“Cuando la mano viene dura, se pedalea” - LA GACETA Tucumán

“Cuando la mano viene dura, se pedalea”

Hasta el mediodía, José Ernesto Álvarez recorre los barrios céntricos de San Miguel de Tucumán y sus alrededores para afilar cuchillos. Oficio y cuentas.

13 Sep 2020 Por Franco Vera

Al hablar de compuestos químicos y cristales, el esmeril industrial es una materia pulverulenta que contiene magnesio, mullita y sílice. Hasta acá parece chino básico, pero para algunos el contacto con esta sustancia es más cotidiano de lo que pensamos. El esmeril se usa en la elaboración de piedras de afilar y, con ellas, podemos pulimentar los metales.

José Ernesto Álvarez tiene 64 años, y hace 43 que ejerce el oficio de afilador de cuchillos y afines. Acompañado de su flauta de pan y esmeriladoras, recorre los barrios de San Miguel de Tucumán, Yerba Buena, Alderetes y Banda del Río Salí en busca de quien necesite sus servicios. “Cuando la mano viene dura, se pedalea”, afirma.

RECORRIDO. José viaja en bici desde barrio Sur hasta Banda del Río Salí. la gaceta / fotos de franco vera

Su transporte es una bicicleta sport verde (de los años 60). El rodado lleva adaptada una barra de acero que se engancha en la parte delantera y permite sostener los ejes en los cuales van montadas las piedras esmeriles. Estas reciben la energía que se genera en la parte trasera (conectada por correa a unos ejes que giran sobre sí mismos). De esta forma la rotación se traslada a los discos de piedra maciza y el movimiento permite devolverle el filo o brillo a las tijeras y utensilios de cocina.

Antes era albañil, pero desde que arrancó la pandemia pasa los días así: entonando el inconfundible sonido de la flauta. “El trabajo de afilador perdió vigencia desde los 90 debido a los nuevos productos y a la cultura del consumo masivo. Ya nada se recicla, sino que se cambia”, relata sin dejar de pedalear, acercar, mirar y controlar un cuchillo de 25 centímetros de hoja de acero inoxidable.

DETALLES. Mientras afila los cuchillos al compás de las esmeriladoras, una de las manos de José destaca al llevar un anillo de cobre con incrustación.

La mañana pasó rápido y su reloj marrón (a juego con un anillo cobrizo con incrustaciones en piedra) marca las 11. José sabe que le restan dos horas de trabajo. Dependiendo de la cantidad de pedidos (cada artículo afilado lo cobra a $100) logrará percibir entre $500 y $1.500. “Con esto no te hacés millonario, solo llegás a parar la olla y comprar material”, reflexiona antes de despedirse.

Al final, acomoda las herramientas en el canasto delantero, quita la base de la rueda y vuelve a montar su bicicleta al ritmo del agudo pitido. Un sonido que se pierde entre los adoquines de barrio Sur.

DESDE LOS '90. El oficio de afilador de metales fue perdiendo impulso.

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