
Finalmente, está aquí. Llegó el día que todos esperábamos: hoy, por fin, se termina 2020. Un año que muchos aguardaban con una expectativa mayor a la habitual (quizás por esa excepcionalidad que tienen las cifras redondas), pero que casi todos despedirán con desprecio. Porque fue un año difícil más allá de cualquier subjetividad. Muchas vidas se perdieron, muchos proyectos se derrumbaron y muchas economías se arruinaron a causa de la pandemia, la gran protagonista de esta obra larga y fatídica.
Sin embargo, 2020 no se irá dejando solo un rastro de desgracia. Si se mira un poco más detenidamente, se advertirá que también nos deja varias cosas positivas, que bien pueden funcionar como lecciones para hacer de 2021 un tiempo y un lugar mejor. Por ejemplo, la fase más estricta del aislamiento le dio al planeta un respiro necesario, al menos al principio. Para la historia quedarán esas imágenes apocalípticas de centros urbanos desiertos y animales salvajes animándose a explorar ante la ausencia de amenazas humanas. Se estima que la cuarentena global se tradujo en una fuerte disminución de las emisiones de dióxido de carbono. En poco más de 20 días los efectos ya eran notorios desde el espacio. Sería importante que esto ayudara a las autoridades de todos los niveles a tomar conciencia de la necesidad de apostar por fuentes de energía renovables y más amigables con el ambiente.
La sociedad misma tuvo esa pausa necesaria que el vértigo de las obligaciones cotidianas a veces impide darse. Un tiempo para analizar lo hecho y planificar lo que hay por hacer. Un tiempo para ejercitar la instrospección y la espiritualidad, para cuestionarse y decidir si es necesario cambiar ciertas cosas, abandonar ciertos hábitos o dar un golpe de timón. También fue una oportunidad para desarrollar la creatividad. Muchos aprendieron o perfeccionaron habilidades durante la cuarentena. No debería tomarse ese crecimiento como fruto de un estado excepcional; por el contrario, debería ser un camino a seguir en este año que comienza.
El distanciamiento social nos permitió darnos cuenta de lo mucho que necesitamos el contacto con los otros. De lo mucho que vale un abrazo, y de que cada encuentro con nuestros afectos es un motivo de celebración. De que la normalidad, así como era, al final no estaba tan mal y que se la extraña. Algo que suele pasar cuando lo que damos por sentado desaparece de un día para el otro. Otra lección para 2021: valorar más lo que se tiene, porque mañana puede no estar.
Y hablando de valorar, la pandemia también nos ha enseñado a dimensionar la importancia de los médicos y del personal de salud en general. Muchos de ellos dejaron la vida en esta batalla. Sería menester que en 2021 se tomen cartas en el asunto, revalorizando su trabajo, ajustando sus remuneraciones y reforzando el equipamiento de hospitales y centros de salud.
La necesidad de tomar distancia también nos permitió avanzar en un mayor aprovechamiento de la tecnología para fines laborales, educativos y sociales. El objetivo en 2021 y los años venideros debería ser garantizar el acceso a la conectividad a quienes no lo tienen y profundizar el desarrollo de alternativas online que le permitan a la gente (sobre todo a las personas mayores) ahorrarse largas e insalubres colas en el frío, bajo el sol o la lluvia para realizar trámites.
Estas son sólo algunas de las muchas lecciones que nos deja 2020. Depende de nosotros aprenderlas y hacerlas valer en 2021.







