Punto de vista: los hundidos y los salvados

02 Noviembre 2020

Walter Gallardo

Especial para LA GACETA, desde Madrid

La intimidación de la pandemia, que deambula por las calles del mundo repartiendo muerte, va de la mano con el asombro colectivo de vivir en una época de desasosiego y de necesidades ahora cada vez más acuciantes, tales como conseguir el pan de cada día en una economía en caída libre o un abrazo que nos rescate de esta soledad interminable. Juraría que al poner la cabeza en la almohada y apagar la luz, en la incertidumbre propia de la noche, muchos de nosotros tenemos la secreta fantasía de que después de unas horas de sueño regresaremos a un tiempo anterior a la peste. Sin embargo, se da la paradoja que la pesadilla sólo comienza si despertamos.

Casi todo cambió en nuestras vidas en pocos meses, desde el orden de prioridades a la forma de comunicarnos, y, contradictoriamente, casi nada en las injusticias y miserias cotidianas. Sólo hace falta mirar a nuestro alrededor para darnos cuenta del aumento meteórico de las desigualdades -sobre todo económicas- durante la pandemia y de que muchos de los que deberían estar dedicados a la solución de los problemas son, en efecto, gran parte del problema. Esto agrega cansancio donde ya había hartazgo y más preguntas donde escaseaban las respuestas.

“Ninguna sociedad puede prosperar y ser feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y desdichados”, escribía en el siglo XVIII Adam Smith, considerado el padre de la economía moderna. Y esto no nos habla necesariamente, aunque también, de naciones ricas o naciones pobres: los niveles de satisfacción y bienestar se rigen por otras reglas. Quizás a menudo se cae en el error de creer que el mero crecimiento económico beneficiará al conjunto cuando en realidad el secreto está en la distribución justa y la administración austera de los ingresos. Esta es una de las razones fundamentales por las que hay países que son o devinieron en la sátira de sus propios sueños y posibilidades y otros que triunfan desde la modesta idea de racionalizar su patrimonio. Sólo así se entiende que Holanda (Países Bajos), por mencionar un caso, sea un país rico, con un ingreso anual per cápita de 53.000 U$D, en un territorio amenazado constantemente de acabar bajo las aguas del Mar del Norte, con muchos menos recursos que Nigeria (2.000 U$D) y más pequeño en superficie que la provincia de Jujuy; y del mismo modo, como contraste, esto también deja claro por qué en otros las riquezas naturales han sido su propia condena, incluso su propia ruina.

Sobran ejemplos en los que un país parece haber sido devastado por catástrofes o guerras, donde la gente carece de sistema sanitario o servicios básicos, pasa hambre y no accede a una educación de calidad mientras pisa un suelo en el que abunda el petróleo o el gas y la tierra es fértil. ¿Tiene esto algún sentido? Casi ninguno, pero tiene una explicación.

Lo moral

La explicación no puede ser otra que moral, si por moral se interpreta la conducta humana en relación con el bien y el mal. Apliquemos ese concepto a quienes manejan las riendas de un país y veremos que las piezas encajan. Si es fácil saber lo que es correcto o aceptable, ¿cómo se concibe que los dirigentes de ese país desprecien con argumentos y decisiones inadmisibles la educación, la salud, la seguridad o la justicia? La respuesta a esta pregunta algo inocente encierra una declaración de intenciones o principios y quizás una plataforma política; en algunos casos, la revelación de uno o varios delitos.

Ausencia de reglas

En la medida en que el interés general se posterga o anula en favor de los privilegios para minorías, la sociedad se degrada. La ausencia de reglas o el cumplimiento esporádico de las existentes acarrea no sólo una sensación sino un estado real y desesperante de injusticia en el que el ciudadano común es humillado y corre peligro. En ese contexto quien invoca la ley casi es visto como un alucinado levitando en el desierto. O como un enemigo a batir.

En estos tiempos convulsos, los antiguos males conviven con los nuevos y aumentan la zozobra, destacando con mayor claridad los propósitos, aquello que nos resistíamos a ver mientras mirábamos. ¿Quién encontraría lógico que en la excitante y opulenta Nueva York un millón y medio de habitantes, de un total de nueve, dependa a diario del reparto de alimentos para no pasar hambre? Algunos los llaman “los pobres del Covid-19”, un símil de la expresión “hospiciano” que usaba Charles Dickens en “Oliver Twist” para referirse a los que vivían de la caridad sin posibilidad de redención y que, como entonces Oliver, son considerados socialmente peligrosos por haberse “caído” del sistema. Y si aún es posible ver en esta situación algo coherente, ¿cómo se explica que, en la misma ciudad, en los últimos siete meses, los más ricos hayan aumentado sus ingresos en más de 77.000 millones de dólares? La suma duplica el Producto Bruto Interno registrado por Paraguay en 2019.

Es una realidad difícil de aceptar pero que lamentablemente se asimila, con la ayuda de los defensores a ultranza de ciertas normas de juego, como un desequilibrio natural, lo que traducido a cristiano significaría “resignación”. “No hay condiciones de vida a las que un hombre no pueda acostumbrarse, especialmente si ve que a su alrededor todos las aceptan”, se lee en “Anna Karenina” de Lev Tolstoi. Y tal vez algunos cuentan con que ese punto de vista esté arraigado.

En cualquier caso, es evidente que hace falta una reacción y un cambio, aun en estos momentos especiales de confinamientos sin fin y con las libertades vigiladas; la creación, por decirlo así, de una corriente pacífica que podría llamarse “esta boca es mía”. De lo contrario, nos quedaremos a la espera de que los vendedores de tickets a la felicidad vengan a prometernos un nuevo cielo en las próximas elecciones, con la vieja zanahoria que siempre está a la misma distancia y nunca acaba en nuestras manos. Cuentan ellos con una ventaja, no lo duden: la fragilidad de la memoria, esa copia imperfecta de nuestros recuerdos.

El escritor Primo Levi cuenta que en los campos de exterminio se percibía, con solo observarlos, los presos que tenían mayores probabilidades de sobrevivir y los que no. Los más nobles y dignos sucumbían de inmediato a la maquinaria, los que no eran capaces de procurarse por cualquier medio una ración extra de comida; los ladinos y desleales, sin embargo, podían contar con la perspectiva de un día más. Los llamó “Los hundidos y los salvados” en la obra del mismo nombre en la que describe su descenso personal a los infiernos terrenales. Es necesario, en este siglo supuestamente civilizado, que ese comportamiento no corrompa nuestra convivencia. Por una simple y humana razón: no es justo.

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