
María Alejandra Torres
Magister en Relaciones Internacionales y profesora adjunta de Política Exterior Argentina (Unsta)
Una de las cuestiones que aprendimos en 2020 es cuán dinámica y vertiginosa puede ser la realidad, en especial la de las relaciones internacionales. La pandemia y sus múltiples secuelas afectaron a todos los países al mismo tiempo, desnudando tensiones y visibilizando distintas respuestas de acuerdo con los intereses, recursos y percepciones de las dirigencias gobernantes. “Desafío” e “incertidumbre” fueron palabras que, en forma interrelacionada, marcaron al mundo.
En el campo de las relaciones internacionales se destaca el rol protagónico de China, que ya está en abierta disputa con Estados Unidos por la hegemonía mundial. En ella América Latina es un escenario en pugna. Recordemos que fue la tradicional zona de influencia norteamericana en buena parte de los siglos XIX y XX, con políticas de intervención de distinta naturaleza. Hoy está bajo la lupa por la creciente presencia del gigante asiático, cuyo principal objetivo es su seguridad alimentaria y energética a través del fortalecimiento de los vínculos comerciales. Es así que, desde mayo de este año, el principal destino de las exportaciones argentinas es China, que a su vez es también el principal inversor en distintos países latinoamericanos.
Nos podríamos preguntar dónde queda parado el Mercosur. Las diferencias entre Buenos Aires y Brasilia se acentúan no sólo por la repercusión hacia dentro de sus economías sino también por los posicionamientos externos. Por ejemplo, la negociación de acuerdos de libre comercio con Corea del Sur dividió las aguas. A diferencia de sus socios, la posición del canciller argentino fue retirarse en función de la incertidumbre por las consecuencias de la pandemia y de la vulnerabilidad de la economía argentina. En pocas horas tuvo que salir a aclarar que Argentina no abandonaba el Mercosur, sino que tomaba distancia de las negociaciones de libre comercio impulsadas por Brasil con el apoyo de Uruguay.
Esta diferencia demuestra, una vez más, el déficit institucional del Mercosur y las dificultades de los socios para plasmar políticas exteriores coordinadas en un mundo crecientemente incierto, asimétrico y competitivo, donde la vuelta a la normalidad es una expresión de deseo.







