El antes y el después de la estructura profesional UAR

12 Oct 2020

A fines de 1995, tras un lapidaria derrota (12-47) de Los Pumas a manos de Francia en Atlético, Martín Terán fue contundente sobre la situación que atravesaba el rugby argentino: “tenemos que competir contra rivales que estén a nuestra altura. A los seleccionados de primer nivel podemos plantearle resistencia, pero ya no ganarles”.

Para entonces, la brecha entre los equipos profesionales y los amateur (como Los Pumas o el propio Tucumán) comenzaba a ser notoria y hasta peligrosa. Por eso, jugadores del seleccionado argentino, incluso de la conservadora Buenos Aires, reclamaban un cambio de pensamiento. “No queremos ganar plata; lo que queremos es no perderla si tenemos que irnos un mes de gira y debemos faltar al trabajo”, resumía Diego Cuesta Silva. Por su parte, Eliseo Branca pedía becas y estructura profesional.

Argentina hoy la tiene. Paradójicamente, en el año del 25° aniversario del rugby rentado, esa estructura profesional que montó la UAR sufrió el golpe más duro de su joven historia: Jaguares, su franquicia estrella y finalista del Súper Rugby 2019, quedó a la deriva luego de que Nueva Zelanda y Australia decidieran competir internamente en 2021 a causa de la pandemia de coronavirus. Por ahora, se habla de que podría recalar en la Superliga Americana, una competencia recién nacida y de mucho menor nivel, aunque económicamente más viable para las arcas de la UAR que una eventual competencia con sede en el exterior.

José María Núñez Piossek fue uno de los que vivió la época previa a la estructura profesional argentina. “En mi época había que emigrar. Era la única opción válida para seguir creciendo en esos años y para ganar algo de dinero, porque muchos dejábamos todo para entrenarnos y estar al nivel de los mejores”, recuerda el concepcionense.

Este cambio de escenario en 2020 ha reavivado un reclamo que desde hace tiempo se le hace a la UAR desde los clubes: derramar hacia el rugby de base un mayor porcentaje del presupuesto que maneja por derechos de transmisión, sponsors, subsidios de World Rugby y otros ítems. Muchos no están en contra de la parte profesional; sólo piden mirar más hacia los clubes. Otros temen que algún día el profesionalismo llegue a los clubes y se altere la esencia amateur que caracteriza al rugby argentino. “Yo no me opondría, pero si eso ocurriera, esperaría a que fuera con bases sólidas y equitativas, no que gane el de mayor poder económico. Igual, creo que será difícil que ocurra”, opina Núñez Piossek.

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