Anochece. El público rodea el busto de Damián Márquez, senador provincial y emblemático vecino de Ciudadela. Es la esquina de Amador Lucero y San Lorenzo, justo donde el bulevar hace un pequeño zigzag. El tránsito está cortado. No es caprichosa la sede del acto: a pocos metros de allí vivía Márquez, en San Lorenzo al 2.000. Y fue también en el barrio donde se lo vio por última vez, el 13 de enero de 1977. En avenida Colón y Las Piedras fue secuestrado. La reunión, silenciosa y sentida, dibuja el perfil de un miércoles que invita a ejercitar la memoria. Y está muy bien que sea en Ciudadela, donde Márquez construyó buena parte de su vida y cultivó sus afectos. La fecha no puede ser otra: se cumplen ese día 45 años del golpe que instauró la última dictadura militar en el país.
Las fotos de LA GACETA retratan poco más de 20 años en la vida de Márquez, los de su actuación gremial y política. En las primeras es un delegado flaquito y de mirada atenta, siempre presente en las asambleas del sindicato ceramista. Después ocupa el centro de la escena, en especial desde su elección como secretario general de la CGT Regional. En 1972 enfrenta los micrófonos, eufórico, tras un encuentro con Juan Domingo Perón. Y el siguiente es el año de la campaña que lo catapulta al Senado Provincial en la bancada del Frejuli.
En el ámbito legislativo, su perfil es tan alto que una y otra vez es noticia. Impulsa la creación de una Cámara del Trabajo en el Poder Judicial, destinada a poner fin a las desavenencias en el ámbito laboral, y hasta encabeza un pedido de intervención a la vieja Federación Tucumana de Fútbol. Denunciaba como una injusticia que fueran siempre Atlético y San Martín los clasificados a los torneos Nacionales. Una vida intensa y apasionada, segada cuando apenas había alcanzado los 42 años.
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Mayo de 1969. En plena asamblea de la Federación Económica de Tucumán (FET), que ya venía caldeada, irrumpe la Policía. Llueven los palazos y las agresiones, mientras los dirigentes se protegen como pueden. A José Guetas Chebaia, presidente de la institución, la golpiza le provoca un ataque cardíaco.
Mayo de 1973. La filiación radical no le impide a Chebaia ponerle el hombro al flamante Gobierno peronista y jura como secretario de Planeamiento y Coordinación del gabinete conformado por Amado Juri. Hay una explicación: además de varias veces titular de la FET, Chebaia es vicepresidente de la Confederación General Económica, brazo empresario del proyecto nacionalista y productivo que encabeza José Ber Gelbard. Es un momento excepcional del país y Chebaia asume el compromiso.
Marzo de 1976: José Chebaia es secuestrado. Tenía 53 años.
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“Bajó un instante la cabeza y se miró los zapatos nuevos con manchas de barro. En cuanto llegase los limpiaría. Había visto unos parecidos en calzados Ariel a 800 pesos. No los habría podido comprar, pero he aquí que llegaron las hadas protectoras de sus hermanas y le regalaron un Delgado legítimo (...) Le hubiera gustado esta noche ir al Rex, daban ‘El joven Frankenstein’. Deseaba reírse hasta que le doliese el estómago (...) Un baño de infancia. Necesitaba un baño de infancia (...) Pasó por la puerta de su casa y entró al garaje. Entonces se cortó la luz”.
“Con el sereno vieron caer un rayo enorme, gordo como una anguila (...) Pero en la ciudad había luz, sólo la calle Congreso estaba a oscuras. Finalmente, ¿qué vicios tenía? Dormir la siesta 10 a 15 minutos, visitar a los trabajadores enfermos, convertir el gremio en una farmacia ‘abierta día y noche’, comprar para la biblioteca todos los libros de Luis Franco, decir que se había enganchado cuando se le rompía el pantalón por el uso (...), regalar violetas a las maestras; atender a quien se acercase al gremio, aún a los no apreciados; sacar para yerba y azúcar de su bolsillo; reconocer a quien miente; plantar flores y árboles en las hosterías; mientras haya un trabajador por el que luchar, seguir haciéndolo; cuidar la Caja de Créditos ATEP, el pequeño banquito de los trabajadores...”
“El Día del Maestro era su vida redonda, la síntesis, su esposa (...) Uno de esos días leyó por la radio la frase de Sarmiento: ‘he labrado, pues, como las orugas, mi tosco capullo, y sin llegar a ser mariposa me sobreviviré para ver que el hilo que puse será utilizado por los que me sigan’”.
Los fragmentos pertenecen a “La oruga sobre el pizarrón”, crónica-ensayo en la que Eduardo Rosenzvaig explora el pensamiento, la obra y, por sobre todo, la humanidad de Isauro Arancibia, secretario general de ATEP muerto, junto a su hermano Arturo, en la madrugada del 24 de marzo de 1976. Tenía 49 años.
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¿Qué es ser valiente? O mejor dicho, ¿quién tiene la fórmula de la valentía? Vendría a ser una mezcla de coraje y de valor, con mucho de osadía y de agallas; seguramente sazonada con una generosa porción de inconsciencia. El valiente es intrépido, lo que no le garantiza vivir despojado del miedo. Al contrario. Pero sobre esos temores se impone la convicción y cuanto más poderosa es, mayores son los alcances de sus acciones. Por todo esto Ángel Pisarello seguía empeñado en la defensa de los derechos humanos cuando el Golpe ya era un hecho y las amenazas le llovían con el mismo empeño que ponía él para presentar habeas corpus. Pisarello, el hombre valiente.
Tucumano importado del litoral -de Corrientes-, Pisarello debió calzarse el traje de luchador y lo mantuvo por más cuesta arriba que fuera la misión. Por ejemplo, defender las banderas del radicalismo, las de su admirado Hipólito Yrigoyen, en una legislatura panperonista. Un juicio político lo eyectó del Senado Provincial en 1950 y al toque, en el 51, reconquistó la banca. Antes había sido uno de los fundadores de la Juventud Radical; después fue un protagonista permanente de la vida partidaria, hasta presidir la Junta de Gobierno en los 70.
La abogacía, la docencia en el Colegio Nacional y la arena política ocuparon la vida de un Pisarello que se mostraba en las malas, cuando muchos dan un paso al costado. Es otro de los rasgos de la valentía. En grupo se diluye; de a uno se agiganta.
Fue secuestraro en junio de 1976. Tenía 59 años.
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Chebaia, Arancibia, Pisarello, Márquez. Democráticos, convencidos, inspiradores, protagonistas de un Tucumán que va quedando cada vez más lejos en el espejo retrovisor de la historia. Merecedores de homenajes, sin dudas.








