
“En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los Cielos se parecerá a 10 doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas”.
Partamos de una consideración: quien vive con sensatez se interesa por acertar en la vida, en la valoración de los sucesos, en la visión de la realidad, en el desenlace final... suele decirse tener una filosofía de vida. El Evangelio nos da una teología de vida: en el primer caso, el sujeto pensante es el hombre y, en el segundo, Dios para el hombre.
La vida transcurre en un entretiempo que va desde nuestro nacimiento hasta el final de nuestra vida temporal, que nos abre a lo definitivamente eterno.
En la parábola de las vírgenes se contraponen la sabiduría (la sensatez) y la necedad. Por la primera nos identificamos con la manera que Dios tiene de ver al hombre y el mundo. Por eso, la 1ª Lectura y el Salmo giran en torno de la búsqueda de la Sabiduría de Dios, y de la de Dios mismo. Por la segunda, el hombre se deja conducir por sus propios puntos de vista. A la primera se le abren las puertas del banquete de bodas de Dios con la humanidad, a la segunda se le cierran. Las vírgenes sensatas no manifiestan tanto un sentimiento de egoísmo cuanto de reproche a sus compañeras por no haberse tomado en serio la espera del esposo.
Vivimos el tiempo entre la primera y la segunda venida del Señor. “El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio... pero es también un tiempo marcado todavía por la ‘tristeza’... y la prueba del mal... que afecta también a la Iglesia... e inaugura los combates de los últimos días... Es un tiempo de espera y de vigilia...” “Velad”, dice Jesús. No es una tarea negativa que sitúe la lucha interior en la frontera del pecado, es un saber orientar todo hacia el Señor con el deseo de agradarle. “Vela con el corazón -dice S. Agustín-; vela con la fe, con la caridad, con las obras... Adereza las lámparas procurando que no se apaguen; cébalas con el aceite de una conciencia recta... para que Él te introduzca en el festín, donde ya nunca se extinguirá tu lámpara” (Serm. 94). Si Jesucristo saliera hoy a nuestro encuentro ¿nos encontraría vigilantes, con las manos llenas de buenas obras? Debemos hacernos esta pregunta porque al abandonar este mundo entraremos en la gran fiesta del Reino de los Cielos o hallaremos cerradas las puertas para siempre.







