UN AÑO DIFÍCIL PARA TODOS. La pandemia trajo preocupaciones también a los adolescentes y a los niños.

Matemáticas, lengua, ciencias... todo sí, se enseñó. Como se pudo, pero se enseñó. Pero si hay algo que hizo falta educar este año fueron las emociones. Y no sólo en los adultos, que bastante han tenido en este 2020, sino también para los niños que, como todos, han sentido vibrar dentro suyo el torbellino de miedos y ansiedades que les generó el encierro y los demonios que esperaban detrás de las puertas.
“Algunos chicos me decían que tenían mucho miedo de morirse, de salir de la casa. El miedo en sí mismo no está mal. Las emociones, todas, son necesarias y tienen que manifestarse. El asunto es saberlas reconocer, gestionar y autorregular”, explica María José Caro, docente de grado de la escuela Campo de las Carreras, ubicada en Alsina y Alem, que recibe chicos de esa zona y de varios barrios vulnerables.
Caro es madre de tres hijos, uno de los cuales tiene un retraso madurativo. A partir de esa experiencia, comenzó a ver la vida y la docencia desde otra perspectiva, en la que las emociones tienen un rol protagónico y no pueden estar alejadas de la enseñanza de otras disciplinas que forman parte de la currícula.
“En la escuela hay muchos chicos vulnerables en todos los sentidos. También con algunas discapacidades, y siempre me ha preocupado cómo educarlos para su autonomía. Pero en la pandemia, lo que más me preocupó fue la enorme brecha y las desigualdades entre los que tenían acceso y los que no a la conectividad”, comenta.
Juntarlos a todos
La docente comenzó con una tarea de hormiga: rastrear a través de Facebook a uno por uno de los padres para armar un aula virtual cerrada y poder llegar a todos. O al menos a la mayoría. “Facebook principalmente porque no ocupa espacio en el celular, a diferencia de otras apps como Zoom, que los padres me decían que no podían usar. En la virtualidad comenzamos a trabajar con las emociones, para chicos y padres por supuesto. Tristeza, alegría, enfado, calma, miedo, amor... todo expuesto a través de cuentos que las explican y que permiten que los chicos se expresen. Porque no se trata nunca de callarlas o taparlas, sino de saber gestionarlas”, insiste la docente.
Meriendas educativas
Cuando se pudo, pasaron de la virtualidad a la vida real. Todos los viernes, Caro organiza una merienda en su casa, encuentros en los cuales pudo retomar el contacto físico con sus alumnos. Charlamos cómo están, cómo se sienten y pasamos vídeos con sorpresas y aprendizajes. Invitamos a una docente especial, sobre todo a la profe de educación física, Lorena Herrera, para poder cerrar con un baile, con movimientos”, describe.
Con estas clases primero virtuales y después presenciales, lejos del ámbito de la escuela pero con la cercanía del vínculo docente-alumno, Caro ha logrado que muchos de sus alumnos levanten cabeza, le pongan el pecho a un año para muchos demoledor y que logren convertirlo en un aprendizaje positivo. Por eso, considera que la educación para las emociones debería ser una constante en cualquier currícula.
“Con las investigaciones sobre cómo aprende el cerebro humano, llegamos a la conclusión de que si el niño no se encuentra motivado, no puede lograr un aprendizaje óptimo. Y para todo ello es imprescindible reconocer sus emociones”, finaliza.







