinable o que deje margen a la interpretación. Es una norma clara y simple: a menos que se esté dentro de las excepciones contempladas, la asistencia a los partidos está prohibida. No aconsejada ni sugerida, sino prohibida. Tanto como cruzar un semáforo en rojo, más allá de que estos sean hoy poco menos que invisibles para la mayoría de los motociclistas. Quienes se escudan en garantías constitucionales para defender su libertad de hacer o ir adonde se les antoje, deben recordar que se trata de una situación de emergencia, provisoria y excepcional, en la que ciertos derechos se ven limitados en pos del bien común. En este caso, se trata de cuidarse uno mismo y de cuidar a los demás.

Para todas las instituciones deportivas, sin distinción, la inactividad absoluta a lo largo de casi todo el año pasado resultó económicamente devastadora. Para algunas, incluso fulminante. Por eso, se planteó 2021 como un año de transición y expectativas bajas pero alcanzables, como la de recuperar la competencia, aunque fuera en forma básica, desprovista del entorno habitual. Lo importante era que los clubes reabrieran sus puertas y que los deportistas pudieran volver a competir cara a cara tras un año de entrenamientos y torneos virtuales. El resto por ahora sigue siendo secundario.

En el caso del rugby, si bien desde la URT han enfatizado en cada oportunidad posible la importancia de ser responsables en el cumplimiento del protocolo, y a pesar de que ahora se transmite un encuentro por fecha vía streaming, en varios partidos se han visto estacionamientos repletos y tribunas con gente amontonada, sin barbijo y en algunos casos hasta compartiendo mate. Por más que se esté al aire libre, en esas condiciones el riesgo de contagio sigue siendo alto. Se podría responsabilizar a los clubes por permitir el ingreso, pero su posición no es tan sencilla: por un lado, no hay regla que impida a los socios la entrada a fin de utilizar el resto de las instalaciones, como la cantina o el gimnasio; y por el otro, tampoco debe ser fácil negársela a quienes con el pago de la cuota permiten su funcionamiento. Por eso, la única solución es que sean los propios socios los que comprendan la gravedad de la situación y se queden en su casa. No solo por su propia seguridad, sino por la de los demás y para no poner en riesgo a la competencia misma, por la que deportistas y dirigentes tanto han trabajado y esperado.

La mejor forma de agradecerle al personal de salud por su trabajo no será con aplausos ni palabras; será quedándose en casa hasta que la situación permita volver a las canchas.

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