LA LLAVE. La protagonista de la primera novela de Maru Leonhard vuelve al pueblo de su niñez para buscar en el pasado claves que desanuden el hoy.

NOVELA
TRANSRADIO
MARU LEONHARD
(Compañía Naviera Ilimitada - Buenos Aires)
No son pocas las novelas donde el protagonista regresa a su pueblo de infancia en busca de una llave que descifre su pasado, los vestigios de esa fundación de lo que luego será: Siempre es difícil volver a casa o La tierra incomparable, de Antonio Dal Masetto; El asco, de Horacio Castellanos Moya; el Juan Preciado de Pedro Páramo, de Rulfo; Los silencios, de Mauricio Koch; Cien palomas muertas, de Elida Saidler; Vuelta al sur, de Mario Méndez, por citar algunas entre tantas otras. Transradio, primera novela de Maru Leonhard, entraría en esta categoría, si es que esa categoría existe como tal.
Isabel tiene veintisiete años y, junto a su pareja, o lo que queda de esa construcción de a dos (¿están separados, no lo están, es una transición, quién debe acompañar a quién en estas circunstancias?) decide regresar a su casa de la niñez, ubicada a unos setenta kilómetros de la Capital. En esa casa derruida habrá de bucear en el origen de las cosas; la memoria, selectiva, se ocupará de lo que acecha, el lugar donde anidan los recuerdos más oscuros y los más diáfanos. Escenas recurrentes que volverán una y otra vez y que guardan una clave: la caída en una zanja, un perro, una pileta de natación, vidrios bajo un árbol, un cuartito, una madre fuera de sí, siempre al borde del colapso, la inundación, el cruce de la ruta.
En el transradio -es allí es donde se ubica esa casa: ni campo ni pueblo, a media cuadra del asfalto- entrará en contacto con vecinos: un chico down que grita y blasfema y come tomates desaforadamente, un niño al que ella invita a dormir y al que trata como suyo, una amiga olvidada que vive lejos de todo y de todos junto a su madre y sus tías, una pareja de ancianos en una carbonería, un joven gay autoexiliado.
Lo que se deja -o se intenta dejar- atrás está ahí nomás; sobre “las huellas de un pasado lejano en el que no terminaba de encajar”, Isabel oscila entre un destino del que no es posible escapar y una fuerza que no le permite avanzar, la presencia de aquello que trae sus sombras desde el pasado. ¿Se puede evitar la reproducción de lo que le ha sucedido a nuestros anteriores, es esa repetición una forma de la muerte?
Entre un presente fugaz y continuos flashbacks a la infancia, Leonhard construye una novela breve, de escritura fluida, austera, nada afectada. “No hay que regresar a los lugares donde uno cree que ha sido feliz”, decía el propio Dal Masetto. Consumada la lectura de Transradio, puede concluirse que esa máxima es más que certera.
© LA GACETA
Hernán Carbonel







