
La Iglesia desea que todos sus hijos y en todos los momentos de nuestra vida tengamos la misma actitud de expectación que tuvieron los profetas del Antiguo Testamento, ante la venida del Mesías. Considera como una parte esencial de su misión hacer que sigamos mirando hacia el futuro, aún ahora que se cumplen más de 2.000 años de aquella primera Navidad. Nos alienta a que caminemos con los pastores, en plena noche, vigilantes, dirigiendo nuestra mirada hacia aquella luz que sale de la gruta de Belén. Estad vigilantes, nos dice el Señor en el Evangelio de la Misa (Juan 1, 11). Despertad, nos repetirá San Pablo (Romanos 13, 11). Porque también nosotros podemos olvidar lo fundamental de nuestra existencia. “Ven, Señor, no tardes”. Preparemos el camino para el Señor que llegará pronto; es el momento de apartar los obstáculos si no vemos con claridad la luz que procede de Belén, de Jesús.
Toda nuestra existencia es un adviento, una preparación para el encuentro con el Señor. Cada uno, y cada cual a su tiempo, será el invitado que se presenta a la gran fiesta del cielo donde nos aguarda “el dueño de la casa”. De ahí la invitación del Evangelio de hoy a estar vigilantes, a que nuestra vida esté orientada a Dios, “pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos” (Evangelio). El hombre es el único ser que sabe que va a morir. No es morboso considerar esto. No es caprichoso asociar el sentido común con el común sentido de la muerte. Es sencillamente realismo, lucidez. ¡La muerte, magna cogitatio, qué gran pensamiento!, decía S. Agustín.
Adviento, tiempo de preparación para la llegada del Señor en la próxima Navidad y tiempo también para disponernos para su segunda y definitiva vuelta, para el encuentro con Él para siempre. Preguntémonos si nuestros pensamientos, afectos, palabras y obras están orientados hacia Dios, de forma que, cuando llegue el momento de presentarnos ante Él, “no tengan de qué acusaros en el tribunal de Jesucristo”, como propone S. Pablo en la segunda Lectura de hoy.
Nos pide el Señor que estemos vigilantes, que no dejemos para más adelante lo que puede hacerse hoy. ¡En cuántas ocasiones, cuando nos damos cuenta que debemos cortar con un abuso, abandonar una rutina, tomar una resolución más generosa, hacer una buena Confesión, decimos “mañana será otro día, más adelante, cuando salga de esta situación...!” Siempre estamos mañaneando con Dios, con aplazamientos, aguardando a que llegue un mañana que la experiencia nos dice que no amanece nunca.
¡Hoy, ahora! ¡Vigilad! Sería un buen modo de comenzar el Adviento.







