No quiero aplausos de despedida, ¡quiero vivir!

01 Ene 2021

Por Carlos Viscarra, médico de terapia intensiva - hospital Padilla y Sanatorio Rivadavia.-

Los médicos lidiamos a diario con diversas y graves patologías infectocontagiosas, como la gripe, la meningitis, la tuberculosis, las neumonías, etcétera, producidas muchas veces por gérmenes multiresistentes. Sin embargo, creo que pocos pudimos haber imaginado que se haría realidad una catástrofe de esta envergadura, como lo es la pandemia de coronavirus, donde para tener más posibilidades de sobrevivir no debe haber besos ni abrazos.

¿Lo más duro? Pasamos meses sin ver a nuestros hijos, padres y al resto de la familia, comiendo y durmiendo separados, como un intento casi desesperado para no transmitirles el virus. En mi caso, pasé nueve meses sin ver a los niños...

Duro es saberse expuesto a perder la vida atendiendo al necesitado y no sentirse cuidado, ni respetado; cuando nuestros dirigentes, políticos y sindicalistas miran para otro lado.

Cuando todo se desbordaba y el personal de salud nos enfermábamos uno tras otro, sentimos que a nadie le importaba lo que pasaba dentro de las salas y las terapias intensivas, donde los certificados de defunción se llenaban a diario y casi todos fallecían solos, sin poder ser despedidos por sus seres queridos

Un deseo que tengo en estos momentos: a nuestra sociedad pedirles empatía por el “trabajador esencial”, que no tiene posibilidad de decidir. Al menos yo no quiero aplausos de despedida en la puerta del sanatorio u hospital, ¡quiero vivir! Sentirme valorado y retribuido por el esfuerzo hecho y por el que seguiremos haciendo.

Llevamos 10 meses trabajando con una pesada carga, como nunca antes, diezmados, cansados, sin ser estimulados, con el mismo sueldo durante todo el año y ahora sólo podemos tomarnos 10 días hábiles de vacaciones... ¿Cómo encontrar fortaleza en una situación como esta?

Este año nos toca brindar sabiendo que podemos ser los próximos en quedar en el camino. Pero decidimos seguir en esta batalla contra el virus, por los mismos motivos que nos llevó a ser médicos, por vocación, por nosotros, por nuestras familias y por nuestros semejantes.

Difícil fue atender a los colegas y compañeros de trabajo y no haber podido darles otra oportunidad de continuar su vida. La frustración y el dolor fueron y son enormes, tanto es así que me llevó a plantearme si seguir en esto o cómo hacerlo.

Quiero homenajear a todas las personas que nos dejaron este año, especialmente al personal de la salud. Perdimos compañeros de trabajo como los doctores Walter Zubelza y Gerardo Flores, entre tantos otros, y muy especialmente a un intensivista y amigo de la talla del doctor Carlos Saavedra Cárdenas. Todos fueron verdaderos héroes, cuya dedicación y entrega fue tal que dieron hasta su vida atendiendo pacientes covid -19. El dolor por sus partidas es inmenso. Al mismo tiempo, da bronca que para muchos sólo seamos números y nombres intercambiables.

Quiero agradecer a todos los trabajadores de enfermería, de kinesiología, de radiología, mucamas, médicos y demás integrantes, tanto de la terapia pública cómo de la privada, que exponen su vida día tras día. Recordar también a las familias de nuestros pacientes que fueron agradecidos con nuestro trabajo a pesar de su dolor, además nuestro sostén por su cariño y apoyo durante los meses más difíciles.

Si pudieran leerme o escucharme, a aquellos que dejaron su vida atendiendo a los pacientes les diría: ¡GRACIAS! Son verdaderos héroes. No sientan que entregaron su vida en vano, dejaron el ejemplo y la huella a seguir.

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