Los Aráoz y Los López: una historia de Montescos y Capuletos criollos

Dos de las familias más importantes y prominentes de Tucumán se enfrentaron a muerte por un siglo. Un matrimonio que puso punto final a una saga de luchas y resentimientos.

ETAPA FINALIZADA. La boda entre José Ignacio Aráoz y Elena López Pondal cerró un ciclo. ETAPA FINALIZADA. La boda entre José Ignacio Aráoz y Elena López Pondal cerró un ciclo.
06 Diciembre 2020

Por José María Posse. Abogado, escritor e historiador

Tanto los Aráoz como los López formaban parte del núcleo político, económico y social más importante del Tucumán de fines del período colonial.

En las primeras décadas del siglo XIX, los Aráoz, eran árbitros de la provincia. Sus cabezas principales eran don Bernabé Aráoz, varias veces gobernador de Tucumán, guerrero de la Independencia y fundador de la efímera República del Tucumán en 1820; quien era a su vez apuntalado por el Congresal Presbítero Pedro Miguel Aráoz, una de las mentes más preclaras de su tiempo y por don Diego Aráoz, aquel que organizara las tropas criollas en la Batalla de Tucumán. Fue la familia Aráoz quién convenció al general Manuel Belgrano a hacer frente a los realistas en Tucumán. Gran parte de las tropas patriotas se conformó con las peonadas de esta familia, dueña de grandes extensiones de tierras en el sur tucumano.

Por su parte, los López eran poderosos terratenientes en la zona de Trancas. Sus figuras salientes fueron don Ángel y don Javier López, este último también varias veces Gobernador de Tucumán, reconocido hombre público y un bravo militar quien peleó a las órdenes del general José María Paz en las batallas de La Tablada y Oncativo. Javier López fue en su juventud, protegido de Bernabé Aráoz, quién al notar en él características sobresalientes lo becó para que estudiara en una importante Universidad del Alto Perú.

Vuelto a Tucumán, López fue designado lugarteniente de Aráoz, pero a poco andar comenzaron las diferencias entre ellos. Mucho tuvo que ver la postura federal de Aráoz, enfrentada diametralmente con la férrea defensa del unitarismo de López. Al punto llegaron las cosas que en 1821 don Javier encabezó una revolución contra don Bernabé, que culminó con su derrocamiento.

Los fusilados

Luego de estos acontecimientos comenzó una de las etapas más sangrientas en la historia provincial. Partidarios de uno y otro bando realizaron sucesivas revoluciones, en las que no faltaron los saqueos a comercios y a las casas de los principales jefes enemigos por parte de las tropas levantadas. Varias veces Aráoz recuperó el poder para ser posteriormente derrocado por López.

Por fin, Aráoz fue derrotado en batalla y puesto en fuga, en un periplo que culminó con su encarcelamiento en Salta. En el camino de regreso a Tucumán, frente al muro sur de la antigua Iglesia de Trancas, fue fusilado en un confuso episodio. Al informársele que iba a ser pasado por las armas, serenamente pidió una pluma y papel. Comenzó a armar un cigarrillo. Escribió su última voluntad al término de lo cual expresó: “¡La existencia humana es como este cigarrillo!”. Luego dio una última pitada, apagó la colilla, miró de frente  al pelotón y les ordenó que dispararan.

LUCÍA ARÁOZ DE LÓPEZ. Fue considerada la “Rubia de la Patria”. Su belleza recogió elogios en los bailes celebrados en 1816. LUCÍA ARÁOZ DE LÓPEZ. Fue considerada la “Rubia de la Patria”. Su belleza recogió elogios en los bailes celebrados en 1816.

Es de imaginar la indignación que este hecho produjo en la familia Aráoz: su figura emblemática caía bajo las balas de quién le debía todo. Así proclamaban su odio contra Javier López, a quien señalaron como directo responsable del fusilamiento. La reacción no se hizo esperar; encabezados por don Diego Aráoz, a quién se le sumó el general Gregorio Aráoz de Lamadrid, se dispusieron a terminar con el odiado enemigo. La sangre vertida, debía ser vengada a cualquier precio.

Por entonces, toda la población de Tucumán rendía culto a la niña más hermosa del clan Aráoz: Lucía, conocida como “la Rubia de la Patria”, por haber sido el centro de los elogios de los congresales en el baile de la independencia en 1816. La joven era pretendida por Javier López desde la época en que brillaba la armonía entre las dos familias. Los acontecimientos políticos los habían separado, pero al parecer, el bizarro López aún mantenía viva su ilusión.

Ya sea a instancias de éste o por conocer la situación por alguna infidencia, los principales representantes de la sociedad tucumana convinieron visitar a la joven Lucía a fin de rogarle que aceptara casarse con López en prenda de Paz entre los clanes. Sólo así culminarían las guerras interminables y los saqueos. El comercio y las industrias de la ciudad se encontraban en la más completa ruina, además ya había corrido mucha sangre entre hermanos. Lucía pidió tiempo para pensar. Su padre, don Diego Aráoz se aprestaba para la lucha, los aceros estaban templados y las súplicas del pueblo se hacían oír.

Por fin la joven accedió a formalizar la unión y se selló un acuerdo tácito de paz entre las dos familias. Cuentan los memoriosos que toda la población acudió a la ceremonia de su casamiento; cuando don Diego entregó a su hija en el altar, las campanas de todas las iglesias de la ciudad repicaron durante horas. Pero en realidad, Lucía no se ofrecía en sacrificio; muy por el contrario estaba verdaderamente enamorada del gallardo Javier López.

BERNABÉ ARÁOZ. Se responsabilizó a Javier López por su fusilamiento. BERNABÉ ARÁOZ. Se responsabilizó a Javier López por su fusilamiento.

Desgraciadamente la paz no duró mucho tiempo. En 1825, Gregorio Aráoz de La Madrid, junto a un grupo de antiguos partidarios del finado Bernabé Aráoz, derrocó a López quien ya no volvería a gravitar sobre Tucumán. Llegaba la hora de los federales. Aunque logró volver brevemente a la gobernación en 1829, acontecimientos posteriores lo obligaron a exilarse en Bolivia.

En 1836 el obstinado Javier López fracasó en un intento por derrocar al federal Alejandro Heredia, quien ordenó su fusilamiento.

Estando en capilla en la Iglesia de San Francisco escribió a su esposa Lucía Aráoz la siguiente nota: “Los caprichos de la suerte o mi destino llegado, me conducen al patíbulo. Adiós dulce compañera, cría como Dios te ayude a esos ocho desgraciados fruto de nuestro enlace conyugal... Muero libre de todo remordimiento y a la vida eterna no llevo otro pesar que dejar a mis hijos y a la compañera más fina que se conozca...”.

La trágica muerte de Javier no terminó con los enconos entre las dos familias. Aún no se cerraban las heridas de tantos años de agravios y luchas sin cuartel. Una deuda de sangre los separaba.

A distancia

Lo cierto es que las desavenencias continuaron en las siguientes generaciones de manera vehemente. Cuando dos miembros de las familias enemistadas se cruzaban en la misma vereda, (lo que con suma frecuencia ocurría), de seguro alguno traspondría de acera sin disimulo alguno; los niños palpitaban esa enemistad aún sin conocer las causas y ¡cuidado de un joven que osara posar sus ojos en una jovencita del clan contrario! Si miembros de las familias se encontraban en una fiesta o en un acto religioso, sólo la educación permitía un leve movimiento de cabeza a manera de saludo, pero difícilmente se estrecharían las manos.

A fines del siglo XIX aún se mantenía vivo el rencor en muchos descendientes de los protagonistas de los conflictos en los dos linajes que nos ocupan. En un círculo tan estrecho como era el Tucumán de entonces, era lógico que esto sucediera. Para colmo, en un penoso episodio acontecido durante una cacería en la que participaban varios adolescentes tucumanos, un Aráoz accidentalmente disparó contra un López y le causó la muerte.

Este hecho atizó los antiguos enconos hasta límites que hoy nos sería muy difícil entender. No bastó con que el joven Aráoz enloqueciera, al punto que murió recluido en el hogar paterno y que se probara de modo fehaciente que lo ocurrido fue realmente accidental. La brecha parecía acentuarse aún más, y el odio se heredaba de una generación  a otra.

La paz de los clanes

Pero entonces aconteció algo que movió los cimientos de la sociedad y que fue la comidilla de toda la población: el joven y prominente doctor José Ignacio Aráoz, bisnieto de Bernabé Aráoz se prometía en casamiento con doña Justiniana López Méndez, sobrina nieta de Javier López. Cuentan que desde ambas familias se levantaron voces amenazadoras contra los novios, pero al fin primó la cordura y la pareja se casó discretamente. Así la paz entre los clanes comenzó a tomar forma, a pesar de que se conoce de algunas tías viejas quienes jamás volvieron a dirigirles la palabra.

Haciendo caso omiso de los antiguos rencores, el doctor Aráoz fue un destacado hombre público quien figuró entre los fundadores de la Universidad Nacional de Tucumán; fue además Presidente de la primera Corte Suprema Provincial, Diputado Nacional y brillante abogado miembro prominente de la Generación del Centenario.

Años más tarde, un hijo de este matrimonio, el doctor José Ignacio Aráoz López se comprometió en casamiento con una bisnieta de Javier López: la recordada Elena López Pondal. Esto fue demasiado para los resentidos y rencorosos que aún quedaban en ambas familias. Contaban las viejas matronas tucumanas que el día de la celebración de este matrimonio, la gente se subía en los bancos de la iglesia para no perderse el romántico final de la historia de los Montescos y Capuletos criollos.

El matrimonio Aráoz-López fue uno de los más destacados de su época. Ambos fueron personalidades de gran trayectoria, habiendo dejado su marca en todo lo que hicieron. El doctor Aráoz fue un reconocido jurisconsulto, primer decano de la Facultad de Derecho y hombre de una brillante trayectoria cultural y política desde las filas del partido conservador; doña Elena, fundadora y primera presidenta de la Ayuda Social Femenina, volcó en obras pías y en la crianza de sus 13 hijos una titánica energía que es recordada por propios y extraños a la familia Aráoz López.

Con el matrimonio entre José Ignacio y Elena se cerró una etapa de la vida tucumana. Entre los otrora enemigos irreconciliables, reinaba la paz.

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