No se puede detener lo que fluye

Por Liliana Massara. Doctora en Letras.

27 Sep 2020
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“El oscuro olvido” (1991), de Francisco Juliá, fue reeditado por Humanitas en 2019. Su autor, profesor de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, colaborador de LA GACETA Literaria, pertenece a un grupo de escritores que a partir de los años 60 deja fuertes huellas en la literatura tucumana: Juan José Hernández, Hugo Foguet, Osvaldo Fasolo, Ivo Marrochi, Alba Defant, David Lagmanovich, entre otros. Un mapa innovador: lenguajes y estéticas dialogan con la tradición “localista” y con el grupo de La Carpa, e inician en Tucumán un camino de búsquedas que a partir de “El inocente” (1965), de Hernández, intenta quebrar el paradigma del orden temporal y del sujeto “unificado”.

Algo “inusitado” que difiere de lo pintoresquista ocurre en la narrativa de Juliá; en sus modos muestra esa compleja relación entre “las palabras y las cosas”, mientras las historias narradas recorren casi dos siglos, entre 1814 y 1990, en una Argentina de marchas y contramarchas.

En “La Ventana” se mira pasar el mundo y el tiempo a través del viento norte que siempre llega a San Miguel, mediatizado por la travesía del tren, el viaje “indescifrable”, que puede no tener vuelta, soplidos “fastidiosos” en la aldea que se moderniza junto al hastío, la siesta, la estación de trenes, el temblor de las vías; un enjambre de realidades, una forma otra de lo real, una visión fragmentaria en la constitución de la soledad en el personaje de María Asunción.

En “La derrota final”, la venganza de Benicio, o la decadencia en “El oscuro olvido”- nombre del libro- se estampan acciones humanas en las que éxito y juventud de un futbolista acaban con el terrible abandono de los mismos que lo ovacionaron. La decrepitud mata la gloria, llega el olvido y la muerte irreparable, mediante un realismo extremo que no queda atrapado en lo costumbrista.

Juliá se coloca en otro lugar, busca en lo formal, temporal y subjetivo. Hace ruido Chéjov; se percibe al hombre en su “oficio de vivir” entre venganzas, odios, amores, traiciones, con un lenguaje, por momentos barroco, que puede sonar anacrónico, pero sí, un lenguaje que se agranda, enriquecido con el uso de la ironía, el humor y las paradojas como acontece en las obsesiones de “Fermín R., narrador”. Su cuentística se nutre del trabajo formal y del lenguaje en la compleja articulación entre el pasado y el futuro de la literatura.

Hastío y milagro en plena siesta

Fragmento de un cuento de Francisco Juliá, con ilustración de Russo.

“LA VENTANA”
12 de octubre de 1924

Jamás sucedía algo inusitado. Un ventarrón fastidioso, día tras día, asentaba un manto de polvo sobre la plaza de San Miguel. Aminoraba hacia la siesta. El viento y la roña parecían visitantes recientes. La calle blancuzca que atravesaba el pueblo lo sepultaba en el hastío. María Asunción, desde la ventana, observaba la siesta, aguardando el bramido de la locomotora y el posterior crujido de los cimientos de su cuarto. Luego, alborozada, veía surgir encomiendas, fardos y algunos pasajeros adormecidos entre el humo y el vapor de la caldera. También, a un muchacho que a esa hora solía desatar los mulares para que abrevaran en la playa de la estación bajo el gorgoteo de la manguera. Por último, aguardaba el silbido del inspector y el crepitar de los rieles cuando el tren reanudaba su marcha.

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