El coronavirus la dejó en coma, le hicieron una cesárea y conoció a su bebé un mes después

18 Oct 2020 Por Lucía Lozano
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Melani González estuvo en gravísimo estado y hoy reza para que su hija vuelva a casa.

Cuando Melani González abrió los ojos no sabía qué día era. No entendía nada. Pensó que se había desmayado. Estaba en una habitación cerrada con puertas de vidrio, aislada. Llevó sus manos directamente hacia el vientre. La bebé ya no estaba ahí. Tuvo un mal presentimiento. Todo lo que la rodeaba era angustia: el olor a desinfectante, los ruidos de las máquinas, los cables. No pudo contener el llanto.

Un médico y una psicóloga ingresaron con barbijo, guantes, antiparras y doble camisolín blanco. Poco a poco le contaron lo que había pasado. Y así descubrió que el tamaño de su desgracia no era tan grande como sospechaba. El coronavirus la había dejado en coma y debieron hacerle una cesárea de urgencia. Su niña había nacido seismesina, con apenas 700 gramos de peso, y se encontraba en una sala de neonatología, también luchando por su vida.

“Había pasado 15 días dormida; estuve al borde de no poder contar esta historia”, dice Melani, mientras enhebra palabras con su voz todavía temblorosa por momentos. La joven de 24 años cursaba la semana 28 de su embarazo (tenía fecha de parto para el 29 de noviembre) cuando empezó a sentir un poco de fiebre y dolor en las vías urinarias, detalla.

La llevaron desde su casa, en el barrio Municipal, hasta la Maternidad. Quedó internada por 48 horas. “El último recuerdo que tengo de ese momento es que empecé a convulsionar; me faltaba el aire y mis manos y brazos se doblaban. Tuve un ataque de pánico. Otra paciente que estaba internada llamó urgente a los médicos”, cuenta.

Fue el 5 de septiembre. Ese día, tras la crisis, le hicieron un hisopado y le diagnosticaron covid-19. Entró en asistencia mecánica respiratoria y le hicieron la cesárea. Durante los 17 días que estuvo en la Maternidad recibió medicación y plasma. Así puso salir de su estado crítico. Soñaba con recuperarse del todo para conocer a su bebé. “En mi estado era imposible poder verla. Fue algo muy duro para mí, especialmente porque después me trasladaron al Centro de Salud, donde estuve otros 11 días hospitalizada. Ahí no la pasé nada bien. Saqué fuerzas de donde no tenía, pensando en mi familia, especialmente en mi bebé que  me necesitaba”, recuerda la joven, que también es mamá de Aiksa, de siete años.

Lo que más le dolía era la soledad. “Estaba desesperada. Mi familia me envió un celular en una bolsa de algodón. Volver a conectarme con ellos fue un alivio inmenso, porque me alentaban a salir adelante. Rezaba para que mi bebé sobreviviera. Lloraba todos los días, no me podía mover de mi camilla”, confiesa sin poder contener nuevamente las lágrimas. Y agradece a otras pacientes que también estaban internadas con coronavirus y que no dudaron en quitarse en las mascarillas de oxígeno para ayudarla y contenerla cuando era necesario.

Hace una pausa. Respira hondo. Continúa: “la pesadilla terminó el 1 de octubre, cuando además de darme el alta, me informaron que podía ver a mi pequeña leoncita”. Como todo ocurrió tan rápido y al estar en cuarentena era imposible que la familia pudiera entrar, en Neonatología las enfermeras que la cuidaron la llamaron Ana. No era el nombre que había soñado la mamá. “Pero decidí sumarlo porque Ana significa la gracia de Dios y eso es hermoso. Voy a anotarla como Ana Sarahí”, anuncia.

Después de tanto sufrimiento, la joven mamá describe el momento en que vio a su hija por primera vez como “mágico”. Ella entró en una silla de ruedas que empujaba su esposo, Daniel Gómez, y fue directo a la incubadora. “Estaba tan pequeña ahí, con su pañalcito. De pronto, empezó a moverse y lloró un poco. Fue hermoso. Me llené de fe y de esperanza. ¡Mi hija está viva!, decía una y otra vez. No podía creerlo”, rememora. Y su voz tiembla.

Ya la pudo ver cinco veces. En las últimas visitas logró alzarla, hablarle, cantarle una canción. Nada fue como lo había planeado. La pandemia se encargó de tirar abajo todos sus sueños de maternidad. No llegó a preparar el bolso. No había comprado la ropita rosa. Se había imaginado pasando noches en vela para amamantar a su bebé, no llorando por el coronavirus y orando para que su bebé sobreviviera. Hoy, consciente de que faltan al menos dos meses para que pueda estar tranquila en su casa y con su hija, sigue rezando para que el milagro se complete. “Así es, ya paso mi sufrimiento; hoy voy a festejar porque está con vida mi bebita y mi familia está conmigo”, dice ella. Un desenlace feliz en medio de otra preocupante historia en tiempos de pandemia.

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