El Mártir de Metán ofrendó su vida por la Liga del Norte - LA GACETA Tucumán

El Mártir de Metán ofrendó su vida por la Liga del Norte

El prócer tucumano sufrió una brutal muerte y su cabeza fue colocada en una pica en la Plaza Independencia. Urge preservar su memoria y legado.

22 Nov 2020

Por José María Posse, abogado, escritor e historiador.-

El 7 de abril de 1840, Tucumán se pronuncia en contra del gobierno de Juan Manuel de Rosas. Más allá de la ideología unitaria de quienes impulsaban el movimiento, la idea era quitarle al “Restaurador” la representación exterior de las provincias, asfixiadas por las medidas aduaneras que favorecían al puerto e ignoraban a las economías regionales. Luego, se procuraba avanzar en la confección de una Constitución Nacional sobre el modelo federal, que mucho irritaba a los porteños.

El líder del grupo local fue un joven brillante de 28 años, Marco Avellaneda, íntimo amigo de Juan Bautista Alberdi quien, desde el exilio en Montevideo, lo instaba por carta a encabezar la resistencia desde Tucumán. El 24 de agosto se formaliza en nuestra provincia la Liga del Norte con representantes de las provincias de Salta, Jujuy, Catamarca y La Rioja, quienes hasta el final trataron de volcar al siempre intrigante Felipe Ibarra, gobernador autócrata de Santiago del Estero, a la causa rebelde.

El ejército de la Liga fue comandado por el general Juan Galo de Lavalle en una sección y por el general Gregorio Aráoz de Lamadrid quien, desilusionado con el manejo que del poder hacía Rosas, se sumó al movimiento formando sus tropas con hombres del NOA.

COMISIÓN DE HOMENAJES. Un cuerpo especial con integrantes célebres.

Luego de una serie de desventuras militares, donde imperaron las desinteligencias entre los comandantes unitarios, el movimiento tuvo trágico fin en Tucumán. El 19 de septiembre de 1841, durante la Batalla de Monte Grande en Famaillá, el ejército federal al mando del general oriental Manuel Oribe, derrotó completamente a las tropas que comandaba Lavalle.

Los líderes de la Liga del Norte fueron obligados a huir a mata caballos por caminos extraviados rumbo a Chile o Bolivia, con su cabeza puesta a precio. Otros no tuvieron tanta suerte: el general Lavalle fue sorprendido por una partida federal en una casa de Jujuy, quienes dispararon sobre él, hiriéndolo de muerte. Los acompañantes del “León de Riobamba”, descarnaron sus huesos para evitar el escarnio sobre su cadáver y lo llevaron del otro lado de la frontera; sólo se preservó su corazón en una urna.

La suerte del joven líder, Marco Avellaneda, fue igualmente terrible. Traicionado por un oscuro teniente de su desintegrado ejército -Gregorio Sandoval- fue entregado atado al coronel Mariano Maza en Pozo Verde. Luego conducido a Metán, donde acampaba Oribe, quien de inmediato ordenó la muerte del prisionero.

Sin juicio previo, fue degollado de la manera más cruel. Los detalles de su bárbara ejecución son estremecedores. Con la piel de su espalda, el ejecutor material del crimen hizo una manea para su caballo, la que mostraba orgullosamente.

Pero el horror llegó aún más lejos, y a modo de escarmiento y venganza, el general Oribe mandó a clavar en una pica la cabeza de Avellaneda en la plaza principal de Tucumán, frente al Cabildo. Tenía pena de muerte quien osara sacarla de allí. Mientras, la ciudad de San Miguel era ocupada por las fuerzas vencedoras, las que se cobraban resarcimientos en efectivo y en haciendas de las familias de los rebeldes que habían escapado.

HONRAS AL PRÓCER. Los actos recordaron la lucha del Mártir de Metán.

Los oficiales principales se alojaron en las viviendas de los tucumanos, quienes debían alimentarlos y atenderlos en todas sus necesidades. Un verdadero ejército de ocupación se hizo dueño de vidas y fortunas de los vecinos.

Pasaban los días y la cabeza ya putrefacta era atacada por las moscas, lo que hería los sentimientos más profundos de aquella sociedad en extremo religiosa. El joven Avellaneda, por su inteligencia, cultura y modales, era muy querido en esa población, compuesta por unos pocos miles de habitantes; apenas un villorio donde todos se conocían desde siempre.

Una mujer tan piadosa como valiente, doña Fortunata García, viuda del doctor Domingo García, decidió poner fin al escarnio público, a sabiendas del enorme riesgo que corría. Organizó una fiesta en su casa (en la actual calle San Martín, en un solar colindante al Cabildo), para toda la oficialidad e invitó especialmente al general Oribe.

En medio de la celebración, buscó una excusa para ausentarse unos minutos junto a su criada. Corrieron hacia donde estaba la cabeza, la envolvieron en un paño y se la entregaron a un sacerdote de la vecina iglesia de San Francisco, quien la ocultó en un hueco bajo el altar, según cuenta la tradición. Otra versión, muy creíble, es que fue ayudada por un joven oficial oriental de apellido Carballo, quien se alojaba en su casa y al que también le repugnaba el espectáculo.

La historia cuenta que al regresar a su casa, su mirada nerviosa se cruzó con la del feroz Oribe, quien levantó su copa y brindó por el valor de la mujer tucumana. Con ello, y de ser cierta la anécdota, puede conjeturarse que el bárbaro general fue quien permitió solapadamente que culminara la macabra afrenta.

Con los años, los hijos del Mártir de Metán, pudieron llevar la cabeza de su padre a Buenos Aires y darle cristiano descanso en un mausoleo que hicieron construir en el Cementerio de La Recoleta.

MULTITUDINARIO. El homenaje central reunió a todas las fuerzas vivas.

La familia del Mártir siempre guardó gratitud hacia doña Fortunata, una mujer de temple, referente principal de la Sociedad de Beneficencia, y genearca de una distinguida descendencia, entre las que destacamos a su hijo, don Próspero García, gobernador de Tucumán.

Con los años, la historia se fue contando con matices diversos, y estuvo entre las preferidas que relataban los abuelos a sus nietos, frente a la lumbre de las chimeneas en el otoño de sus vidas. En tiempos donde no existía ni la radio ni la televisión, y al anochecer no había mucho que hacer -iluminados por velas, los encendidos leños de alguna fogata o a plenos rayos de luna- esos relatos llenaban de escenas, fantasías y horrores a los más chicos de las casas.

Todos recordaban el lugar exacto donde había estado clavada la pica con la testa del amado Marco, y muchas damas se persignaban por costumbre cuando pasaban por el lugar.

CEREMONIA FORMAL. Las autoridades de Tucumán lo evocan en 1941.

Actos por el Centenario

En 1941, durante el gobierno del doctor Miguel Critto, para el “Centenario de la Liga del Norte” se creó una Comisión de Homenajes, compuesta por el ministro de Gobierno, Manuel Andreozzi; el intendente de San Miguel de Tucumán, José Lozano Muñoz; el Obispo Monseñor Bernabé Piedrabuena; el historiador Manuel Lizondo Borda, y el doctor Alberto Rougés. Representando a los descendientes del prócer, el doctor Eudoro Avellaneda. El doctor Humberto Mandelli incorporaba con su presencia al Instituto de Historia de la UNT a la conmemoración.

Se invitaron también a las provincias de Jujuy, Salta, Catamarca y La Rioja a enviar delegados para las ceremonias.

Los actos fueron multitudinarios y sentidos por toda la comunidad tucumana. Las fotografías de época nos muestran la magnitud de los eventos, presididos por las máximas autoridades provinciales de los tres poderes del Estado.

Se decidió encarar la construcción de un gran monumento que recordara aquél pronunciamiento y al Mártir de Metán, el que sería abonado con aportes de las provincias participantes de la Liga. El 7 de abril se colocó con gran solemnidad la piedra basal y se encargó el proyecto.

Pero como ocurre con frecuencia en nuestra provincia, y solo baste recordar que el planeado Monumento a la Batalla de Tucumán -que tampoco pasó de una piedra fundacional y una placa que lo recuerda en la Plaza Belgrano- todo quedó en el papel, y nada más se hizo al respecto.

De aquellos actos del Centenario de la Liga del Norte, las únicas cosas que quedaron fue una publicación del Archivo Histórico de la Provincia, unas 50 medallas de plata conmemorativas y un monolito con una pieza de mármol con la inscripción: “En este lugar, clavada en una pica estuvo la cabeza de Marco M. de Avellaneda animador del pronunciamiento tucumano y de la Liga del Norte contra Rosas por la organización del país. 1841/1941”.

Malos antecedentes

Es de esperar que con las remodelaciones a la Plaza Independencia, se respete ese mármol en el lugar preciso de su ubicación actual, ya que marca un hito histórico que tuvo un profundo significado para los viejos tucumanos.

PLAZA INDEPENDENCIA. Un mármol refiere dónde estuvo clavada la pica con su cabeza.

Tenemos un mal precedente al respecto del debido respeto a la memoria de Marco Avellaneda. En 1909 la Legislatura tucumana, como modo de homenaje contrató con el artista Aniceto Valdez la confección de un óleo de cuerpo entero del Mártir de Metán. La obra presidió la Legislatura provincial durante décadas, hasta el traslado a la actual ubicación. Por motivos desconocidos, el cuadro no fue llevado, a pesar del reclamo de varias voces autorizadas, como la del doctor Carlos Páez de la Torre, quienes solicitaron sea colocada nuevamente en el recinto legislativo.

Pero hay más: el 30 de diciembre de 1888, se denominó con su nombre una calle que por entonces era periférica y marcaba de alguna manera el límite del antiguo San Miguel. Unos años atrás, un concejal de la ciudad me consultó acerca de la biografía de Marco Avellaneda, pues había un proyecto de cambiar el nombre de esa calle.

Resulta esencial que las nuevas generaciones de funcionarios (administradores temporales de la cosa pública), respeten aquellos símbolos de tiempos pasados que cimentaron nuestra tucumanidad: nomenclaturas, hitos y obras de arte, deben preservarse en señal de respeto por los homenajeados y también por quienes decidieron fundadamente honrarlos. Todo ello tiene un hondo significado para quienes realzamos las glorias de nuestra Provincia. No somos pocos, lo aseguro.

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