“La pandemia nos tiene que cambiar; deberíamos volver a los mandamientos”

El cardenal Luis Villalba celebra hoy sus 60 años de sacerdocio, tras una vida marcada por la providencia. Todos los caminos llevan a Tucumán.

24 Sep 2020 Por Magena Valentié
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2019. Monseñor Luis Villalba durante la misa del 24, el año pasado. la gaceta 7 foto de Inés Quinteros Orio

Al parecer, la Virgen lo quería tener cerquita y le hace un lugar al lado de ella, el mismo día de su festividad. Por eso, monseñor Luis Héctor Villalba, cardenal y arzobispo emérito de Tucumán, se ordena sacerdote justo un 24 de septiembre, día de Nuestra Señora de La Merced, patrona de Tucumán, tres meses antes que el resto de sus compañeros del Seminario de Devoto de Buenos Aires. No era idea de él adelantar la fecha, sino sus superiores que lo enviaban a Roma a estudiar en la Universidad Gregoriana. Hoy se cumplen 60 años de ese camino iniciado detrás de Jesús y que lo trajo a Tucumán.

Se acaba de hacer un hisopado y de comprobar que no tiene coronavirus. Debe estar atento porque a pesar de sus 86 años, monseñor Villalba sigue confesando todos los sábados y oficiando la misa diaria, aunque sin fieles, en la iglesia de la Santa Cruz. Un nombre parecido tenía la parroquia donde lo bautizaron, donde hizo la primera comunión y se confirmó, era la parroquia de la Santísima Cruz.

Ayer monseñor conversó telefónicamente con LA GACETA:


-¿Cómo interpreta esto que nos está sucediendo, la pandemia?

Es algo inédito, una tormenta que ha cambiado nuestra vida personal, familiar, laboral y pública. Muchos han tenido que lamentar la muerte de algún familiar o de un amigo, dificultades económicas y pérdidas de trabajo. A nivel religioso no se puede participar de la misa ni celebrar los sacramentos. Diría que la pandemia ha puesto en evidencia las condiciones de vulnerabilidad, caducidad y contingencia de nuestra vida. Esto nos debe llevar a plantearnos interrogantes de fondo: qué es lo realmente importante y necesario en nuestras vidas y qué es lo superficial. Hay un salmo precioso que dice: “Nuestra vida dura apenas 70 años y, 80, si tenemos más vigor; en su mayor parte son fatigas y miserias porque pasan pronto y nosotros nos vamos”.

- Usted tuvo una vida muy marcada por coincidencias que tienen que ver con Tucumán.

- Sí, yo me ordené un 24 de septiembre sin saber que con los años terminaría mi vida en Tucumán. Además me ordenó en 1960 el cardenal Juan Carlos Aramburu, que fue el primer arzobispo de Tucumán. Fue todo providencial. Mis compañeros de seminario se ordenaron en diciembre, pero a mí me adelantaron la fecha porque debía viajar a Roma donde tuve la gracia de vivir tres años. Allí pude estar en el inicio del Concilio Vaticano II en 1962 y en la plaza de San Pedro el 21 de junio de 1963, cuando se eligió papa a Pablo VI. Aprendí mucho de él, y decidí volver cuando el papa lo canonizó en 2018.

- ¿Cómo era su familia? ¿Por qué decide ser sacerdote?

- En casa éramos mi papá, que murió muy joven, antes de que yo me ordena sacerdote, mi mamá, los dos trabajaban, dos hermanas y yo. No había personas consagradas en la familia. Mamá era muy devota de San Cayetano y de la Virgen de Luján, y nos enseñó esa devoción. Mi vocación religiosa surgió en el secundario. Yo era miembro de la Acción Católica y mi director espiritual era el padre Zazpe, luego arzobispo de Santa Fe. Fue entonces cuando surgió mi deseo de seguir a Jesús. Hice un retiro espiritual de tres días y ahí decido entrar al seminario, antes de cumplir los 18 años.


- Usted conoce de cerca a Francisco. ¿Cómo ve su papado?

- Trabajamos juntos mientras él era presidente del Episcopado, y yo, vicepresidente primero. Nos veíamos todos los meses. Además él me sucedió como auxiliar en el arzobispado de Buenos Aires, cuando me nombran obispo diocesano de San Martín. Estuve en su ordenación como obispo y tuve la gracia de poder visitarlo varias veces en Santa Marta. Al Papa lo veo bien, tanto física como espiritualmente. Él quiere una iglesia misionera y está haciendo un trabajo hermoso en ese sentido.

- ¿Usted conocía Tucumán antes de ser arzobispo?

- Solamente había venido una vez en ocasión de las asambleas nacionales de Acción Católica, desde la diócesis de San Martín. La providencia hizo que terminara viviendo aquí. Vivo con mi hermana mayor; la menor falleció al poco tiempo que me radiqué aquí. Me gusta Tucumán, su gente. Me acostumbré al clima. Traje los restos de mis padres, que están en el cementerio del Norte, y ahora todos somos tucumanos.


- ¿La pandemia puede hacer perder el hábito de ir a misa?

- No, la gente espera que las iglesias se abran. Si bien no hay misa, está permitido abrir los templos para confesar. Yo abro los sábados de 16 a 19 y doy la comunión. La gente necesita la vida espiritual. En Buenos Aires ya se está regularizando y esperemos que en Tucumán no tarde mucho.

-¿Cómo ve la problemática social, política y de la justicia en la Argentina y en Tucumán?

- Vivimos una crisis moral fuerte, que aparece por todas partes. La deshonestidad, la mentira, la injusticia, la ambición, la avaricia, la especulación, la corrupción afectan la vida de toda la sociedad. Por eso yo hablaba de la necesidad de un cambio, esta pandemia nos tiene que hacer cambiar. Hay que volver a los mandamientos. Hacer el bien, no robar, no matar, amar al prójimo. Los mandamientos no solo están escritos en tablas sino que están grabados en la conciencia y en el corazón del hombre. Ponen de relieve los derechos fundamentales inherentes a la naturaleza humana. Es un problema de fondo que tenemos nosotros (los argentinos, los tucumanos) por eso, ojalá que esta pandemia nos haga cambiar. Hacen falta hombres con grandeza de alma, que pongan remedio a la decadencia moral, social, que padecemos, y que tengan el coraje de oponerse al mal y de ser promotores del verdadero bien. Si no cambiamos nosotros no va a cambiar la sociedad, ni la provincia ni el país. El mundo no va a cambiar con la pandemia, somos nosotros los que tenemos que cambiar.

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