Atender pacientes graves y volver a casa con la mejor sonrisa, el mayor desafío que le tocó enfrentar

La infectóloga Mariana Marcotullio vive una montaña rusa de emociones cada día.

18 Oct 2020 Por Lucía Lozano
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LAS RAZONES PARA SEGUIR. Mariana Marcotullio junta fuerzas de las sonrisas de Magdalena, José y Guadalupe.

Hoy no será un día cualquiera para Mariana Marcotullio. Primero, porque cumplirá las supuestas últimas horas infectada con covid-19, la enfermedad que tiene en vilo al planeta. Segundo, porque ha sido el año más duro que le tocó pasar como madre y médica a la vez, al frente de una batalla agobiante contra el enemigo invisible del coronavirus. Tercero, porque no podrá abrazar a su mamá, a quien extraña cada vez más. Desde hace cuatro meses solo la ha visto de lejos y a través de un portón.

Mariana, de 39 años, es infectóloga y trabaja en la sala Covid del hospital Avellaneda, donde atiende pacientes de mediana y alta complejidad. Además, es médica de una clínica privada. Pasa el día entre camisolines, antiparras, guantes y barbijos. Antes de entrar a su casa, se desinfecta y se dibuja en su cara la mejor sonrisa porque allí la esperan sus tres soles: Magdalena (de nueve años), José Ignacio (siete) y Guadalupe (cinco).

Aunque desde un primer momento se esforzó por llevarles tranquilidad a su hogar, no es fácil transitar este 2020, admite. “Cuando el análisis me salió positivo y supe que estaba infectada, en parte yo sabía que en cualquier momento eso podía pasar. Hablé con mi familia, le dije la verdad y también les expliqué que generalmente a los niños este virus no les hacía nada. Igualmente, estuve muy preocupada”, cuenta.

Lo que más le cuesta es poder conciliar el trabajo con la maternidad. Cada día es una montaña rusa de emociones. “En el hospital trabajamos sin parar; cada vez llegan más pacientes. El cansancio es físico y también mental. Todo es muy triste. Estás una mañana con un enfermo conversando, te cuenta su vida, sus cosas. Vos te vas pensando que va a salir adelante. Volvés uno o dos días después y ya no está porque murió. Es doloroso. Y cuando regresás a tu casa, no es que te desenchufás, que te olvidás de todo eso. Tu cabeza va a 1.000. Y al volver al hogar, tenés que ser fuerte y armarte de paciencia, hacerte cargo de las tareas escolares, recuperar el tiempo perdido”, relata su trajín cotidiano, el día a día en pandemia.

Labores

En una, dos o tres horas debe resucitar el interés de los chicos por los deberes escolares, estimular a su hijo del medio que está aprendiendo a leer y a escribir, explicarle en detalle los contenidos de cuarto grado a su hija mayor, y corregir errores y hacer collages de jardín de infantes con la más chica. Todo esto, tras una mañana en un hospital en tiempos pandémicos.

Mariana sabe que sus hijos están orgullosos de ella. Siempre se lo recuerdan. Es el motorcito que le da fuerzas cada día para volver a empezar. Para ir a las salas donde los tucumanos internados con covid -19 luchan por su vida. Para salir de cada guardia y ver los bares llenos de gente sin protección. “Eso me genera una gran angustia. Siento que muchas personas viven en un mundo paralelo, que esto es una lucha desigual. Solo se empiezan a preocupar cuando tienen que dejar un familiar internado solo”, confiesa.

Le duele ver cuánto se han restringido las actividades de sus hijos o cómo extrañan a sus abuelos y y a sus amigos. Pero también se siente feliz porque están más unidos que nunca, porque han aprendido a valorar las cosas más sencillas como tener una comida juntos o compartir una película. Y eso, en un Día de la Madre atípico, significa “orgullo extra”.

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