Las deletéreas consecuencias de “combatir al capital” - LA GACETA Tucumán

Las deletéreas consecuencias de “combatir al capital”

Trayectoria declinante de las inversiones.

08 Abr 2021
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Osvaldo Meloni

Economista del Instituto de Investigaciones Económicas (UNT)

Difícilmente haya un verso que describa mejor el proceso histórico de la larga decadencia socioeconómica argentina que aquel incluido en la famosa marchita peronista que cantan tan fervorosamente sus partidarios: “combatiendo el capital”. Y es que, si hubo alguna “política de Estado” en el ámbito económico en las últimas décadas, esa fue la de ahuyentar persistentemente la inversión.

En el gráfico que acompaña esta nota se puede observar la trayectoria de la formación bruta de capital como porcentaje del PBI de la Argentina desde 1960 hasta 2019. En ese período, en que alternaron dictaduras y gobiernos democráticos de distintos signos partidarios, la tendencia fue claramente declinante. Si comparamos el desempeño argentino con otros países, encontraremos que el nivel actual es el peor de Latinoamérica y uno de los más bajos del mundo. Más aun, la inversión promedio argentina en los últimos 10 años apenas llega al 17% del PBI mientras que Chile y Perú superan el 23%.

La trayectoria de la inversión es tremendamente importante para predecir el futuro económico y social de un país. No importa cuán grandilocuentes y convincentes sean las promesas de nuestros políticos, si la inversión no despega, no habrá crecimiento y el futuro será sombrío. La extraordinaria caída en el bienestar que está experimentando la sociedad argentina es un reflejo de la paupérrima trayectoria de la inversión que observamos en el gráfico. No es de extrañar entonces que hoy nuestro país tenga prácticamente el mismo PBI per cápita que en 1970 y que la pobreza alcance al 42% de la población, por citar solo dos indicadores de la desventura nacional. Construir este estrepitoso fracaso colectivo nos llevó décadas de esforzada disciplina, de mucha constancia, de una tenacidad envidiable.

¿Cómo lo logramos? Con inflación, con confiscaciones de activos, con defaults de deuda, en definitiva, pulverizando la seguridad jurídica y la rentabilidad empresarial. Con estas simples pero eficaces recetas aniquilamos el ahorro y el crédito público. O sea, destruimos las fuentes de financiamiento de la inversión.

¿Y por qué incurrimos en inflación, confiscaciones y defaults? Aunque la respuesta es compleja para desarrollar en esta breve nota, sobresale nítidamente el problema fiscal. La inclaudicable propensión nacional a incrementar el gasto público hasta llegar a niveles exorbitantes generó no solo un déficit fiscal crónico, sino además una presión tributaria que ahoga a un sector privado cada vez más debilitado y en retirada. Décadas de despreciar los mercados y endiosar al Estado; de suponer que los gobiernos están poblados de funcionarios e iluminados que pueden ordenar la vida económica y sustituir la inteligencia de millones de individuos que interactúan en los mercados, han dejado empresas estatales deficitarias, regulaciones kafkianas y un saldo de más de 21 millones de personas que reciben alguna transferencia directamente del Estado, y que contrastan con los menos de 6 millones de trabajadores registrados en el sector privado.

El “Estado presente”, bandera y slogan del actual gobierno, es asfixiante para los contribuyentes y una trampa para los pobres. Los incentivos son tan perversos que conducen a los pobres a especializarse en pedir y en gestionar dádivas y no en educarse ni en invertir en capital humanos para salir de su postración.

Recetas que fracasaron

A pesar de la elocuencia con que se manifiestan la crisis y la insostenibilidad fiscal, el actual gobierno repite recetas que fracasaron en más de una oportunidad. Llama la atención que se pretenda obtener resultados distintos reincidiendo en el error. Otra vez apela a la doble indemnización por despidos y a la prohibición de suspensiones y despidos sin causa, cuando el problema central del mercado laboral es una legislación vetusta que expulsa trabajadores al desempleo y a la informalidad. Para completar un panorama laboral desolador, aplicó la misma impronta anti-empleo al teletrabajo. Nuevamente insiste con el cepo cambiario y tipos de cambio diferenciales que tienen un claro sesgo antiexportaciones y antiinversiones (y por ende, anticrecimiento), sin reconocer que la escasez de dólares es solo un reflejo de las trabas e impuestos a las exportaciones y de la ausencia de un plan económico consistente y sostenible con un horizonte temporal mayor que las elecciones de medio término.

Una vez más se niega a aceptar la naturaleza monetaria de la inflación y apela a ridículas vigilancias de precios con militantes y a acuerdos con empresarios tan efímeros como inservibles. De nuevo, recurre a los controles de tarifas de servicios públicos para generar una sensación pasajera de bienestar mientras se gesta raudamente una nueva crisis energética.

La trayectoria de la inversión ilustrada en el gráfico no da lugar para el asombro. No podíamos esperar otro presente que el que tenemos. El populismo es, en definitiva, privilegiar el consumo por sobre la inversión. Y, por supuesto, cuando se desalienta la inversión llega un momento en que queda muy poco para consumir, como nos ocurre ahora a los argentinos. Por lo tanto, si lo que predomina es el plan “vamos viendo” del ministro de Economía, Martín Guzmán, que sólo busca llegar a las elecciones valiéndose de una alta dosis de populismo, no habrá dudas sobre nuestro futuro. Y esto lo saben las empresas y los empresarios que se van del país. Y también los jóvenes, que buscan otro futuro.

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