Oficios urbanos: ganarse la vida al amparo de las tres luces de un semáforo - LA GACETA Tucumán

Oficios urbanos: ganarse la vida al amparo de las tres luces de un semáforo

Limpiaparabrisas, malabaristas, vendedores callejeros y una cada vez más numerosa lista de oficios convive en las esquinas para ganar el peso.

25 Oct 2020 Por Osvaldo Ripoll

Gerardo Lugones vive en el barrio Municipal de Concepción. Es padre de familia y trabaja en el semáforo de la ruta 38 y la calle Juan V. González. Limpia parabrisas, se pasa todos los días subido en los capós de los autos, recorriendo las filas de los vehículos que deben esperar para continuar camino. Su labor debe realizarse entre los tres y los cuatro minutos que dura cada alto. Busca el mango para llevar a su familia esperando el descuido o la autorización silenciosa y gestual del automovilista que aguarda la bendita luz verde. La recompensa es variable: pueden ser apenas $10; mejor cuando son $30 y es casi inolvidable si llegan a ser $50.

DESTREZAS. Con malabares cada vez más arriesgados buscan $10.

Por la pandemia, perdió la oportunidad de ir a trabajar en las cosechas de la manzana, del limón o el arándano, como hacía todos los años. “Por la crisis me dejaron sin trabajo, lo que hago todos los días es sólo para un plato de comida con mi familia, con mis dos hijos y mi mujer”, enfatiza.

DE AUTO EN AUTO. Cuando se enciende el rojo, empieza la búsqueda.

Los limpiavidrios de esa intersección vienen de Famaillá, Monteros y de la mismísima San Miguel de Tucumán. Personas mayores y jóvenes llegan porque se puede trabajar tranquilo y hay tiempo. “Agradezco a la gente que nos colabora, y nosotros siempre con respeto pedimos permiso. Si ellos quieren que le limpiemos, trabajamos desde las 8 hasta las 18 porque después la Policía nos nos deja estar y ya no hay nadie en los semáforos”, describe. No son los únicos habitantes de ese lugar: lo comparten con modestos mercachifles de ocasión, malabaristas con diversos elementos para impresionar con sus destrezas, vendedores de frutas o golosinas y marginados ambulantes en la búsqueda del pan de cada día. En torno a los semáforos de mayor circulación, cada vez en mayor número, procuran el aliento solidario -y el respaldo monetario tan necesario- de algún conductor comprensivo.

EN POCO TIEMPO. La tarea debe insumir no más de cuatro minutos.

Es el costado social, expuesto ahora de modo más evidente, en estos tiempos de pandemia. Concepción parece atraer la preferencia de estos trabajadores de emergencia, venidos desde diferentes puntos de la provincia. A ellos se suma ocasionalmente algún otro visitante de más lejos.

ÉXITO O FRACASO. No siempre se logra convencer a un cliente.

En las esperas de semáforo, el parabrisas pone marco a una imagen empañada por trazos jabonosos. Figura difusa, con mano aferrada a una banda de caucho, emergiendo, apenas, de niveles extremos de pobreza. Detrás de unas pocas frutillas encerradas en transparencias, un ofrecimiento de tonalidad lastimera procura convencer a los viajeros demorados. Así, con una escasa paga, un vendedor ocasional volverá, quizás, con unas monedas a su casa. Como en un imaginario circo de intemperie surgen artistas circenses callejeros, ilusionados por una que otra recompensa voluntaria. Movidos a capricho por los sacudones de existencia, se le animan a pruebas cada vez más complicados. Esas parábolas en lo que dura la transición del rojo a verde, les resultan pequeñas frente a los vaivenes y maniobras para poder sostenerse con dignidad diariamente.

GARRAPIÑADA. Una compra que lleva alegría al hogar propio y ajeno.

Desde la recompensa comprensiva hasta el gesto irritado del hastío: el balance de esas reacciones decidirá un fin de jornada a ollas calientes o con el raspar angustioso de los bolsillos resecos.

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