¿El eclipse político de Alberto?

Por Nicolás Solari, politólogo, Máster en Opinión Pública de la Universidad de Connecticut y Presidente de Real Time Data.

15 Sep 2020

El gobierno de Alberto Fernández entró en una fase oscura e imprevisible. Las víctimas de Covid engrosan los cómputos oficiales derruyendo la eficacia inicial de la estrategia sanitaria; las tomas de terrenos evidencian por un lado la incapacidad estatal para prevenirlas y por el otro la ausencia en las altas esferas del gobierno de un marco conceptual para encauzarlas; el Congreso nacional debate ya no sobre el contenido de las leyes sino sobre la forma de aprobarlas; la Justicia, a la sazón la institución con peor imagen del país, se encuentra en el ojo de una reforma sospechada por sus tiempos, alcances y objetivos; la protesta de la policía bonaerense expone la degradación de las fuerzas de seguridad, la fragilidad de la cadena de mando, la impericia de la conducción política y un peligroso extravío del termómetro de la calle, ese activo que siempre diferenció al peronismo. Líder minoritario en su propio gobierno, el Presidente cuyo eslogan es “Argentina Unida”, decidió en este contexto romper lanzas con la oposición dialoguista, aquella que gobierna territorios y con la que compartía hasta hace poco el objetivo de construir autonomía política y gobernabilidad democrática.

El enfrentamiento de Fernández y Rodríguez Larreta pone punto final a una breve etapa donde creímos que los liderazgos moderados podían delinear la política de los próximos años. El anuncio del Presidente de recortar el presupuesto porteño en favor del bonaerense rompió la dinámica centrípeta de la mesa Fernández-Larreta-Kicillof y radicalizó el núcleo del debate público. Un baldazo de nafta sobre la hoguera de la grieta.

Alberto Fernández, sherpa de la política vernácula, unificador del peronismo y primus inter pares de gobernadores, resignó su proyecto político en el plazo de 10 meses. No hicieron falta desafíos ni enfrentamientos, los tuits de Cristina Kirchner marcaron la cancha, las reglas y los resultados. Los aliados iniciales de Fernández -aquellos que él animó a sumarse al Frente de Todos- se fueron haciendo invisibles hasta desaparecer. Hoy el faro del gobierno es la palabra de Cristina Kirchner, que, paradójicamente, se erige lacónica como nunca antes.

El Presidente más improbable desde el regreso de la democracia navega las aguas de la crisis económica y la crisis sanitaria con un liderazgo menguante y bajo la sombra de su vicepresidenta. El cristinismo se fortalece en un gobierno que se debilita, una combinación potencialmente catastrófica para la coalición gubernamental en las elecciones del año próximo.

Con la mirada puesta justamente en 2021, el oficialismo comenzó los primeros castings de candidatos: Wado de Pedro, uno de los favoritos de Cristina y Alberto, se puso al frente de la embestida contra Rodríguez Larreta. Sin opciones, el Jefe de Gobierno porteño aceptó el convite y se subió al ring de la política nacional. Mauricio Macri, rápido de reflejos, hizo saber a través del diario La Nación que ese lugar no está aún vacante.

El Presidente aspira a que con la llegada de la primavera el país comience a dejar atrás lo peor de la pandemia y empiece a recuperar algo de oxigeno económico. Desafiado desde adentro y desde afuera, sabe que juega su futuro en un complejo ajedrez de tableros simultáneos y que, por ahora, el desenlace no pinta bien.

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