
La calidad del debate parlamentario es una foto que retrata el grado de madurez de las democracias. Un parlamento que deja a un lado las ideas para enzarzarse en un contrapunto de discursos vacíos de fundamentos o, peor aún, de chicanas, esmerila la institucionalidad, les quita hierro a las leyes que se discuten y termina convirtiéndose en una caricatura de sí mismo. La sociedad demanda excelencia de los legisladores elegidos para que la representen, una vara al parecer demasiado alta justamente cuando mayor compromiso, seriedad y brillantez se necesita. Bastó con seguir las exposiciones durante el tratamiento del proyecto de interrupción voluntaria del embarazo para corroborar que el parlamento nacional mantiene una deuda en ese sentido.
Dejó mucho que desear la calidad del debate sobre un tema tan sensible, seguido atentamente por la ciudadanía y generador de posturas que no admiten los grises. Es precisamente en estas ocasiones cuando la sociedad requiere de las diputadas y de los diputados -como sucederá pronto en el Senado- posiciones esclarecedoras, capaces de ayudar a la comprensión de cuestiones tan delicadas y que despejen dudas en lugar de generarlas. En resumen: el legislador siempre está obligado a brindar lo mejor de sí, aunque hay circunstancias -como este proyecto de ley- en las que siempre hace falta un plus. Una mirada más profunda. Una invitación, por medio de la palabra, a pensar.
No es cuestión de exigir formidables piezas de oratoria, aunque mal no vendrían de vez en cuando. Tampoco es justo meter a todos en el mismo saco, porque es cierto que algunas intervenciones fueron precisas, inteligentes y hasta reveladoras. El análisis pertenece al conjunto, al discurso promedio que se escuchó durante la maratónica sesión de la semana pasada. Muchísimas intervenciones desnudaron una preocupante falta de argumentos, tratándose de legisladores nacionales a los que no les faltan -en teoría- conocimientos ni asesores especializados. Las citas fuera de contexto, las estadísticas incomprobables y la exacerbación de la emocionalidad fueron la materia dominante, tanto de quienes votaron a favor como de quienes lo hicieron en contra. Demasiadas e ineludibles cuestiones de forma y de fondo quedaron a un lado.
Así como hay una deuda de calidad en el debate -que deriva en una pérdida de calidad institucional- de parte de los legisladores, también la sociedad vive en un permanente off-side cuando del Parlamento se habla. Salvo cuando se votan proyectos de altísimo impacto, como el del aborto, por lo general el involucramiento con la actividad de las Cámaras es ínfimo. Son pocos los que siguen de cerca esa agenda y muchos menos los que registran lo que sucede en las sesiones. “Descubrir” cómo actúan los legisladores -lo que piensan, a fin de cuentas- es un clásico de estas ocasiones especiales, las únicas en las que el rating del Congreso emparda al de un partido de fútbol. “Descubrimiento”, vale apuntarlo, que no habla para nada bien de nuestra calidad como ciudadanos.
Diciembre es un mes excepcional y mucho más en la Argentina. El año pandémico puso al mundo patas para arriba y el efecto del coronavirus se tradujo aquí en otra crisis económica. Una más para el inagotable registro nacional. Los ánimos, en síntesis, están tan caldeados como las siestas tucumanas. Momento propicio para que quienes asumieron responsabilidades, por ejemplo la de elaborar las leyes, actúen con grandeza y ejemplaridad. Para que se pongan a la altura del desafío y eleven la calidad de sus prestaciones.







