EN MALVINAS. Anadón (al centro), con la bandera británica a sus espaldas.

El tucumano Marcelo Anadón tenía 24 años y era teniente durante la Guerra de Malvinas. “Estaba en una de las dos compañías de fuerzas especiales del Ejército argentino, la 301”, narra a LA GACETA. Cree que en la Argentina hay un claro ejemplo de la falla de la clase dirigente respecto de lo ocurrido socialmente tras la contienda.
“Se inició por la junta militar en 1982, que fue la que nos recibió, y fue continuada por todos los partidos políticos desde 1983 hasta hoy: desmalvinizaron totalmente. Los que mejor hablaron del desempeño de las fuerzas armadas argentinas y del soldado argentino en Malvinas fueron los ingleses, siempre. Te cuentan las enormes bajas que tuvieron y se desprende que ellos tienen razón y no nuestros dirigentes, porque, si no, hubiera sido imposible que tuviesen la cantidad de heridos y muertos que sufrieron si nosotros hubiésemos sido sólo soldados de 18 años muertos de miedo, que no salíamos del pozo o estábamos escondidos”, expone.
Para él, ese fue un falso mensaje. “Cuando volvimos nos quisieron esconder y no nos hicieron el desfile que merecíamos, y que se concretó en realidad en 2016 (durante los festejos del Bicentenario de la Declaración de la Independencia); un Ejército puede ganar o perder una guerra, pero así como la gente estuvo permanentemente con nosotros, no fuimos acompañados por los dirigentes”, enfatiza.
Para mostrar la situación de los excombatientes una vez finalizada la guerra, alerta: “hubo menos bajas en combate que por los suicidios posteriores por la falta de contención. Yo era oficial; llegaba y tenía mi trabajo. Pero a un soldado que volvía no lo aceptaban en un trabajo porque decían que estábamos todos locos…”. Una de las grandes críticas que hubo fue sobre la edad de los conscriptos, a lo que Anadón acota: “si bien es cierto que eran chicos, cuando vas al frente dejaste de ser un niño. Además, el Congreso decidió que el servicio militar se haga a los 18 años, no fue que ese año se modificó la edad. También es desmalvinizar cuando no decís toda la verdad o cuando no te encargas de la gente que vino y que más lo necesita”, enfatiza.
Al ser consultado sobre qué sería importante que las nuevas generaciones aprendan, comenta: “lo más importante es que se conozca la verdadera historia. Malvinizar sería contar cómo fue la guerra, como fue el desempeño del soldado argentino con hechos concretos. Lo que hacemos en Yerba Buena (los excombatientes van a las escuelas a dar charlas) se puede multiplicar en todo el país. El estudiante argentino es tanto o más capaz que el del resto de los países, hay que tenerle confianza, hay que pensar que va a preguntar bien. Que en los colegios no se enseñe política. ¡Basta! Que se enseñe Malvinas, que los soldados hablen, que cuenten cómo vivieron, pero no esconder bajo la alfombra algo que hay que tenerlo bien arriba, porque fue un orgullo estar en Malvinas. Todos los que fueron lo sienten así, aunque habrá alguna excepción de quien haya tenido algún problema. Y el reconocimiento que siempre tiene que estar es a los muertos. El héroe es el muerto, el que dejó su vida”, añade.
Para finalizar, y a modo de balance, cuenta qué fue lo mejor que le pasó en Malvinas. “Durante los 74 días que estuve (aparte del mes retenido como prisionero de guerra), veía flamear la bandera argentina. Eran parte de la Argentina; es decir, durante esos días las islas volvieron a ser argentinas y a estar bajo dominio argentino”.







