
Por Pbro. Marcelo Barrionuevo.-
Leamos tres ideas que nos deja S Juan Pablo II:
Los “talentos personales”
“Dichoso el que siga los caminos del Señor” (Sal 127,1). “Dichoso el hombre que teme al Señor” (Sal 127,4). En la liturgia de este 33 domingo “per annum”, que nos prepara al Adviento ya cercano, la Iglesia nos llama a un vigilante y dinámico uso de los talentos que el Señor ha confiado a cada uno, y a ser generosos en la correspondencia a las gracias y a los dones que Él nos destina. Por esto, no son dignos del Señor la comunidad o el individuo que, por miedo a comprometerse, se cierran en sí mismos y se desentienden de las realidades de este mundo. En el Evangelio tenemos la actitud típica del que no hace fructificar los dones recibidos: “Señor sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra” (Mt 25,24-25). ¿Se puede decir de él que es dichoso porque ha tenido miedo del Señor? ¡Ciertamente no! Lo dan a entender las mismas palabras de Cristo. Efectivamente, el Señor de la parábola reprueba el comportamiento de ese siervo.
Temor de Dios
La parábola de los talentos nos enseña a distinguir el verdadero temor de Dios del falso: no es miedo sino don del Espíritu; se teme ofenderle, entristecerle y no hacer lo suficiente para hacer su voluntad, mientras que el falso se funda en la desconfianza en Él y en el mezquino cálculo humano. Tiene verdadero temor el que sigue los caminos del Señor (Sal 127,1).
¿Cuál es el significado de estos talentos evangélicos? La parábola, insertada en el contexto de la parusía, hace pensar en la plenitud del Reino como premio de una vigilancia que es espera operante y valiente en vista de la cual no nos podemos contentar con conservar el tesoro, mucho menos cuando dejar infructuoso los dones de los diversos talentos es culpa que merece llanto y rechinar de dientes (Mt 25,30). Todo esto comporta para los cristianos el compromiso de corresponder a la gracia divina y exige la voluntad de construir un nuevo mundo.
Comprometerse con Dios
La liturgia de hoy nace la doble llamada a permanecer en Cristo y el empleo generoso de los talentos dados por Dios. El cristiano no es quien pierde el tiempo discutiendo sobre el día y la hora de la venida del Señor, sino aquél que, instruido por la palabra de Jesús, vive en comunión con Él, vigilando constantemente. Esta espera, para ser auténtica, debe ser operante. Se salvarán los que son vigilantes y sobrios, no los que duermen. Una certeza guía la vida del cristiano y determina su conducta: ¡el Señor vendrá! Que las palabras del Señor: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor..., pasa al banquete de tu Señor” (Mt 25,21 y 23), se cumplan y se realicen también en cada uno de vosotros.
S Juan Pablo II (1981, Pquia Ntra Sra de la Salud)







