Estuvo al borde de la muerte por la covid-19, y lo cuenta - LA GACETA Tucumán

Estuvo al borde de la muerte por la covid-19, y lo cuenta

Walter Oviedo es enfermero y se contagió en octubre. Perdió kilos, fuerza y el movimiento del cuerpo. Más allá del cambio físico, el mayor impacto es en su interior.

13 Abr 2021 Por Lucía Lozano
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LA GACETA/FOTOS DE ANALÍA JARAMILLO

En su memoria no quedan muchos rastros de esos ocho días que estuvo al borde la muerte. Cinco meses después, recuerda algunas conversaciones. Pero no está seguro si ocurrieron o no en esa sala de terapia intensiva. Hay un detalle que le da vueltas en la cabeza: tuvo un encuentro, algo raro vio en sus sueños minutos antes de que un enfermero lo encontrara con el respirador artificial en la mano. Fue una situación inexplicable. Se lo había sacado a pesar de estar inconsciente y atado a la camilla.

- ¿Qué hacés Walter? ¿Qué hacés?, lo retaron.

Cuando abrió los ojos, no entendía nada. Fue una sensación horrible, cuenta. Aún siente escalofríos por esa imagen. Nadie en la terapia comprendía lo que había ocurrido. Una semana antes, cuando su estado era gravísimo, a Walter Oviedo lo tuvieron que intubar. Se había resistido durante cinco días. Hasta que finalmente se resignó a la idea de que iban a conectarlo y de que tal vez nunca más despertaría. Pero su cuerpo luchó  y él salió adelante. “Fue un milagro. No encuentro otra explicación; el destino se apiadó de mí”, dice una y otra vez.

Aunque sobrevivió, su vida empezó de cero. Tuvo que aprender todo de nuevo: a caminar, a comer, a beber, a hablar.

Esta es la crónica de un enfermero que casi pierde la vida por el coronavirus. Pero que nunca se rindió.  Porque Walter sabe lo que es aguantar y mirar para adelante. “Esto se resume en dos palabras: fe y paciencia”, dice. Las lágrimas le humedecen el barbijo. Trata de seguir hablando, pero no puede. Su mirada se pierde. Viaja en el tiempo. Confiesa que esta fue una de las tantas pruebas durísimas que debió enfrentar. Hace 20 años, fue papá de trillizos. Habían nacido prematuros y solo lograron vivir una semana. Tiempo después, en noviembre de 2007, abrió la puerta para recibir a su hijo mayor, Emilio, de 10 años, que regresaba de la escuela. Alcanzó a decirle  que le dolía mucho la cabeza. Y se desvaneció en sus brazos. El pequeño falleció por un aneurisma. En 2012 tuvo que afrontar otro golpe duro, cuando sufrió un ACV.

Aunque se le arruga el corazón con cada recuerdo, a los 52 años y después de todo lo que pasó, Walter dice que le sobran motivos para estar bien. Está casado con Sonia y tiene dos hijos, Pamela (26) y Mauro (16). Desde hace casi 30 años es enfermero de emergencias. Ingresó primero a la Asistencia Pública y luego al 107. Eligió esta dura profesión porque siempre le gustó ayudar a las personas. Durante décadas, la ambulancia  fue su segunda casa y su función principal, rescatar a los accidentados, heridos y moribundos de las calles tucumanas.

Sin embargo, con la pandemia y debido a los problemas de salud que había sufrido, en 2020 lo enviaron a una oficina para que no tuviera contacto con pacientes con covid. Así y todo, cuando sus compañeros del 107 empezaron a enfermarse, él no tardó en caer.

1-Los primeros síntomas

El coronavirus irrumpió en la familia de Walter a comienzos de octubre. El se encontraba de guardia y empezó a sentirse raro. No tenía fiebre, pero le dolía el cuerpo y estaba desganado.  Al día siguiente se levantó con tos seca y un ruido en la respiración. Dos médicos lo visitaron. Le hicieron el test de covid-19 y dio negativo. Sin embargo, presentía que algo no estaba bien. Le costaba respirar. El viernes 9 de octubre sus compañeros de trabajo lo revisaron y le dijeron que lo iban a internar. “Mientras me esperaban en la ambulancia para llevarme me di cuenta que estaban llorando. Yo tenía  mucho, mucho miedo. En mi mente sabía que era algo grave. Hacía unos días había perdido un compañero de trabajo por este virus. Preparé mi ropa, rezamos todos juntos con mi familia y me despedí. Les dije voy y vuelvo”, cuenta.  Tenía un nudo en la garganta. No quería pensar en que tal vez no los volvía a ver.

Llegó al Centro de Salud y fue derecho a la terapia intensiva. Esta vez el hisopado sí le confirmó la mala noticia. “Probaron todos los tratamientos posibles y nada. Hasta me pusieron un casco helmet. Era candidato al respirador. Pero hice un pacto con el médico. Cuando supe que en  mi casa estaban todos bien (se habían hecho el test y eran positivos), le dije estoy listo. Antes le pedí al personal de salud presente que hiciéramos una oración por ellos. Quedé en sus manos y en las de Dios. Lo único que quería era volver a mi casa”, rememora Walter, que es muy creyente.

2- La otra pesadilla

Oviedo estuvo tan grave que incluso hicieron que su esposa ingresara a la terapia a verlo. Los profesionales que lo atendían no sabían si iba a recuperarse. “Según me contaron después, hubo  varias circunstancias en las que casi me pierden”, relata.

Las oraciones se multiplicaban en las redes. Era imposible no ser consciente de que la mayoría de pacientes no salían de ese estado crítico. En su casa esperaban ansiosos, vía telefónica,  el parte médico de cada día. La hija se encargaba de publicar en las redes si había alguna evolución.

“Hasta que  nos llamaron para contarnos que había salido del respirador. Luego, nos enteramos que él se lo había sacado”, detalla Sonia todavía sorprendida. Lo que no sabían es que l enfermero alter estaba despertando de un mal sueño, pero que esto sería solo el principio de otra pesadilla. Apenas abrió los ojos, Walter tuvo un golpe de realidad: quería decir algo, pero las palabras no salían. Había perdido la voz. Entonces, igual que un bebé, comenzó a llorar. Tampoco podía caminar. Ni sentarse solo. Ni comer. Ni siquiera sus brazos se movían. Como si fuera poco, todos los otros pacientes que estaban allí cuando él llegó a esa terapia intensiva no habían logrado sobrevivir. Sintió otra vez el miedo. La soledad. La desesperanza.

3- El regreso a casa

Estuvo dos semanas y medias más internado en otra sala de terapia. Con la ayuda de kinesiólogos, enfermeros y médicos, Walter se fue recuperando. El proceso fue gradual y muy lento. El 2 de noviembre le dieron el alta. Volvió a su hogar en medio de una fiesta con globos y carteles. Fue recibido como un héroe. Había vencido el coronavirus. Pero las secuelas eran muchas. Llegó en silla de ruedas y con casi 20 kilos menos (pasó de pesar 108 kilos a 89). Lejos había quedado la imagen del enfermero grandote y fortachón.  No tenía fuerza para nada.

Su familia tuvo que adaptar el duplex de dos pisos en función de él: la cama grande se mudó al living comedor. Cinco meses después, él sigue durmiendo ahí. Aunque ya volvió a caminar ayudado por un andador y por un kinesiólogo que lo asiste dos veces por semana, todavía  no puede subir las escaleras. Además, ha perdido una buena parte de su visión. Por suerte, según sus amigos y allegados, no abandonó el buen humor que siempre lo caracterizó.

La casa de los Oviedo queda en Lomas de Tafí. La sala donde transcurre ahora toda la vida de Walter es un lugar pequeño pero acogedor, con las paredes pintadas de naranja. Hay una mesa de luz sobre la que se apoyan una bolsa con medicamentos y un tensiómetro. Además de la cama, está la mesa con seis sillas y un televisor encendido. A media mañana, en el informativo resuenan los anuncios sobre las nuevas restricciones del Gobierno y los casos de coronavirus en aumento. “En la calle, a mucha gente ya no le importa la pandemia. No saben lo que es el miedo al covid, cuando uno se enferma, cuando te falta el aire, cuando has perdido a tus compañeros y amigos, cuando no sabés si verás otra vez a tus seres queridos” se lamenta Walter.  Ya se ha vacunado; igualmente le inquieta esta segunda ola de contagios. “El virus existe, aunque no lo veamos llegar y es muy cruel. Vos podés pensar que sos fuerte, que sos inmune, pero hasta que no te toca no sabés nada. Evidentemente se ensaña más  las personas de mayor edad y las que tienen factores de riesgo, pero yo he  visto también sufrir mucho a jóvenes que no tenían patologías de base”, reflexiona.

Opina que lo ideal sería cerrar todo de nuevo, aunque sabe que es imposible hacerlo. “Deberían buscar un equilibrio para que no haya perdidas económicas, pero que haya menos circulación. Y tiene que haber más controles: todos vemos en las redes sociales lo que pasa los fines de semana. Hieren mucho esas imágenes”, apunta.

4- La lucha continúa

Más allá del cambio físico, Oviedo asegura que el mayor impacto que sufrió es en su interior. “Las  huellas más dolorosas no se dejan ver. Nosotros (por el personal de salud) no somos héroes; somos personas comunes que queremos volver a casa para ver nuestra familia”, dice  ante la mirada de su esposa Sonia. El lado positivo de todo lo que pasó: la familia está más unida que  nunca, se dieron cuenta de la gran cantidad de personas que los quieren y que los ayudaron, Ahora ellos cuatro están pendientes de otros allegados que atraviesan por la misma situación y les piden consejos. Organizan  cadenas de oración y les llevan ayuda espiritual a quienes tienen familiares internados.

Después de muchas horas por día de ausencia en su casa (por una causa más que noble), hoy Walter pasa más tiempo con su hijos y su esposa. Pero siente un amor tan grande por su profesión que apenas se recupere volverá a las ambulancias, anuncia. “Eso será cuando esté mejor. Hoy, física y emocionalmente estoy a la mitad de camino”, aclara el hombre de mejillas redondeadas y una sonrisa que en todo momento se esfuerza por atravesar el barbijo. Anhela la sirena, los primeros auxilios, llegar con el tiempo justo, activar un desfibrilador, poner un cabestrillo, salvar vidas. Tal vez lo que más quiera, en el fondo, es retomar esa rutina para despertarse de la pesadilla que aún lo tiene atrapado.

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