No hay gloria sin cruz

Por Presbítero Marcelo Barrionuevo.

28 Febrero 2021

El evangelio de Marcos sitúa esta escena en un momento delicado para los apóstoles. Justo antes Jesús les había dicho con toda crudeza, que “si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará” (Mc 8,34-35). Es comprensible el desconcierto y temor de sus discípulos ante una advertencia tan grave.

Por eso, ahora quiere alimentar su esperanza, manifestando su gloria ante Pedro, Santiago y Juan. Sube a un monte alto, acompañado en primer lugar por tres discípulos, de modo análogo a como Moisés subió al monte Sinaí acompañado por Aarón, Nadab y Abihú, seguidos por los ancianos del pueblo (Ex 24,9).

No hay gloria sin cruz. Este es el principio de fondo que debemos mirar en este segundo domingo de cuaresma. La vida humana-cristiana está hecha de pocos momentos de gloria y de muchos momentos de esfuerzo y sacrificios; la justa consideración de estos dos polos existenciales nos lleva a una nueva comprensión de lo que sucede en la vida de todo ser mortal: cruces y logros, salud y enfermedad, honor y deshonor, etcétera. No se trata de una visión maniquea de la historia, sino del más puro realismo de la vida humana. La diferencia estriba en que para los cristianos las pruebas son caminos, son sendas para lograr la santidad del tabor. ¡No nos asustemos cuando aprete la cruz, nos unamos a ella y sigamos adelante!

“De este episodio de la Transfiguración quisiera tomar dos elementos significativos -decía el Papa Francisco-, que sintetizo en dos palabras: subida y descenso. Necesitamos ir a un lugar apartado, subir a la montaña en un espacio de silencio, para encontrarnos a nosotros mismos y percibir mejor la voz del Señor. Esto hacemos en la oración. Pero no podemos permanecer allí. El encuentro con Dios en la oración nos impulsa nuevamente a ‘bajar de la montaña’ y volver a la llanura, donde encontramos a tantos hermanos afligidos por fatigas, enfermedades, injusticias, ignorancias, pobreza material y espiritual. A estos hermanos nuestros que atraviesan dificultades, estamos llamados a llevar los frutos de la experiencia que hemos tenido con Dios, compartiendo la gracia recibida”.

“Con los pies en la tierra, con la mirada en el cielo”.

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