La fatalidad golpeó a la familia Iramain

En 1890 una aparición inexplicable anticipó una noticia luctuosa sobre un viaje que afectó a la sociedad tucumana a fines del siglo XIX. La visión del negro Jacinto y la reacción de su patrón. El destierro.

LA FAMILIA EN 1905. Foto de época de los Iramain tres lustros después de ocurrida la tragedia pasando Los Ralos. LA FAMILIA EN 1905. Foto de época de los Iramain tres lustros después de ocurrida la tragedia pasando Los Ralos.
14 Marzo 2021

Por José María Posse - Escritor, historiador, abogado.

Eran las 11 del 29 de mayo de 1890; el negro Jacinto caminaba por el pasillo de la casa, llevándole a su patrón una limonada fresca. Iba presuroso, transpirado y muy atento a no tirar el vaso que trasladaba en la bandeja; fue cuando un olor nauseabundo, a carne chamuscada lo sobrecogió; entonces la vio. Parada en el corredor estaba doña Micaela, su “amita”, y en su rostro no se adivinaba gesto alguno. Ella, que era un tanto cargada de hombros, estaba erguida con la espalda recta, espléndida enfundada en un traje oscuro. Los ojos negros lo miraban desde un profundo y siniestro pozo, haciéndolo estremecer. El vaso cayó estrepitosamente, destrozándose en el piso, sacando de su letargo al negro. En esos segundos de distracción, la figura femenina desapareció.

Don Juan José Iramain estaba en su escritorio, haciendo cuentas con un secretario que lo ayudaba en la administración de sus almacenes y campos en Tucumán y Santiago del Estero, de donde era originaria la familia. Enfrascados en números y balances, el estrépito del cristal al estallar sobresaltó a ambos, quienes sin explicación alguna miraron en dirección del reloj de péndulo que señoreaba la habitación. Faltaba exactamente una hora para el mediodía.

Esa mañana, con el fresco del alba, doña Micaela se había hecho despertar por la servidumbre, quienes ya le tenían listo el mate para ella y su hija Corina, y una taza grande de leche recién ordeñada para su nieta adorada, Aída. Escapando del tedio de San Miguel de Tucumán, habían pasado una temporada en su estancia santiagueña de Isca Yacú (actual departamento Jiménez), en el límite entre ambas provincias. Todavía no se cumplía el año de que había quedado viuda de don Hilarión Iramain, con el que gustaba pasar temporadas en esa estancia, rodeada de sus afectos.

DOLOROSA EXPERIENCIA. Don Juan José Iramain sufrió las pérdidas. DOLOROSA EXPERIENCIA. Don Juan José Iramain sufrió las pérdidas.

Hacía semanas que no llovía y una extraordinaria sequía tenía a hombres y animales exhaustos de calor. Los pastos y el monte estaban secos, y mustio el poco verde que quedaba. Ante ello, la señora decidió volver a la ciudad; aprovecharían las horas de la mañana para sobrellevar lo más largo del viaje. Se despidieron de los peones y de las mujeres de la estancia, quienes se deshacían en mimos con la pequeña (de un año y medio de edad), y con la bella niña de la casa, por entonces de 19 años.

El negro entró temblando al estudio del patrón, con el semblante cambiado y una extrema palidez que se notaba en sus labios. Don Juan José lo amonestó por el motivo de aquel alboroto y de su irrupción, sin tocar la puerta.

Como pudo, balbuceando, les dijo: “- Acabo di ver a la “amita”, ¡¡¡la hi visto allí mismito, tan clarito como lo veo a usted!!!”

Don Juan José, que no era de muchas pulgas, lo amonestó: “-¡¡¡No me vengas con zonzeras a estas horas, que sabés muy bien que doña Micaela está en la estancia y no vuelve hasta fines de mes que la voy a buscar!!!”

“- ¡Que le digo que le hi visto, se lo juro por la Virgencita del Valle, que no me deja mentir!!!”, insistió el sirviente.

Algo había en la mirada y en los gestos del pobre negro, que evitó que el patrón le diera un sopapo. Mirándose con su secretario, sólo atinó a decir: “- ¡Retírate de mi vista y ve a rezarle a la cruz, negro supersticioso!”

“LA AMITA”. Cuadro de doña Micaela Salvatierra de Iramain. “LA AMITA”. Cuadro de doña Micaela Salvatierra de Iramain.

En el ambiente quedó flotando un presagio, algo eléctrico, como cuando va a desatarse una tormenta. Iramain cerró el libro de cuentas, pidió quedarse solo y se encerró a cavilar en la habitación en penumbra.

El cochero era un hombre maduro, muy experimentado en la conducción de la diligencia de la familia. Desde que la compraron, había sido el único en manejarla. Tenía como principal función cuidar del vehículo, engrasar los ejes y atender de la yunta de capones que la tiraban. Había realizado incontables viajes de ida y de vuelta a la estancia y no les eran ajenas las circunstancias que podían atravesar durante el viaje.

En Tucumán, los habitantes de la casa, entre familiares y sirvientes, ya estaban enterados de lo que había ocurrido con el negro y de la reacción del patrón, que luego se negó a almorzar y se sentó en el sillón de su oficina, como esperando. Su servidor, por su parte, tampoco había querido salir de su pequeña habitación, amonestado por el mayordomo y por las viejas matronas del hogar, quienes lo retaban por su imprudencia. Él también parecía estar aguardando un desenlace, pues no había vuelto a articular palabra, abrumado y triste.

Incendio en el monte

Llevaban unas tres horas de viaje en una huella, antes que camino, levantando una visible polvareda a su paso. Habían entrado en la provincia de Tucumán por Los Ralos. La sequedad del aire y el calor, que ya comenzaban a pegar fuerte, volvían agobiante la jornada. Eran las 11 de la mañana cuando, al doblar en un recodo del camino que atravesaba un bosquecillo de algarrobos, sintieron el humo que los envolvió en segundos. El cochero de inmediato se dio cuenta de lo que ocurría: se había desatado un incendio en las cercanías y dada la estrechez del camino, rodeado de vegetación, era imposible dar la vuelta el coche. Lo que tenía que hacer era imprimirle velocidad al tiro y escapar cuanto antes de aquella trampa. A los gritos, les explicó a las mujeres lo que ocurría, les dijo que confiaran en él y se agarraran fuerte, pues iban a golpear en cuanto pozo se les cruzara. Con el agua de un chifle, empapó la bufanda que llevaba, se envolvió la cabeza y con el látigo azuzó como nunca antes a los caballos, los que al sentir el calor comenzaron a correr enloquecidos como furias salidas del averno.

En la casa de los Iramain, el día se había convertido en noche en un santiamén. Una de las criadas fue a buscar al cura de la Catedral para que se diera una vuelta, pues parecía haber caído una maldición sobre ellos. Don Juan José no se movía de su sillón, no había probado bocado ni aceptado tomar ningún líquido; era hijo de doña Micaela, hermano de Corina y había aceptado que las acompañara su única hija, Aída. Una nube sombría parecía sobrecogerlos. Todos hablaban entre susurros, y por lo bajo maldecían la insolencia del negro.

La diligencia había tomado gran velocidad entre el crepitar de las ramas y el humo del incendio que los rodeaba. El cochero iba adivinando la senda, y más se dejaba llevar por los caballos, que corrían despavoridos quemándose entre las cenizas aún ardientes y el humo asfixiante. Dentro del transporte, las mujeres estaban aterradas, golpeándose con cada salto del vehículo; gritaban a viva voz, suplicando protección a todos sus santos, a la Mamita del Cielo y a Jesús misericordioso.

EL PATRIARCA. Hilarión Iramain había fallecido poco antes. EL PATRIARCA. Hilarión Iramain había fallecido poco antes.

Iramain se levantó de su sillón y se dirigió a la puerta de entrada de su casa, seguido a distancia por sus familiares, quienes no atinaban a decirle nada, pues su semblante estaba pálido y demacrado. Caminaba dubitativamente; él, que hacía sentir el paso firme de sus botas cuando recorría las galerías de su hogar. Abrió la puerta y alejó con un ademán a los que lo seguían sigilosamente. Se paró en el dintel y miró hacia el este, como esperando…

Dentro de la diligencia, las mujeres daban alaridos desesperados, casi asfixiadas por el humo y el calor abrasador que las rodeaba. En un principio, doña Micaela era la que intentaba calmar a las otras, pero pronto la desesperanza la doblegó e instintivamente buscó la manija de la puerta para intentar escapar de aquel infierno. Su hija hizo lo imposible por impedirlo, pero la fuerza que imprimía aquella mujer ocasionó que la puerta se abriera y cayera al camino ardiente. También por instinto, la hija se arrojó fuera entre alaridos, para intentar rescatar a su madre. Y allí quedó la niña, en posición fetal, acurrucada debajo el asiento… El cochero por su parte no podía saber lo que había ocurrido detrás, pues estaba ocupado en salir de aquella hoguera que se estrechaba sobre ellos.

Caía la tarde cuando los vecinos de la ciudad vieron entrar aquella lúgubre diligencia. Los caballos estaban negros del hollín y su pelaje chamuscado. El cochero estaba quemado en su cara y sus manos, pero aún así no me permitió ser auxiliado hasta llegar a casa de los Iramain. El coche aún humeaba, teñido del tizne negro del incendio que acababan de atravesar. Iba dejando una estela de olor nauseabundo.

Don Juan José lo vio llegar y sus piernas se doblaron, cayendo al suelo arrodillado, tapándose la cara con las manos; toda la familia y la servidumbre se arremolinó alrededor del vehículo y abrieron la puerta. Allí quedaba la niña Aída, dormida, como ajena a toda la tragedia que había ocurrido a su alrededor. Sólo entonces el negro salió de su aposento, y caminó hacia el grupo, quienes al verlo se abrieron para dejarlo pasar. Se arrodilló junto a su amo y ambos comenzaron a llorar sin consuelo.

La memoria del fuego

Al día siguiente, muy temprano, una partida de hombres comandados por el jefe de los guardias civiles se dirigió al lugar. No les costó encontrar los cuerpos de ambas mujeres; estaban muy quemados, pero aún reconocibles. La más joven estaba encima de su madre, como protegiéndola de las llamas. Con sumo cuidado las envolvieron en lienzos y las llevaron a la ciudad, que las recibió en pleno, mientras las campanas de las iglesias tañían llamando a la oración.

El conductor dio las explicaciones del caso, se deslindó toda responsabilidad que pudiera corresponderle y al poco tiempo se fue de Tucumán rumbo al Litoral, donde se perdió su rastro.

La presencia del negro era incómoda para don Juan José, quién lo mandó a vivir a Santiago del Estero, con cargo a los administradores de darle casa, trabajo y comida. Antes de partir, les rogó a las nanas de la niña que la cuidaran bien y la alejaran de las brasas, porque “el fuego no olvida”.

Ocurrió una tarde, mientras la niña traveseaba en el patio trasero donde estaban acumulados materiales de construcción de un ala nueva de la casa. Jugaba con una pequeña silla, cerca de un montículo de cal viva. En un descuido de la niñera, cayó con la sillita para atrás, en medio de la cal. En su desesperación e ignorancia, la cuidadora quiso limpiarla tirándole agua, lo que provocó una reacción química que quemó a la niña y la mató en el acto.

En el Cementerio del Oeste descansan los restos de las tres mujeres, tres generaciones de la familia Iramain, que fueron allí depositados para su descanso eterno. Con el tiempo, los pormenores de estos acontecimientos se fueron perdiendo, para pasar a ser una historia de viejos, que muchos creen que es sólo un cuento familiar.

Del negro sólo se sabe que desapareció de la órbita de la familia; nunca volvieron a saber de él, pero nadie se esfuma del todo. En los fogones, bien adentro de los montes santiagueños, se cuenta la historia de un viejo anciano que adivinaba el porvenir de las personas con solo ver las cenizas del cigarro que fumaban. Dicen que era un hombre serio, que jamás sonreía, y que, desde las hogueras, el fuego le hablaba.

(Fuente documental:

- Zaira E. Vera, 1977, “Hombres y Siglos”, Buenos Aires.

- Jorge Iramain: “Genealogía de la familia Iramain”, inédito.

- Conversaciones de la Sra. María Susana Aragón Iramain de Lobo con el autor)

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