La jaula del Gato - LA GACETA Tucumán

La jaula del Gato

A 100 años del nacimiento de Piazzolla.

14 Mar 2021
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INSPIRADO E INSPIRADOR. Astor Piazzola murió en 1992, a los 71 años.

A Fued Amin

A Chicho Espinosa

Un jeroglífico de lobos marinos acantila la noche. Lluvia. Frío. Un mar que no se cansa de manotear el vientre de las playas. La soledad se trepa ahora por el viento y derrama un tango llorado de bandoneón. En ese lugar un hombre ha comenzado a desvestir de rebeldía y música su alma. Hay tiempo para destrabar la melancolía y patinar historias de amor y misterio, donde alguien revuelca la locura, la pasión exacerbada de lo trágico que respira a tango por todos los costados. Noche. Muelle. Frío. Viento.

Fue como si él hubiese querido encerrar el mar en la música. Violencia. Quietud. Paranoia. Ternura. Vastedad. Incertidumbre. Depresión. Desafío. Soledad. Revelación. Locura… Así fue, por decirlo de algún modo, la infancia de ese pibe que amaba la armónica y me detestaba, convertido en un precoz malevito neoyorplatense, protagonista de bravatas y trifulcas entre tanos y judíos.

La primera vez que me puso sus bribonas manos encima, sentí la cachetada de un ser incomprendido hasta por él mismo. Vaya a saber. Primero fue como si jugara, pero también había algo de resignación en este muchacho que me sacudía a tangos, obnubilado de bronca porque debía consolar a un tata con taquicardia de melancolía por la tierra argentina, a la que luego volvería para juntarse con la misma pobreza de la partida.

Siempre con el desarraigo de la mano, volvimos a Mar del Plata. Yo, para entonces, ya lo había conocido al Carlitos en “El día que me quieras”. El aire faltaba otra vez. Claro, el pibe balbuceaba mejor el inglés que el castellano y extrañaba, sí, extrañaba una barbaridad las patotas y pillajes en los barrios del Ñuiork. Hasta que ese día, despanzurrado en la catrera, la siesta se le vino al suelo cuando escuchó la orquesta de Elvino Vardaro y el tango se le abrochó para siempre en el zurdo. Había que verlo entonces cómo me manoseaba. A veces con calentura y otras, yo sentía arrimarse esos deditos incomprendidos que pulsaban mis poros para abrazarse a mi perturbado son.

De modo que así, un rugido de inexplorados sonidos recorría mi cuerpo y me sentía más raro que rancho con timbre. La música se me volvía rítmica, profunda, lacerante, y me invadía un escozor neurótico, una fiebre de desesperación que me acantonaba entre la depresión y la euforia. ¡Qué pibe este! Me acuerdo cuando se le dio por tocar Bach. Mis arrugas se estremecían con ese abstruso sentimiento que expresaba la totalidad, algo muy parecido a la felicidad. Pero entre Bach y Gershwin, volvía a acorralarme con un tango o una milonga.

¡Tantas tristezas y broncas soportamos juntos! Hasta el Gordo le dijo: “¡Pibe, sos muy bueno, pero no te comprendo!” Allá por el cincuenta y tanto, me arrumbó en un ropero parisino. Menos mal que la cuarentena terminó a los seis meses. Me quería volver loco con ese encierro. El silencio se rompió gracias a la Nadia Panadera, que le mostró qué ola del destino debía cabalgar. Por supuesto, su vida no era otra que tango, ¿que no? Nos vinimos a Buenos Aires con los bolsillos llenos de fusas y raras armonías. La imaginación y el misterio del Bartok, la dodecafónica, la ironía del Ravel, el canto del Gregorio y también el Juan Sebastián que me avergonzaba de paz. Todos ellos se acuartelaron en mi alma porque, aunque no lo creás, nosotros tenemos alma, ¡qué joder!

Y ellos batían la de siempre: que eso no es tango, que dónde está el dos por cuatro y qué sé cuánto… ¡Como si la música fuera una etiqueta! Esperá, escuchá este abrazo para Nonino, su tata… Si se lo hacés escuchar a un japonés o a un alemán y les gusta, ¿vos creés que esos pardos se van a preguntar si esto es tango, chamarrita o La Marsellesa? Es música, hermano, así de simple.

Ah, bueno, ¿y qué pasó? Bueno me olvidé por dónde iba. Ah, sí, el cumpa estaba jugado y por suerte, solo miraba lo que tenía adentro. Y nos pasábamos horas juntos. Y me pellizcaba, me estiraba las arrugas con bronca y los sonidos se me amontonaban en el cuore como nunca antes me había sucedido. ¡Me vas a decir a mí lo que pasamos! ¡Me salvé no sé cuántas veces de morir aplastado o desnucado en el piso! Porque el pibe tenía la barra en contra y le saboteaban los recitales. Y él, bueno, no se quedaba atrás cuando los tortazos copaban el aire. Si a tu hijo lo agreden, ¿vos como padre no lo vas a defender? Y yo los miraba a los violines gambetear con entereza los proyectiles que, por lo general, le pegaban en la trucha al pobrecito del contrabajo. Aunque te parezca mentira, ahora extraño esos momentos y lo mejor de todo es que el muchacho no aflojaba. Siempre al frente, con toda vehemencia como el Martillo Roldán. Esa música conocía de trifulcas y camorras. Pero no hay caso. El hombre se aferra al pasado, a lo que le da seguridad. Siente temor de lo nuevo. Teme el desafío de lo incierto, a los latidos de lo desconocido. Y eso no deja de ser una apasionante aventura, lo de lo desconocido, digo. Si no salimos nunca de la casa, no vamos a conocer la vida, el mundo, la gente… Y con nosotros, pasa lo mismo. Si te manosea un tipo con imaginación y pasión, todos los poros respiran y por allí se fugan los sueños, la esperanza de una música más justa, para todos los hombres. ¿Me entendés, hermano?

Volviendo al pentagrama de la vida, siempre hay compensaciones. Mirá vos, al morir, el Gordo le dejó de regalo un hermano mío. ¡Ah, si habremos hecho buena yunta con este cumpa! Eso quiere decir que a lo largo de los años, lo terminó comprendiendo, ¿no? Bueno, no me puedo quejar. He perdido la cuenta de cuántos años voy a cumplir. Y si me ves así, hecho un pibe, con la esperanza crecida en cada arruga, y cada son es un disparo de ternura, es porque el muchacho me entregó su amor. ¡Qué me mirás así! ¡Dije amor! No se puede vivir sin amor… ¿o sí? Es una ironía. Él me bautizó “la jaula”, pero soy todo lo contrario… el tipo me mete toda su libertad adentro y así cómo no te vas a sentir vivo. Y a él, ¿sabés cómo le puso el Gordo? El Gato, porque no se quedaba quieto, iba de aquí para allá. Y el gato no es otra cosa que un hijo de la libertad. La jaula del Gato… ¿no te parece gracioso?

Che, flaco, la cortemos. Mirá la hora que es. Dichoso vos que estás parado casi siempre hasta que termina el concierto y te desarman. Además, tenés la suerte de ser ilustrado, siempre con los pentagramas bajo el sobaco, ¿no? Sé que sos nuevito y tenés guardadas muchas preguntas más. La mejor historia la vas a tener que hacer vos solito, y es cuando la música se derrama del corazón… Ya vas a ver.

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Roberto Espinosa – Periodista y escritor.

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