Los juegos infantiles llevan seis meses cerrados y sólo acumulan deudas

Los propietarios presentaron protocolos de trabajo al COE pero no obtuvieron respuestas. Tristeza por la inactividad y los espacios desolados.

29 Sep 2020 Por Álvaro Medina

Por primera vez en 35 años las niñas y niños no pueden jugar en el carrusel del parque Avellaneda. “En todos estos años jamás pasamos un fin de semana cerrados”, dice César Arraya, de 79 años, dueño de los juegos infantiles de este espacio público. “En la crisis de 2001, por ejemplo, había poca plata pero nunca llegamos a este extremo. Hoy llevo más de seis meses sin abrir”. La situación también afecta a los juegos ubicados en plaza Urquiza, en barrio Norte; en plaza Los Decididos de Tucumán, en barrio Sur y en el parque 9 de Julio.

Los propietarios de estas instalaciones explican que, como en muchos otros rubros, la coyuntura es angustiante porque los costos se convierten en deudas al no poder obtener ingresos. Sin embargo, reconocen que les ha tocado batallar una causa compleja y las perspectivas no son las mejores. “Cerramos el 14 de marzo y es muy lejana la posibilidad de que nos dejen abrir antes de que abran las escuelas”, opina Alberto Arraya, hijo de César, con quien comparte el negocio familiar.

En otro punto de la ciudad, Mariana Murillos tiene a su cargo la emblemática estación del “trencito del parque”. Ella nació y creció en el parque de diversiones itinerante de sus padres, que a su vez habían heredado esta vocación de su abuelo. Pertenece a la tercera generación en el rubro y cuando tuvo la oportunidad de adquirir el “trencito” no lo dudó. Lo compró con ayuda de su familia, sumó un carrusel y otros costosos juegos que hizo traer desde Italia para instalarse en el parque 9 de Julio hace 11 años.

Murillo confiesa que está atravesando el peor momento desde que puso el negocio y la situación es cada vez más delicada: “tuvimos que vender una propiedad familiar y dos vehículos para pagar los sueldos de estos meses y no dejar a nadie sin trabajo”, cuenta. “Cuesta mucho soportar este momento, no sólo en lo económico, sino también desde lo emocional, porque para mí, y para mi familia, el parquecito es mucho más que un trabajo, le da sentido a nuestra vida”.

PLAZA DE LOS DECIDIDOS. La triste postal de carruseles desiertos

Desolada, pero rodeada de niñas y niños que visitan el paseo con sus padres, la calesita de plaza Urquiza exhibe la sonrisa inmóvil de sus caballos como una postal de tristeza. “Si habilitan los espacios verdes, como esta plaza que está llena de niños, sería bueno que también nos habiliten a nosotros”, reflexiona Paola Olivetti, propietaria de los juegos infantiles de plaza Urquiza y plaza Los Decididos de Tucumán. “Somos pocos en este rubro y por eso no tenemos mucha visibilidad, nosotros pedimos que nos vean y vean nuestra necesidad”.

Todos presentaron al Comité Operativo de Emergencia pedidos de protocolos pero aseguran que aún no obtuvieron respuesta. “Nosotros estamos acostumbrados a tener extremo cuidado en nuestro trabajo porque brindamos un servicio para niños, por eso presentamos un estricto protocolo y si nos piden que ajustemos algo lo haremos”, explica Olivetti.

Los juegos, sin uso hace seis meses, parecen extrañar a sus clientes. Niñas y niños que de pronto se convertían en intrépidos aviadores, expertos jinetes, piratas y aventureros de todo tipo. Los inertes aviones, corceles, barcos y trenes ya no tienen la oportunidad de viajar a través de la imaginación. Un velo de nostalgia envuelve a las impecables máquinas multicolores.

“Estamos abocados totalmente al mantenimiento de los equipos pero cuesta mucho”, dice Arraya. “Por ejemplo, hemos tenido que pedir a una pinturería amiga que nos venda fiado. Por suerte con mis 79 años todavía tengo brazos para trabajar, así que empecé a dedicarle más horas a mi taller mecánico y con eso puedo subsistir aunque no es la misma cantidad de ingresos”, asegura.

Las familias se detienen frente al trencito del parque 9 de julio y consultan para dar una vuelta. Cuando Mariana les responde que no es posible, hay llanto: “jamás dejaba que un niño se vaya llorando”, cuenta Murillo. “Si un niño quería seguir jugando en juego y sus padres no tenían dinero, yo los dejaba dar una vuelta más sin cobrarles. Ver que hoy no podemos hacerlo y los niños se van llorando es muy triste. Necesitamos trabajar”, señala.

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