Gisel sólo ve a su bebé cuando el hisopado le da negativo

Es enfermera, trabaja en la terapia del Centro de Salud y tiene miedo de poner en riesgo a su familia si se contagia.

18 Oct 2020 Por Lucía Lozano
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TAREA FUNDAMENTAL. Gisel Vázquez tiene el apoyo de su familia.

Kamila, de nueve años, y Xiomara, de 18 meses, se levantan cada mañana y su mamá ya no está en casa. Gisel Vázquez, enfermera de la terapia intensiva del hospital Centro de Salud, ha partido -como es habitual- a las 5 de la mañana de su hogar para llegar a tiempo a su trabajo. En el viaje desde Famaillá hasta la capital tucumana -como también es costumbre desde hace seis meses- sus lágrimas dejarán el barbijo empapado.

Hoy tienen suerte. Como Gisel se acaba de hacer un hisopado de control y dio negativo para covid-19, sus hijas podrán pasar el Día de la Madre con ella. Para Kamila, su mamá es una heroína aunque su disfraz no sea una capa y una espada, sino un camisolín descartable. Y lo es aunque su lucha signifique muchas veces que no pueda volver a casa porque hay riesgo de infectar a su familia.

“Como esto se ha puesto tan feo, vuelvo para verlas cuando me puedo hacer un análisis y luego de confirmar que no estoy enferma. Cuando no es así, me quedo en un cuartito en la casa de un familiar. Es todo muy duro. Tengo una bebé de un año y medio y ni siquiera puedo darle de comer”, dice sin evitar el llanto.

Por las medidas de prevención implementadas, no comparte la vajilla con nadie y muchas veces usa tapaboca incluso para jugar con las niñas. Su esposo, Arturo, asumió este año prácticamente todo lo relacionado al cuidado de las pequeñas, en una reorganización familiar.

Vázquez, de 32 años, asegura que no tiene miedo de contagiarse; pero sí de enfermar a sus familiares. Será una jornada especial en el año más difícil que le ha tocado en su carrera como enfermera, confiesa. “Día a día esto se pone más difícil, no tan solo por el riesgo que corre el personal de salud, sino también por la frustración que se siente de ver que a pesar de todo lo que uno hace, la gente no toma conciencia. Creo que a todos los que estamos en los hospitales nos está afectando esa situación a nivel psicológico, porque se ven muchos enfermos y muchas muertes a pesar de nuestro esfuerzo. Estamos realmente agotados. Trabajo en terapia y las jornadas de ocho horas son cada vez más agobiantes. Son pacientes que dependen 100% de nosotros”, cuenta.

A veces el dolor en las piernas es insoportable. Igual que usar un barbijo para conversar con sus hijas. O solo poder verlas por una pantalla de teléfono. Sentir que ellas la extrañan hasta con la mirada. “Por suerte mi esposo es un padre muy presente. Hasta ahora nunca me contagié, pero creo que a todos nos tocará en algún momento. Lo único que espero es que si me pasa sea de forma leve para no llegar a perjudicar a mi familia”, explica.

Reconoce que, aunque recibe apoyo psicológico, muchas veces ha llorado desconsoladamente en algún rincón del hospital. Que le han dado ganas de arrancarse todo -el camisolín, el barbijo, las antiparras...- y de salir corriendo. Pero entonces, aparecen las risas de sus pequeñas, la vocecita de Kamila diciendo: “mami, lo que vos hacés es muy importante, sos valiente porque te arriesgas para salvar la vida de otras personas”.

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